Editorial
Editorial: ¡Ayayay Maracay!
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La entrada del General Padrino en plan de hombre fuerte del gobierno, despertó expectativas en sectores de la ciudadanía y entre los militares. En sus manos acumula un poder sin precedentes y muchos han pensado que así podría “gobernar”, como él mismo dijo, mientras Maduro se dedicaba a su verdadera vocación: proferir rudimentarios insultos contra la oposición. La palabra gobernar sonaba auspiciosa porque al país se lo traga la ingobernabilidad, que destruye la actividad económica, la calidad de la sociedad y la vida civilizada. Algunos analistas registraban que, pese a tener las posibilidades de corregir la marcha, el General no podría hacerlo porque carece del equipo humano armado, pero de los conocimientos económicos necesarios.
Para tragedia de todos, el gobierno sigue con la ridiculez de no enfrentar los problemas y ocuparse de poner nombres originarios a empresas como Kimberly Clark, ahora denominada Cacique Maracay, a las que ha destruido. En el folklore, a ese cacique lo asesinaron mientras dormía, vendido por gente de su tribu que no quería seguir la guerra contra los españoles. Por eso procura desde el más allá buen sueño para quien lo invoca y lo protege contra las traiciones. Si el supergeneral no satisface las expectativas, se vendrá abajo muy rápido, perderá liderazgo en las FAN, a las que arrastrará a un desprestigio mayor que el actual. Una institución armada fragmentada, con poco prestigio, es una noticia terrible para quienes quieran enderezar la marcha del país y sacarlo del estercolero revolucionario.
Maduro se libra así de un posible competidor, al que volvería trizas el cargo. Por eso y por muchas cosas más, gobierno-oposición-FAN tendrían que negociar pronto una salida sin violencia, lo que parece que no se logra con rabietas, malacrianzas si golpeando con mazo de plástico hueco. El peor enemigo de una negociación, como se sabe, es dárselas de duro y radical porque eso paga dividendos en la galería, aunque la nave se vaya a pique. El fondo del mar hay cantidades de barcos hundidos y héroes ahogados. Establecer condiciones previas a la negociación es una forma clásica de obstaculizarla, porque nadie puede aspirar que su adversario lo complazca en todo y si existe la voluntad de resolver asuntos álgidos, la manera no es pretender que eso ocurra sin un acuerdo.
El punto central de las conversaciones posibles entre los factores de poder hoy es ponerle fin formalmente a este gobierno –que ya finalizó en los hechos porque no gobierna, apenas sobrevive- y esa es precisamente la subyacencia del diálogo y sería su conclusión, el objetivo central al que se dirige. Plasmar como condición sine qua non el RR- 2016 contiene la aporía de que el diálogo se inicie por el final con la decisión que debería ser el resultado. Supone que el gobierno se entregue y después vemos, una rendición incondicional. La oposición entra así en un callejón, embotellada en un solo camino cuando hay varios, porque si las partes están de acuerdo en que el gobierno está derrotado y debe irse,-un acuerdo a tres que modifica la relación de poder- cualquier fórmula constitucional establecida se hace viable.
La negociación concreta sería para arbitrar las garantías exigidas por las partes. Mientras los tres factores no hagan clikc en eso, se tiende a que unos seguirán su lucha por el RR este año y otros seguirán bloqueándolo de facto. El RR-2016 claro que es posible pero lo rodean preguntas pertinentes: ¿es esa una expectativa racional o depende de algún imponderable, de un golpe de la fortuna? ¿qué tendría que ocurrir para que el gobierno accediera a entregarse sin pelear?