Editorial
Editorial: Ku Klux Klan
Editorial

Si Ud. examina un poco los radicales de 2.0 no conseguirá ninguna diferencia en su lenguaje con los diversos movimientos totalitarios del siglo XX. Una incapacidad casi absoluta para entender la vida real, naturalmente la política, les hace sustituir el pensamiento por el odio. Mayoritariamente las invectivas son anónimas, lo que le da a cualquier apocado la posibilidad de insultar sin comprometerse, pero incluso los que firman atraviesan un proceso de desdoblamiento en el que Mr. Hyde sustituye a Jeckyll.
No hay duda por eso de que las redes son un sicoanálisis colectivo. Gente que en el pasado reciente llevaba una vida normal, un comerciante medio, una profesora de bachillerato, una ama de casa, un abogado o un médico, arrojados por el gobierno a la ruina o a diversas desgracias personales, se interesan por la política 2.0, la más fácil porque da tribuna al común, decía un filósofo, y se convierten en el monstruo que llevan dentro.
Cualquiera que no piense de acuerdo con las pintorescas ideas de los sicarios del teclado, se hacen automáticamente objeto de las más extravagantes acusaciones y suspicacias. Impera la teoría de la conspiración, que no es más que la teoría de los tontos, la búsqueda de fines ocultos, planes rebuscados, estratagemas de araña, en actos normales de las personas. Si Ud. toma una opción que no es la de los sicarios, seguro que hay alguna inmoralidad escondida.
Pertenece a sectores sociales acomodados, especialmente en las principales ciudades, cuya inexperiencia les bloquea entender la política y su actitud explica muchas de las derrotas experimentadas por la oposición. Su desconocimiento los hace pasto fácil de arranques emocionales, voluntaristas, radicales, que en síntesis, son típicos de los no políticos.
Los anónimos o semianónimos se convierten en acusadores y jueces al mismo tiempo, de las víctimas escogidas, y como no tienen posibilidad de quemar a los sentenciados, intentan desacreditarlos. Y si Ud. examina el curriculum de estos inquisidores, verá que muy pocos tienen alguna calificación intelectual, moral o política para asumir ese papel. Son gente común que quiere asumir desde el anonimato o la irrelevancia el título de protector de una ficción seudo moral.
Al parecer en sus primeros orígenes, el Ku Klux Klan comenzó por grupos de hombres que se disfrazaban de fantasmas para asustar a los viandantes en Tenessee, sin hacer daño a nadie, luego de la Guerra de Secesión americana. Pero del humor, muy rápido viraron a terroristas y el susto que ocasionaban ya no era solo por sus estrafalarias figuras, sino porque pasaron a la violencia física.
Personas comunes y corrientes se enmascaraban para hacer daño a los demás y gozar de impunidad. En principio contra blancos del norte que se habían radicado en el sur después de la guerra. Luego las víctimas fueron los negros y aquellos “amigos de negros”. Los desacreditaban, amenazaban, intimidaban. Solían visitar las casas de los marcados para aterrarlos, ese era el “aviso” (“el Klan no avisa dos veces”) y el indiciado se tenía que ir del pueblo.
Luego vinieron los linchamientos de negros. La acción de los llamados laboratorios en las redes, cuya única función es la maledicencia y el descrédito de los demás, hace temer lo que harían personas envenenadas y resentidas si tuvieran acceso al poder, y puede suponerse un comportamiento parecido al que hemos vivido frente a la revolución en los últimos veinte años. Podrían ser revolucionarios pero del otro lado y eso es igualmente peligroso.