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Editorial: Crónica de una muerte anunciada
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Hacía ya largos diez años que el proyecto revolucionario socialista había naufragado históricamente y en nuestro país comenzaba en un fatídico 1999, y sin embargo unas cabezas llenas de jejenes  decidieron resucitarlo. Hugo Chávez, producto de su desmesura,  su exagerada valoración de sí mismo y falta de sentido de la realidad, se sintió el nuevo Lenin, destinado a recuperar  la esperanza en los deprimidos comunistas y afines del mundo, y más perdidos, los que simpatizaron con él y lo apoyaron.

Creó el Alba, una especie de III Internacional de chulos petroleros para influir en los movimientos políticos regionales.  Logró convertirse en Lenin por quince minutos. Un afiche con su fotografía podía encontrarse en los recovecos de cualquier cañería política del mundo. Lo tenían los militantes de Hezbollá en sus oficinas, los activistas antiglobalización en París, los zánganos de Podemos, y también las Farc, el PSC, -retrotraído al izquierdismo barato con Bachelet y Vallejo- el kirchnerismo y el PP de Brasil.

Muchos creyeron que la oleada roja venía para quedarse pero a diferencia de la izquierda comunista clásica, que duró más de 150 años, esta Internacional de vividores se mantuvo hasta que duró el chorro petrolero y mientras las democracias latinoamericanas –y la española por ahora-  decidían librarse de ellos.  Sobreviven gracias a malas artes en Venezuela y en tres pequeños países, para sus respectivas pesadillas: Ecuador, Nicaragua y Bolivia.

La experiencia, tal como la cubana en los años 60, ha servido para vacunar nuevamente a la opinión pública internacional sobre el dramático cretinismo que significa el proceso revolucionario. Cuernos y además palos, miseria y además, caudillitos déspotas. Hoy en Venezuela hace mucho que se acabó el proceso, aquélla expectativa agónica sobre cuál sería el nuevo “avance” que el demagogo lanzaría por TV para perjudicarnos a todos, qué nueva locura saldría de aquél cerebro caótico que vivía tramando disparate tras disparate.

Por su ignorancia fatal y desconocimiento de la experiencia histórica repitió lo que ya había fracasado de manera aplastante y dolorosa. En la siguiente etapa se limitaron a administrar el desorden creado, la ingobernabilidad económica y social, la inflación galopante, el desempleo, la delincuencia. Y hoy día simplemente sobreviven agónicamente, solo se ocupan de conspirar y  reprimir violentamente el malestar que crearon y se sostienen únicamente gracias a la FF.AA, cuyo propósito pareciera ser que se cumplieran los plazos constitucionales.

Viven en la trágica equivocación de pretender repetir la entronización cubana durante los 60, hecha contra viento y marea, en desafío del mundo entero, gracias a un acuerdo entre Kennedy y Kruschev. La diferencia es que aquella era una época gloriosa y los guerrilleros verdeoliva  ídolos en el planeta entero, a pesar de que desde su comienzo dejaron claro que encarnaban la barbarie, cosa que parecía no importarle al mundo de las ideas y la comunicación.

Para la fecha de hoy, Cuba es un enfermo que tiene miedo de tomar las medicinas, mientras la tragedia revolucionaria venezolana agoniza y la comunidad internacional debería buscar la manera de que el país no se estrellara aparatosamente y lograra un aterrizaje de emergencia, con asistencia de bomberos y personal especializado.