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Editorial: ¡Feliz Año para Aveledo y Torrealba, y la Unidad!
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Lamentablemente la Unidad vino de mal en peor desde comienzos de 2016, hasta el desastre de hoy. Durante las gestiones de Aveledo y Torrealba, seguramente por el peso específico de cada uno, la Unidad funcionaba, tal vez porque sus personalidades  obligaban a que las decisiones se discutieran largamente y se tomaran  por consenso. Gracias a eso hubo una cadena de aciertos, el debate obligaba a salidas negociadas y analizadas. A partir de cierto momento esto comenzó a ser un estorbo para quienes no querían dirigir sino mandar, y a Aveledo y Torrealba los despidieron respectivamente de infame manera, y al último como si fuera empleado de una gobernación o una alcaldía, solo que sin prestaciones y además sometido a un ruin escarnio.

Lo echaron por los medios de comunicación al estilo típicamente chavista y comenzó esta triste etapa que se caracterizó por las desacertadas decisiones de la “nueva hegemonía” y el silencio de los demás frente a políticas alocadas y arbitrarias. Nunca se podrá entender el porqué de sus expulsiones ignominiosas, pero en este caso la de Torrealba fue precisamente luego del gran triunfo de las parlamentarias y los resultados de esa acción están hoy a la mano. Pero lejos de hacer el balance crítico, los mandamases se amarran con más fuerza al mástil del buque zozobrado, lo que anuncia un naufragio.

En una situación de emergencia, en vez de corregir la marcha y llamar a todos los partidos a una nueva integración, se insiste en decisiones unilaterales cuya deficiencia conocemos por mortífera. Como peor que recapacitar es no hacerlo y seguir el rumbo de la autodestrucción, alguien debería pensar en la nueva realidad política que aparece tras las elecciones municipales: los partidos que apostaron a las elecciones municipales sumaron 2 millones 700 mil votos, mientras los  que se abstuvieron están amenazados de ilegalidad.

Eso no es ninguna bagatela. Aunque esta última amenaza no se cumpliera, el hecho es que en la oposición surgen nuevas realidades. Copei acumuló 775.000 votos, UNT  736.000, el MAS 375 mil, AP 332.000, entre otros. Si se trata de anular este logro con el argumento de que “los votos no son de esos partidos”, vale la pena aplicar este esquema: quienes votaron escogieron varias veces. Entre el llamado a la abstención, optaron por votar;  entre votar por el gobierno o la oposición, lo hicieron por la oposición. Y entre los partidos que participaron, cada elector decidió por uno de ellos y no por otro. Eso está claro y es un hecho concreto. En atención a la cadena de infortunios que ha traído esta reiterada mandonería, no queda otra –en mentes organizadas y serias- que recomponer la alianza unitaria sobre nuevas bases, acertadas y democráticas como las que rigieron  durante los períodos de Aveledo y Torrealba.

Si carecemos de un líder individual que se imponga de manera natural por llevar la nave acertadamente, hay que volver a lo ventajoso que tuvimos. Más allá de que la MUD haya colapsado, la Unidad es un valor que la mayoría de la población reconoce como tal. En otras palabras, la mayoría de la gente considera necesario que la oposición se mantenga en un solo barco, pese a las tristes demostraciones que su organismo rector ha dado. Hay que procurar acuerdos para que la elección del candidato presidencial sea un momento de reunificación, para recuperar la mayoría perdida, y no del destino final, como amenaza que puede ser.

Si alguien está concibiendo este proceso como una trampajaula para imponer seudoliderazgos esmirriados, será la diáspora. Si se atiende a decisiones serias, sensatas, consultadas y en las que haya consensos procedimentales, sería un buen síntoma. Tal como en las dos últimas elecciones, hay que combatir y derrotar tanto al gobierno como a sus aliados abstencionistas.