Editorial
Editorial: La revolución a su llegadero
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En su agonía, Maduro hunde las naves que le permitirían regresar al mundo democrático y se establece como un régimen de facto sin disimulos. Degüella el Poder Legislativo y elimina la separación de poderes propia de cualquier país civilizado, al tomar la grotesca atribución de autoaprobarse el presupuesto, como Idi Amín Dadá en la lejana Uganda y despojar a los diputados del fuero parlamentario. Militantes suyos disfrazados de tribunal supremo eliminan así la Asamblea Nacional elegida por la enorme mayoría de los venezolanos.
La marcha del llamado proceso revolucionario por vía democrática se acabó, porque el gobierno más horroroso de la historia de Venezuela no podrá concurrir nunca más a una justa electoral sin recibir una paliza. Pero no hay nada de que sorprenderse ya que toda revolución es una desgracia pero principalmente una traición. Triunfa con engaños al pueblo incauto, al que le promete crear un paraíso, y termina matándolo de miseria, de represión, de horror.
En la terrible agonía del gobierno, a los venezolanos nos espera  un redoble de atropellos y violencia oficial, y la Unidad está preparada para luchar en las condiciones que se planteen, porque su bandera es y seguirá siendo la democracia, la paz y el entendimiento, pero ahora respaldada por la inmensa mayoría de los venezolanos. El régimen solo podrá sostenerse por tiempo precario traicionando todos los días sus promesas y programas originales.
Si no cambia su ruinoso camino, tendremos un nuevo Chapita Trujillo o Somoza, pero muy desechable.  Todas las revoluciones del siglo XX fracasaron después de convertirse en las más terribles pesadillas para sus pueblos y lo incomprensible es que los intelectuales que lo apoyaron no tuvieran claro que ese era su destino. Podría decirse con razón que gobierna con un golpe de Estado continuado, pero la verdad es más simple: es un régimen de facto y el país marcha en un proceso de destrucción cuyas consecuencias son inimaginables.
Chávez siempre apareció ante la opinión pública nacional e internacional como un líder popular  asediado por una oligarquía golpista y mezquina. Pero todo ha cambiado y queda claro que, de autocracia socarrona con elementos democráticos, pasa a ser un simple gobierno de fuerza. Pero hay que subrayar que si bien exhiben su verdadera naturaleza, la actitud de la oposición no tiene por qué variar, ni en sus objetivos estratégicos ni en sus métodos.
Mientras más intensa sea la violencia oficial, mayor será nuestro empeño en restaurar la democracia por vías democráticas. Hay que crear un gran movimiento de abajo arriba por el restablecimiento de la libertad, a partir del reclamo de  la elección de gobernadores, una reivindicación esencial de la provincia, tanto de estados como de municipios. Hay que impulsar la lucha por la democracia desde los estados.