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enero 15, 2013 12:45 am

Juanma Galván: La crisis y la autocrítica

Cuando algo va mal es mucho más cómodo culpar a los demás que hacer autocrítica.
Nadie pone en duda que la crisis económica española es fruto de la ambición y la mala
praxis de las entidades financieras, que han campado a sus anchas sin ningún tipo de
control; de la desidia de los políticos, que no tomaron medidas a tiempo ante un posible
desgaste electoral; de las agencias de calificación, que insistieron en dar una buena nota
a España cuando la crisis era ya inminente o de la Unión Europea, que creó una moneda
común sin crear antes una economía común. De todo esto ya se ha hablado mucho. Pero
hay unos culpables que nunca suelen aparecer: todos los demás.

España creció durante muchos años a la sombra del ladrillo. Los pisos se levantaban,
los bancos daban hipotecas sin mucho criterio, se vendían rápido, su precio aumentaba
rápidamente, se volvían a vender rápido, etc. Un círculo vicioso en el que no solo
participaron los constructores o los bancos –sin duda, los que más tajada sacaron de
todo esto-, sino el españolito de a pié, que cayó en la trampa del enriquecimiento sin
esfuerzo. Frases como “invierte en ladrillo”, “los pisos nunca van a bajar” o “alquilar
es de tontos” se convirtieron en mantras sociales con los que pocos se atrevían a estar
en desacuerdo.

Quien podía compraba un piso, esperaba unos años a que su valor aumentara en unos miles de euros y lo vendía a alguna pareja joven que se hipotecaba de por vida -30, 40 o hasta 50 años- para pagar un piso por 350.000 o 400.000 euros en un pueblo de 20.000 habitantes a media hora de la capital de provincia. Como si el piso estuviera en pleno centro de París, pero en un pueblo sin cine.

Muchos de los que pedían la hipoteca y acababan comprándose el piso eran trabajadores de la construcción que, llamados por los generosos salarios que se estaban pagando en este sector, dejaban de estudiar y entraban en la obra. Eran jóvenes de 25 años que gracias a los sueldos cobrados en la construcción desde que tenían 19 podían ya afrontar la hipoteca o el crédito del coche mientras veían cómo sus primos o amigos que habían optado por la formación universitaria no habían logrado juntar ni mil euros en su cuenta corriente. Hoy buena parte de aquellos jóvenes engordan las listas de parados sin una formación académica que les permita resituarse en el mercado laboral.

Todo ello al calor de la especulación de los ayuntamientos, que veían cómo permitiendo
la construcción de nuevas promociones de viviendas subían sus ingresos y, en el peor de los casos, llenaban los bolsillos de los alcaldes y concejales por las comisiones ilegales. Muchas de aquellas promociones son hoy pueblos fantasma, recuerdo de una ilusoria prosperidad.

En esta historia participaron muchos españoles que no veían o no querían ver que
especular con un bien de primera necesidad –las viviendas- no está bien. Hacer
entre todos que la vivienda alcanzara precios inalcanzables para quienes realmente
lo necesitaban –los jóvenes que se querían independizar o que deseaban formar una
familia- está mal. Hay cosas que están bien y otras que están mal, y hacer las que están
mal suele tener nefastas consecuencias.

Nuestra avaricia no es la principal causa de la crisis, pero sin crisis moral la económica sería menos fiera. De la crisis económica saldremos. ¿Lo haremos también de la moral?