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Editorial: “El muerto que mata”
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Sobre la ola de manifestaciones que enfrentó el dictador de Turquía,en las que casi a diario moría alguien,un filósofo esloveno llegó a una pavorosa conclusión. Tanto el gobierno como quienes querían derrocarlo obtenían réditos de la violencia y de tan terribles acontecimientos. Si había una gran manifestación pacífica,colorida,multitudinaria, al terminar todos regresaban a sus casas muy felices y no pasaba nada, el efecto político era casi nulo. No iba más allá de algunas fotografías aéreas y titulares de prensa. La gente se iba a los restaurantes y bares a celebrar el éxito y comentar los episodios. En síntesis, pese a los esfuerzos para la movilización, era una acción absolutamente efímera y,al final, irrelevante. Cuando había violencia el efecto cambiaba. La imagen de muchachos encapuchados que hacen frente a la policía ha dado la vuelta al mundo cientos de veces y tiene un aura heroica. Los gobiernos democráticos ponen el trabajo represivo en manos de fuerzas bien entrenadas y con conciencia de que la ciudadanía merece el mayor respeto y no suele haber víctimas. Las movilizaciones estudiantiles en Surcorea duraron años en los ochenta, con la típica refriega entre uniformados y estudiantes sin que jamás muriera alguien. Pero es típico de regímenes sin alma que ven a la gente como enemigo interno, que la acción antimotines cueste vidas, como en los países atrasados en los que han proliferado los autoritarismos. Pero aparece el siniestro componente que comentábamos al principio: la violencia es un ingrediente político de primera magnitud. A quienes se oponen al orden establecido les permite “develar”, “quitar la máscara” y desprestigiar al gobierno, lo que se multiplica cuando alguien fallece “en combate”. Un gobierno autoritario a su vez,aunque mancha su imagen, comienza maquiavélicamente a manejar el miedo como recurso estratégico: “si no me aman que me teman”.Todo el mundo debe saber que estamos dispuestos a lo que sea para impedir que nos descabecen, incluido pagar el costo político que generan las víctimas. Las muertes graneadas, dosificadas, según esa perspectiva maquiavélica, mantienen el miedo y, para los adversarios, mantienen viva la llama de la rebelión. Ya en Venezuela en este año terrible van 80 muertes y parece que el goteo seguirá y habrá una gran discusión sobre las responsabilidades moral, política y penal de lo ocurrido, pero las conclusiones dependerán como siempre de quien tenga las diversas sartenes por sus mangos. La revolución nació con el golpe del 4F de 1992, un hecho de sangre que costó entre 100 y 300 vidas, cosa que ocultaron en su momento varios de los que hoy claman al cielo para que se sepan la del presente, militares, políticos, intelectuales y religiosos. Y así como nació la política matando, Chávez lo sigue haciendo desde el otro mundo.