Editorial
Editorial: Perfume de úrea
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Algunos quieren que el Papa “se meta en sus propios problemas” y saque las manos de Venezuela. Quienes así razonan creen que su Santidad actúa como una especie  de operador de la revolución, pero pecan de un desconocimiento abismal. El mundo civilizado teme que en el siglo XXI, cuando la Humanidad ha alcanzado el más alto grado de desarrollo y Latinoamérica había dejado de ser -junto a Africa-la vergüenza del mundo para tornarse un continente que progresa y se moderniza, en Venezuela haya una matanza política, primitiva, caníbal. Y no es de extrañar. Cuando un país cae en las manos de personajes de otra época, mentalidades del siglo XIX, las situaciones que se presentan suelen ser también del pasado
¿Por qué Francisco hizo una apuesta tan arriesgada en la que pone toda la carne en el asador?  El Cardenal Celli declaró que “Si fracasa el diálogo nacional, el camino podría ser el de la sangre… “la situación está muy fea… a nivel político… a nivel social, económico. No hay comida, no hay medicinas… una situación muy difícil”. Eso dijo el enviado enviado papal a Caracas y tiene razón. Si se agotan los recursos de la paz, muy probablemente tronarán los fusiles nos mataremos unos con otros y el factor o los factores de poder no serán civiles y quién sabe que nos espera. Murphy decía que “no importa lo mal que esté una situación. Siempre podrá ser peor”.
Desgraciadamente unos supuestos “líderes” que parecen más bien dirigentes de liceo aunque anden por los cincuenta, no ven lo evidente y proponen acciones necias, suicidas, que no garantizan más que nuevas derrotas. Lo mejor que pudiera pasarle al gobierno, que vive una situación terrible despreciado hasta por los suyos, es que la infinita necedad provocara una mortandad “de calle”. Esta situación dramática que se vive pudiera ser el examen final para los que aspiran dirigir un gobierno que atraviese y supere la crisis. Los diecisiete años de revolución han dejado en el cementerio político  varias camadas de supuestas luminarias que pretendían sustituir al liderazgo establecido.
La prueba de que se puede confiar en ellos es su propia vitalidad serena y no ser unos desenfrenados a los que lo único que se les ocurre es “la calle”. Va quedando claro quiénes son conductores y pueden llegar a grandes estadistas y quienes son meros agitadores de un momento. No es lo mismo tener el pulso y la capacidad para comprender una situación, cabalgarla y superarla, tomar decisiones difíciles aunque muchos inconcientes se irriten, que andar por el mundo abrazando viejitas y niños con aroma de úrea.