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Editorial: El Dr. Rodrigues de Francia en Venezuela
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Parece que el gobierno decidió dejar todo igual. Circulaban rumores acerca de que, tal vez influido por sus amigos de China y Rusia, haría algunos cambios para permitir que la economía funcione. Pero al parecer se impusieron sobre ellos los consejos de Serrano Mancilla, su asesor de Podemos, que simbólicamente vino invitado a Venezuela en días posteriores a las elecciones, precisamente para que lo vieran. Vino a exhibirse en una ratificación de la política económica. Dentro de una lógica mediana, no es posible entender por qué Maduro quiere mantener una situación cuya infamia no es necesario describir.
A diferencia de los chinos y los vietnaminas, por no hablar de Malasia y otras experiencias, el gobierno venezolano no quiere construir su régimen autoritario sobre el bienestar sino sobre la miseria extrema. Esta es sin duda la economía política de Giordani, que podría resumirse en empobrece y vencerás. Naturalmente en la decisión del gobierno pesa el hecho que “le ha ido bien” políticamente, para asombro del mundo se mantiene en medio del volcán hiperinflacionario en plena lluvia de lava.
En las embajadas amigas se lo critica por este empecinamiento, ya que su cálculo es increíblemente cruel: “como me mantengo en el poder, que los demás se mueran de hambre y el país se destruya” ¿Cuánto tiempo puede durar ese equilibrio inestable, cuánto el puente colgante puede permanecer con las cuerdas rotas? Ciertas tendencias apuestan a aquello que los comunistas llamaban “exasperación de las contradicciones” o “mientras peor mejor” del que hablaron en alguna época los comunistas.
Según esa doctrina en la medida que el hambre apriete y la gente pierda sus beneficios civilizacionales, se levantará contra el gobierno. Esa conseja ha sido desmentida largamente por la experiencia porque en la medida en que la gente tenga más dificultades para conseguir alimentos para su familia, más se concentra específicamente en ese objetivo y menos en compromisos políticos. El estudio de la historia demuestra que la situación económica influye o no en los resultados de la política solo en la medida en que exista una fuerza capaz de canalizar el resentimiento social, y eso, hasta ahora ha fallado en los momentos culminantes.
Al presidente Carlos Andrés Pérez lo derrocaron precisamente cuando llevaba adelante la transformación del país, la más importante desde el 23 de enero de 1958. Su programa de gobierno recogía todas las justificadas críticas contra la democracia que estaban en el ambiente y aplicó una rectificación estratégica. Lo derrocan cuando el país crecía al mismo ritmo de China y en radical proceso de democratización de la democracia, con pleno empleo y el ingreso per cápita más alto de Latinoamérica.
Compárelo Ud. con nuestro hoy en el que Venezuela es el nuevo Haití, un país que inspira lástima en el resto del continente y en el mundo. La decisión de mantenerse en el poder es evidente, pero lejos está de aspirar a ser una reedición de Xi-Jinpin, un autócrata que lleva a China a la condición de gran potencia mundial y que ha contribuido a que 400 millones de ciudadanos salgan de la pobreza.
Al parecer Maduro quiere reencarnar al Gaspar Rodrigues de Francia, el Dictador Supremo y Perpetuo, según sus títulos, de la República de Paraguay que gobernó entre 1814 y 1830. El Dr. Francia sacó al Paraguay de la Federación Argentina, destruyó su estructura productiva y convirtió al país en el último de la cola latinoamericana por siglo y medio. Prohibió la llegada de extranjeros al país y los matrimonios de naturales con ellos. Cerró las fronteras y eliminó el comercio internacional, salvo el de armas. Y eso que entonces no estaba Serrano Mancilla por estos lados.