Editorial
Editorial: Memorias del subterráneo
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En general cuando alguien difunde abruptamente algo que “se cocina” es con el propósito de “reventarlo”. Planes, decisiones, candidaturas, se abortan cuando salen antes de tiempo. Parece que hay la intención de abortar el acuerdo que tejen trabajosamente el gobierno y la oposición, léase los Rodríguez y Jaua, por un lado, y Capriles, Ramos, Falcón y Rosales por otro, unos en persona y otros, a través de delegados.
Aún es un preacuerdo que se discute discretamente en las diversas organizaciones políticas. Y ojalá se concrete porque eso impediría que gremios empresariales, las academias, los rectores, y algunos curas, le impongan a los partidos una política diseñada por el Grupo de Lima y el Secretario General de la OEA, Luis Almagro. Es decir, los sectores que saben menos de política en el país y veinte gobiernos extranjeros que ni siquiera conocen Venezuela, deciden nuestro destino.
De producirse el acuerdo pese a estar “reventado” en las redes, se disipa un poco la perspectiva de las consecuencias de la política impuesta, un inmenso e inhumano desierto para las mayorías. La reencarnación local de Leo Naphta, muñidor de gran parte de las terribles tragedias de estos 26 años, continúa en plena acción y trabaja a ver si consigue la definitiva, la que arrase con todo. Independientemente de que se gane o se pierda la presidencia de la república, otro tema de discusión, si la oposición no participa desaparecerá. La sociedad venezolana se quedará sin voz y sin manos, sin representación, y se habrá consolidado el deseo principal de la revolución: un régimen totalitario donde todos, absolutamente todos los poderes estén en manos del gobierno.
Nuestro Naphta de una vez anuncia un frente amplio, cuya amplitud, si revisamos la experiencia inmediata, no hay muchas razones para creer, será una manera de seguir imponiendo una visión necia, desconocedora, torpe de la política, que nos trajo a este pantano desde la gloriosa Normandía de 2015.
El abstencionismo conduce a un futuro de horror y desesperanza, salvo para aquellos que se pasen el resto de su vida en La Guaira a la esperar que aparezca en el horizonte la imponente figura de un portaaviones americano, para aplaudirlo y arrojarle flores. Mientras los radicales se atragantan de chistorras en la Puerta del Sol y las bajan con Albariño, los venezolanos se consumirán de hambre y desolación.
Una abuelita cubana contaba en la televisión cómo a los quince años esperaba un apartamento ofrecido por la revolución a ella y su novio como pareja que iba a casarse. Y hoy le pide a Raúl Castro que cumpla la promesa y le otorgue el apartamento, en este caso ya que no pudo tenerlo, para obsequiarlo a su nieta, que se va a contraer matrimonio.
Salvo la tonta ensoñación, sin partidos, diputados, legisladores, concejales como recomiendan los abstencionistas desde Miami y Madrid, el futuro estará cerrado. pero soñarán con la US.NAVY, como aquél cubano que de tanta añoranza le puso a su primer hijo el nombre de Yusnavy.