Editorial
Editorial: La cumbre de Odebrecht
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La Cumbre de presidentes americanos fue un instrumento diseñado a comienzos de los 90 para darle operatividad al proyecto del ALCA (Asociación de Libre Comercio para las Américas) y la primera de las ocho realizadas fue la de Miami en 1994. Una vez establecido el socialismo del Siglo XXI como corriente dominante, la periódica reunión cambió de naturaleza, el ALCA se abortó y surgió en su lugar el ALBA (Alianza Bolivariana), como todos sabemos, una pieza para la expansión del proceso revolucionario.
El continente frustró un proyecto que hubiera contribuido a mejorar las economías y acercarlas al siglo XXI y las cumbres tuvieron un sentido político y no comercial. Pero ya estamos a la hora de los balances. La Cumbre de Mar de Plata, Argentina (2005) fue la de la euforia tercermundista, la victoria contra el imperialismo y la “economía neoliberal”, el lenguaje chavista de la liberación, la segunda independencia y demás.
Pero la de 2018 se da en un clima muy diferente y encierra un claro enjuiciamiento a los únicos aportes que dejó como balance el socialismo del siglo XXI: la corrupción masiva, sistémica, estructural, es decir, Odebrecht, y la destrucción de Venezuela, la desdichada tierra en la que nació el chavismo bolivariano. Los íconos de aquel momento, Chávez, Lula, Kirchner, hoy lo son de las miserias latinoamericanas y demuestran que el único socialismo bueno es el socialismo muerto.
La corrupción socialista de Odebrecht corroyó el continente de arriba abajo, tanto que ha sido necesario mantener el desastre en silencio porque, al parecer, no hay uno solo país de los que contrataron con la gran trasnacional del lulismo, que no esté metida hasta el cuello. La consecuencias de denunciar lo ocurrido en por lo menos 17 países serían más graves que el silencio.
Esta cumbre de Lima que se desarrolla en tiempo real, revela también, en medio de las equivocaciones dolorosas, la frivolidad de los países y los liderazgos. Ayer el continente, los mandatarios, las muchedumbres sucumbían a las imbecilidades que decía Chávez, y el señor Luís Almagro afirmaba a que éste era el genio más prominente de Latinoamérica en 52 años (no sé por qué 52 específicamente) y cometían la cadena interminable de errores económicos, sociales y políticos que presenciamos.
El péndulo se desplaza hacia el error contrario. Vemos entonces que ahora la falta de sentido de la realidad, la estulticia política, lleva a países hoy preocupados por la democracia venezolana a comportamientos tan torpes que ayudan en vez de hundir al gobierno revolucionario que quieren derrotar. Que esa gran parte de la región haya tomado como buena esa incoherente, ciega y boba idea de boicotear el proceso electoral de Venezuela dificultar un cambio y hace que el costo de salida del gobierno aumente.
No tienen la Cumbre, ni la OEA, ni el Grupo de Lima. los mecanismos para producir la única opción que pretende sustituir al voto, una intervención externa. Y la ONU, que si lo tiene constitucionalmente, no puede usarlo por la capacidad de veto de Rusia y China. Desgraciadamente la gestión actual contra el gobierno venezolano que se asocia a la comunidad latinoamericana conduce a su perpetuación y no a su cambio. Es tiempo ya de hacer balance de las sanciones al país y tener claros cuales han sido sus resultados. Y más sanciones se traducirán en más miseria, inflación, devaluación. Los recursos que vienen del petróleo, siempre irán a las manos de Maduro y su nomenclatura y el hambre siempre irá a las mayorías.