Editorial
Editorial: El odio
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Venezuela es un país relativamente pequeño y de allí que una frase pretenciosa que se oye u oía mucho, “aquí todos nos conocemos” corresponde a cierta realidad. Era una expresión propia de las élites caraqueñas para reconocerse a sí mismas. Estaban definidos quienes eran los dirigentes políticos, los jefes de la Iglesia, los empresarios poderosos, altos militares, escritores e intelectuales, “todos se conocían” o eran familia.
El resto de la población era simplemente un contexto, el paspartú, una muchedumbre innominada que no tenía mucho interés para nadie. Esta calma chicha se acabó con las apariciones de AD y Copei, en síntesis más o menos la misma cosa, y que rompieron las diferencias sociales y llenaron las instituciones de unas nuevas clases medias provincianas, muy distintas en modos y comportamiento, a las élites tradicionales. Se llenó el Congreso de “negros”, sindicalistas, dirigentes campesinos, abogados provincianos.
Eso no lo pudo olvidar nunca la élite y estuvieron cuarenta años con la ilusión de destruir ese sistema político y tomar ellos mismos el control. Los partidos lograron sortear todas las trampas y crear una democracia modelo, frente al odio implacable de las élites tradicionales, que mantuvieron un esfuerzo constante para desacreditar las instituciones y los partidos. El odio siempre se mantuvo latente, pero los éstos lograron gobernar sobre él. A partir del 4 de febrero de 1992 su manotazo desfiguró el rostro del país.
Eso condujo al derrocamiento posterior del Presidente y a que las élites decidieran ponerle la mano directamente al poder. Consideraron útil a Caldera que hizo lo posible por liquidar a Copei y ya lo había hecho con Pérez. Y a partir de allí comenzaron dos décadas de destrucción que han traído la actual realidad. La demolición de la economía y la vida civilizada de los venezolanos hecha por la revolución, solo es comparable con lo que hicieron los opositores. Pero la marejada de destrucción prosigue.
Ante su fracaso, el nuevo liderazgo caraqueño que surgió con grandes despliegues económicos durante lo que va de chavismo, y fracasó estrepitosamente, ahora va declaradamente al caos. Si en episodios anteriores lo generaron, fue principalmente por incapacidad política, porque en su ingenuidad creyeron que podían derrocar a sus adversarios con métodos propios de mermados mentales. Pero ahora la voluntad destructiva del incapaz de crear, va más lejos. El objetivo es derrotar a Henri Falcón y trabajar para el triunfo de Maduro.
No le perdonan que mientras otros se suicidaron, no tuvieron el mínimo de aptitud para mantenerse vivos en la política, Falcón haya sobrevivido. Se deben sentir muy mal de que nuevamente los sectores sociopolíticos de la provincia puedan imponerse sobre las élites tradicionales en un eventual retorno a la democracia, después de dos décadas de locura. Sueñan con un nuevo 23 de Enero en que el Estado Mayor Conjunto restablezca la democracia de un solo empujón, los partidos vuelvan a la legalidad y sus dirigentes concurran a disputarse el poder.
Pero las cosas no pareciera que pudieran ser así y en eso se equivocan muchos de dentro y de fuera. Una salida de esta camisa de fuerza que lleva Venezuela llamada la revolución, ha resultado mucho más compleja, dolorosa, cuesta arriba. Y parece que quienes lo intentaron dejaron una flagrante demostración de que no tenían con qué hacerlo. Ahora el odio se vuelca sobre Falcón y viene de los dos lados. Tendrá que demostrar habilidad para salirse de la tijera.