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enero 16, 2013 7:23 am
Si el viejo Freud o algunos de los representantes de esta corriente psicológica hubiesen tenido la oportunidad de asomarse a la Venezuela de nuestros días, y observar el comportamiento y discurso de los voceros de la actual oligarquía gobernante, no habrían dudado en seleccionarlos como ejemplos de auténtica regresión inconsciente aplicada al terreno político. Y esto es así porque lo que hemos presenciado en los voceros del Gobierno desde que se hizo imposible seguir ocultando la crítica situación de salud del Presidente recientemente electo, es la recurrencia regresiva a dos de las características más primarias e inferiores en el desarrollo del proceder político chavecista: por una parte, el uso de un lenguaje altisonante, ofensivo y violento, y por la otra, la aplicación de la exclusión sistemática para desconocer a un país más complejo que sus capacidades para entenderlo.
La orfandad de la actual oligarquía frente a lo que siente como el abandono de la tutela paterna, ha disparado una forzada radicalización verbal, gestual y conductual en sus dirigentes, que en el fondo son claras expresiones de debilidad e inmadurez. Cuando el país requería de su todavía gobierno un liderazgo que frente a lo inédito e impredecible de la situación actual se convirtiera en referencia de tranquilidad, estabilidad y madurez, lo que ha recibido es todo lo contrario. Todo el mundo sabe que el oficialismo necesita mostrar una vitrina coherente, dado lo evidente de sus fracturas internas y de sus facciones enfrentadas, pero lo ha hecho desde la peor de las opciones posibles: mostrando una aparente unidad en torno a un discurso de exclusión y ofensa, y recurriendo al desconocimiento de la mitad del país para autogenerarse falsas confianzas que le den refugio a su amenazada seguridad. La actual clase política gobernante optó por encerrarse regresivamente en sí misma por miedo a la complejidad del momento y por la sensación de incapacidad para enfrentarlo.
Uno de los principales cambios que se producen a lo largo del proceso evolutivo de las personas se refiere a su capacidad para trascender a sí mismos y encontrarse con los demás. Los niños pequeños son involuntariamente incapaces de adoptar las perspectivas de los otros, dado que su todavía precario desarrollo evolutivo los hace inhábiles para superar los confines de su naciente individualidad. Es solo en estadios superiores del crecimiento bio-psico-social, y dependiendo del grado de maduración cognitiva, la adecuada socialización y el aprendizaje a través de la interacción con otros, cuando la persona es capaz de avanzar desde su natural egocentrismo inicial hacia el reconocimiento del otro y la adulta convivencia social. La incapacidad para el reconocimiento del otro es una de las mayores muestras de inmadurez y precariedad en el desarrollo psicológico de las personas.
Silbar en la oscuridad es entendible para intentar superar el miedo. Pero responder al miedo de la propia incapacidad e inseguridad con gritos destemplados, amenazas y desconocimiento de la mitad del país, no es otra cosa que la evidencia que nuestra oligarquía lamentablemente carece de la madurez psicológica y de la adultez necesarias para enfrentar lo complejo y delicado del actual momento político.
@angeloropeza182