Editorial
Agonía de muerte
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Ya van cinco o seis minicaracazos, y el mayor hasta ahora fue el de Cumaná seguido por Tucupita. Todos los días hay disturbios por alimentos y medicinas a lo largo del país, porque la gente hace las colas y no consigue los productos. Los odiados bachaqueros son simples versiones locales del mercado negro, una de las propiedades inseparables de los experimentos socialistas, y ahora los nacionalizaron-socializaron para sustituirlos por los llamados CLAP, bachaqueros del gobierno y mecanismo de extorsión política que distribuye productos de Polar. Según las calificadoras de riesgo y los bancos, recesión, inflación y devaluación serán crecientes: en el futuro de la revolución bonita, del socialismo del siglo XXI, no hay más que hambre, africanización en el viejo sentido de la palabra.
Venezuela por este camino tiene un futuro desgraciado. Es alucinante que frente a eso que ha sacudido al mundo y preocupa al liderazgo democrático global por la posibilidad de hambrunas, refugiados masivos, guerra civil, golpes de estado, mortalidad infantil, lo único que se le ocurre al gobierno es inventar operaciones turbias, grotescas, para ganarle un round a la oposición, para coger aire aunque tiene la pelea perdida. Salvo el caso de Fidel Castro, no se conoce en la historia de los últimos dos siglos en la región un comportamiento tan cínico, inhumano e incomprensible como el de Maduro y los siete enanos. Pero la tendencia es indetenible y la soledad de la cúpula cada vez mayor. Muy pronto la cota de repudio alcanzará noventa por ciento. Ahora los presos no son ni siquiera políticos sino presos de hambre.
Todos los factores saben que la situación política es un andamio roto pero por desgracia no hay nadie interesado en crear las redes para amortiguar la caída. Tanto en el gobierno como en sectores de la oposición hay una terrible ceguera. El primero durante diecisiete años ha querido hacer a la segunda “polvo cósmico” y todo le ha salido mal, y la segunda pareciera que quiere desaparecerlo de una vez y no parece ser posible. La experiencia en situaciones parecidas indica que después que un país se entrega a esta patología que llaman la revolución, por la que las enormes mayorías cultas y plebeyas por igual deliraron y a la que el país se enajenó, alcanza un envenenamiento institucional que requiere terapia larga y cuidadosa. Si las élites les entregaron todo el sistema institucional y los camaradas, tienen el control de ese aparato, pensar que salgan de buena manera sin exigir nada a cambio es quimérico.
Quienes dentro del chavismo o fuera de él piensan en los militares, es bueno decirles que ese podría no ser el fin de de la tragedia sino una nueva temporada, posiblemente más dura. La salida debe ser civil, negociada y en pos de un acuerdo nacional para la recuperación, sin amenazas de retaliación ni de terrorismo judicial. De no ser así, la solución estará tristemente en manos de otros. Pero lo importante es que con lluvia o con sol, de tarde o de mañana, en silencio o con ruido, en verano o en invierno, esta aberración neocomunista vive su agonía de muerte.