Editorial
Editorial: Rodriguez Torres
Editorial

Se cuenta que en los sucesos del 11-13 de abril de 2002, Miguel Rodríguez Torres protagonizó una extraña situación, convertida rápidamente en anécdota o quién sabe si leyenda urbana. Era el jefe de la DISIP y fue con su Estado Mayor a presentar la renuncia ante los comandantes militares que celebraban en Fuerte Tiuna. Allí estaban también los líderes de la ”sociedad civil” felices porque serían los usufructuarios de lo ocurrido –el salón estaba lleno de potenciales ministros-y se comenta que un folklórico multimillonario cargaba un morral lleno de dólares con los que le pagó a las eminencias que redactaron el famoso decreto número uno. En atención a la jerarquía, Rodríguez y su gente se cuadran ante los generales y ponen cargos a la orden.
La respuesta de la alta oficialidad los desconcertó: “no hombre chico. Quédate tranquilo por ahí y échate un palo” y le indicó el mesón del buffet que atendían varios mesoneros de chaqueta blanca, con suficiente whisky y delicatessen como para soportar la dura lucha. “Vámonos que esta vaina se va a caer” ordenó Rodríguez Torres a sus acompañantes. La oposición lo odia por su papel en la frustrada toma de la Casona el 4F, con el plan de asesinar a la familia presidencial. Sobreseído por Caldera, se incorporó al chavismo en ascenso. Pesa sobre él también la detención de su amigo, el General Rivero al que convocó a una reunión para bajo simulación, echarle el guante.
Cuando Maduro se dio cuenta de que los colectivos armados se habían convertido en una amenaza para su gobierno, Rodríguez, para entonces Ministro de Relaciones Interiores, hizo aniquilar a cinco de sus cabecillas, y con eso las cabras volvieron al corral. Le cargan también la responsabilidad de la represión de los disturbios de 2014. Pero para tranquilizar las aguas, lejos de agradecerle, el Presidente lo relevó del cargo. Desde comienzos del año pasado el personaje parece entender que la deriva del gobierno conduce casi irremisiblemente a una tragedia y desarrolla un lenguaje de mayor sentido político que los demás rudimentarios líderes de la revolución. Parece haber aprendido de Chávez a retroceder cuando es necesario para salvar la causa, arte en el que el galáctico era insuperable. El mayor problema del país y del chavismo es que varios de sus principales dirigentes – como varios también de la oposición-no entienden los matices de la política, la necesidad de dar dos pasos atrás, para luego dar tres hacia adelante. Gobierno y oposición quieren ganar siempre todo, de una vez, sin hacer concesiones, lo que hace que ambos grupos desgasten sus fuerzas penosamente acumuladas. Cómo Tántalo hambriento que cuando iba a tomar una fruta del árbol, la rama se alejaba. Por esa estupidez, el gobierno ya no tiene pueblo y la oposición no logra concretar, aunque llega cerca del arco.
Esa situación, en el contexto de un país desesperado, anuncia una eventual salida de fuerza, porque esa desesperación embarga también a los militares, en su inmensa mayoría fuera de los trapicheos y brebajes de los oficiales enchufados. Rodríguez Torres parece haberlo comprendido, y puede verse por ambos bandos como el peligro mayor.