Editorial
Editorial: reacción contra la ruindad
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En latinoamérica no hubo desde hace mucho tiempo guerras –una que otra escaramuza sin significación- y en Venezuela concretamente en 40 años de democracia, conatos de dictadura ni conflictos o golpes de Estado que requirieran negociaciones o diálogos como en otros lugares. La fiebre guerrillera se resolvió fácilmente, los alzados pasaron de inmediato a ser políticos democráticos y colorín colorado. Por eso no sabemos nada de negociaciones, acuerdos, diálogos, justicia transicional, enclaves autoritarios y demás rosas del jardín de los conflictos. Y por eso muchos actúan apresuradamente ante a las reuniones de República Dominicana, lo que crea problemas. Uno es la sobrecarga de expectativas de muchos que justificadamente quisieran “soluciones ya” a una situación tan extremadamente compleja, sin saber que los procesos de entendimiento suelen ser largos y difíciles, porque son precisamente para salir de situaciones convulsas.
Pero hay algo que debe estar claro: quien entorpece llegar a conclusiones es el gobierno, mientras la razón de ser de la oposición es presionarlo. Por eso si el resultado se dilata, a quien hay que culpar es al responsable y no a la oposición. Alguna gente se comporta como si asistiera al partid final de la Copa Mundial de Fútbol, y en noventa minutos y el sobretiempo, debiera haber resultados. Por la misma razón, antes se sucumbía a la tentación de pararse de la mesa, precisamente lo único que no puede hacerse en negociaciones. Además la oposición va a las negociaciones con banderillas en el lomo. Una secta de radicales fundamentalistas autodenominados de oposición, se dedican a inventar mentiras, ruindades, calumnias exactamente iguales a sus pares, la anterior “guerrilla comunicacional”. La misma inmoralidad supina, el mismo odio, la misma incapacidad para hacer algo positivo. Son aves carroñeras que se alimentan de los que mueren en las batallas. No saben hacer nada, no tiene nada que decir en la política, no se mueven, no trabajan, ni hacen nada útil por nadie, sino que viven como el zopilote. Dan vueltas en el aire a ver qué animal herido consiguen. Creen en su error que podrán comer de un eventual fracaso de las negociaciones.
Ellos no capitalizarán nada porque no tienen idea de cómo se hace eso y además porque la negatividad de las vibraciones de sus voceros es tan ruda, que se está produciendo una reacción demasiado feroz contra ellos. Su único habitat es tuiter, – además de Brickell- y allí se llevan las palizas de pronóstico cada vez que dicen una gafedad calumniosa.