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Editorial: El juego de tronas
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Hay muchas y diversas dificultades añadidas para el diálogo, adosadas a las que intrínsecamente él tiene. Desde las lingüísticas de unos “sutiles” que con la cara muy seria hacen diferencias entre diálogo y negociación (toda negociación es un diálogo), pasando por el saboteo que suelen hacer desde el gobierno y desde la oposición rugiente. Pero la más grave es que Chávez, en su condición de revolucionario, acostumbró al país a que la palabra negocio en sí misma es sucia, porque “con el enemigo no se dialoga” sino hay que aplastarlo.
Esa es una influencia de amplio espectro que afecta a muchos, pero particularmente a los radicales que son idénticos al chavismo pero con piquete contrario. Y una dificultad adicional: el juego de tronos. El país está desesperado por salir de las arenas movedizas y quiere soluciones inmediatas, lo que es comprensible y deseable, lo que no lo hace necesariamente posible. Además empuja hacia el apremio la inmediatez de las elecciones de 2018 que exige respuesta. Las condiciones para la participación electoral deben acordarse rápidamente. La diferencia entre una prisa necesaria y sana y la otra, consiste en que esta última está promovida por el grupo opositor que tiene como única política el fracaso de los moderados.
Da la impresión de que prefieren que Maduro continúe en el poder con tal de frenar la dinámica para ellos terrible de que el cambio lo encabecen los partidos democráticos, como parece muy probable. El dramatismo de la exigencia de una mutación política se hace más palmario ante la desnudez del colapso de PDVSA. Chávez inició el desmantelamiento de una de las más poderosas empresas del mundo durante el puntofijismo, y lo hizo por resentimientos y complejos terribles. Despidió los 23 mil trabajadores a los que odiaba colectivamente porque tenían alta formación profesional y académica, y quería, como confesó, “una PDVSA para los pata en el suelo”.
Por eso pudieron llegar a su directiva personajes sin calificación, simplemente por el currículum que les daba ser “del pueblo”, es decir, chavistas. Detrás del defenestramiento de este grupo de gerentes dolosos que llevaron a la ruina la empresa, hay un factor hasta ahora descuidado en los análisis: Rafael Ramírez se habría propuesto competir por la candidatura presidencial del PSUV, como si estuviera en un partido normal y no en uno revolucionario. Maduro dejó caer en días recientes algo como “vente para acá y nos medimos”, que sonó un poco críptico, pero se va aclarando, sobre todo si recordamos que al señor le dieron una sublime patada hacia arriba y lo aterrizaron allá en NY.
Eso ocurrió hace un par de años cuando comenzó a presentarse con un plan neoliberal de recuperación económica que despertó interés en varios sectores y hasta ilusiones. A la fecha el gobierno no lo remueve del cargo, tal vez porque Ramírez “sabe quién mató al obispo y donde lo enterraron”. Por eso la ofensiva va por los flancos y no a la cabeza. Uno de esos pata en el suelo de los que hablaba el finado, el señor Del Pino, en una extravagante declaración afirma para defender que descapitalizaron la empresa y la asesinaron tecnológicamente, que lo hicieron para darle comida a la gente. Alguien que diga semejante cosa demuestra que solo es posible en socialismo.