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Editorial: Fidel Castro y la galaxia de los cómplices
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Fidel Castro cambió la Historia. Un gánster que se impuso entre las pandillas de delincuentes en las calles de La Habana  durante los 40, hizo lo mismo sobre Cuba y se apoderó de ella y hubiera podido hacer lo mismo sobre el continente si no lo para Rómulo Betancourt, la horma de su zapato. Su influjo dividió los partidos democráticos durante los años 60  y  sembró movimientos armados de México a la Argentina, inspirados y financiados por él. La derrota en Venezuela – lo hace botar de la OEA-, detiene su marcha gloriosa a quién sabe dónde, aunque no así el crecimiento de su prestigio mundial.
Más que valientes, suicidas fueron sus acciones, el asalto con un pequeño número de muchachos a una fortaleza militar y la expedición desde México a La Habana en un barco viejo. Al triunfar, lo convirtieron en un símbolo universal, una reencarnación de David frente a Goliath y la frase de Hitler que hizo suya, “la historia me absolverá” todavía hoy resuena en sus exequias. Como muchos jóvenes latinoamericanos de la época, Hugo Chávez se convirtió en su fan y luego imitador y caricatura viviente.
Es Castro quien lo convence de que su trabajo no es ganar las elecciones e instalar un gobierno democrático sino “hacer una revolución”, crear una dictadura totalitaria y vitalicia, y aprovechar para ello las bisoñerías y errores de la nueva oposición que apareció para sustituir los partidos. Chávez jamás dejó de consultarlo cada vez que se presentaba una maraña –igual que Maduro- y su genialidad ilimitada para el mal ayudó a que el régimen venezolano se entronizara gracias a las tonterías de la oposición amateur.
Como lo sugiere Chávez a Martha Harnecker Fidel estaba de acuerdo con que provocara una huelga petrolera para “limpiar PDVSA de escuálidos”, que tratara el mes y medio de marchas en las calles como quien ve llover y que no hiciera nada a un puñado de militares estúpidos que dieron un golpe de Estado desde una plaza en el este de Caracas. No reseñaré por soez la frase de Castro cuando la oposición antipartidista le hizo el trabajo a quienes necesitaban un sistema totalitario y decidió “retirar sus candidaturas” a la Asamblea Nacional en 2005.
Más allá de cualquier consideración, ha sido asombroso el despliegue de dirigentes democráticos que durante su vida-y ahora también en su muerte- se han desgranado en elogios a un personaje tan trágico para la ya muy lamentable historia de la región. Las mentiras sobre logros educativos y sociales en una isla que encarna hasta dónde puede llegar la miseria, la opresión y la desgracia de los seres de un día. Fidel Castro desgració el destino de su país, lo lanzó a la Edad Media y hoy todavía tienen hagiógrafos.
Un equivalente ruin de “nosotros trompada con la oposición y la oposición trompita con nosotros. Fidel fue el siniestro ingeniero del procedimiento que hace a Maduro vicepresidente y luego presidente designado por un muerto. Dedicó los últimos años de su vida a garantizar que Venezuela financiara al gobierno cubano para que no quedara al descubierto el trágico fracaso de la revolución. Hoy ¡por fin! está al frente del gobierno Raúl, pero a diferencia del monstruo, es un tipo del montón que lloriqueaba cuando su hermano lo reprendía.
Ojalá termine de hacer las reformas que su hermano y Chávez paralizaron.