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Di María busca en París el amor que no tuvo en Madrid y en Manchester
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El París Saint-Germain será la cuarta aventura europea del argentino Ángel di María, que en su rastro ha dejado tres grandes traspasos y dos difíciles experiencias personales, en Madrid y en Manchester.

A sus 27 años, el desgarbado futbolista de Rosario ha pasado de los 26 balones a estrenar que Rosario Central pagó al modesto Torito por su traspaso -balones que nunca llegaron a su destino-, a los 63 millones de euros que ahora pagan los propietarios cataríes del club francés por hacerse con sus servicios.

En medio quedan los 7 millones que pagó el Benfica para traerlo a Europa en 2007, los 25 millones que desembolsó el Real Madrid tres años después y los 75 millones del Manchester United que le convirtieron el año pasado en el fichaje más caro de la historia de la Premier League.

Cifras que muestran el potencial de Di María, pero también que dejan claro que sus dos últimas experiencias no fueron todo lo positivas que podía esperarse en el plano personal, aunque si lo fueron en el deportivo.

En París, el “Fideo” buscará el marco adecuado para mostrar su talento, en un club donde, como en el Madrid, estará rodeado de estrellas, pero donde se convierte en el fichaje más brillante del año y, por tanto, en el centro de atención de aficionados y prensa.

El futbolista llega, a priori, para jugar como el tercer ariete del tridente que el técnico, Laurent Blanc, utiliza, junto con el uruguayo Edison Cavani, por la izquierda, y el sueco Zlatan Ibrahimovic en el centro.

Pero Di María puede también jugar en el centro del campo, como demuestran los precedentes en la selección argentina o en su última temporada en el Madrid, de la mano de Carlo Ancelotti, que le encontró un acomodo en esa zona del campo tras la llegada del galés Gareth Bale.

Sería un nuevo servicio de un futbolista rápido, de regate eléctrico, hábil con el balón, más pasador que goleador y que, como en la vida, demuestra el campo una gran capacidad de sacrificio.

Nacido el 14 de febrero de 1988 en el barrio de La Cerámica, al norte de Rosario, Di María ayudaba a su padre a repartir carbón por la ciudad, un duro trabajo que forjó su carácter.

Niño hiperactivo, su madre accedió a la recomendación de inscribirle en un club de fútbol para canalizar su energía, por lo que se vistió la casaca naranja de Torito, donde en 2005 llamó la atención de Rosario Central.

Di María no fue un talento precoz, en cada una de sus experiencias tardó en mostrar su valía. Dos años después de su llegada a los “Canallas” fue decisivo en el tramo final de la temporada, por lo que se hizo un hueco en el equipo que acudió al Mundial sub’20 de Canadá, pese a que solo había jugado 34 partidos en el campeonato argentino.

Pero la lesión de Zárate le abrió las puertas de la titularidad y, junto con Agüero y Ever Banega -que fue quien le bautizó como “fideo”- se convirtió en un pilar del equipo que salió campeón.

Rosario tenía dos ofertas, la portuguesa y una de Boca Junior, pero se decantó por cruzar el Atlántico.

Aterrizó en Lisboa con 17 años y también tardó en destacar, algo que hizo en 2009 con la llegada al banquillo de Jorge Jesús un año después de que volviera a ser un pilar de la “albiceleste” en la consecución del oro en los Juegos de Pekín.

Campeón de Portugal y mejor pasador de la temporada 2009/2010, una nueva cita con la selección argentina, esta vez el Mundial de Sudáfrica, marcó una nueva etapa de su carrera.

Llegó al Madrid de José Mourinho plagado de estrellas y, de nuevo, se tomó su tiempo para hacerse su hueco, que fue logrando año tras año, hasta que en la final de la Liga de Campeones de 2014 fue elegido mejor jugador mientras el equipo levantaba la “décima”.

Pero Di María, algo distanciado de la grada, nunca se sintió miembro de la galaxia madridista y el club se lo recalcó rechazando sus pretensiones económicas, lo que acabó de convencerle de iniciar una nueva andadura.

Que empezó tras el Mundial de Brasil, cuya final se perdió Di María por una lesión, para muchos la clave de la derrota contra Alemania.

El United le convirtió en el nuevo pilar de su proyecto, pero tras un buen inicio le llegó una lesión que le apartó del equipo justo cuando el proyecto de Louis van Gaal empezaba a mostrar su mejor cara.

Ni el jugador parecía cómodo en Manchester ni el técnico le facilitaba la tarea, lo que acabó por poner fin a una experiencia amarga y le abrió las puertas de su nueva etapa en París. EFE