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Aumentar la calidad institucional en América Latina para promover el crecimiento
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(Infolatam).- El FMI ha vuelto a dejarlo claro en su último informe de perspectivas de crecimiento presentado en octubre. La economía global continuará creciendo con lentitud y América Latina seguirá otro año más en recesión. Aunque algunos países lo harán mejor que otros (sobre todo los menos dependientes de la exportación de materias primas), el crecimiento no se espera que salga de los números rojos para el conjunto de la región hasta bien entrado 2017. Además, el FMI dedica un capítulo de su último World Economic Outlook, a analizar las causas de la desaceleración del comercio internacional.

Más allá del diagnóstico que hace de la situación, en el que enfatiza la insuficiencia de demanda global y las nuevas presiones proteccionistas, lo cierto es que un comercio internacional más débil, unido a unos precios de las materias primas relativamente bajos, forman un escenario internacional peligroso para América Latina. Para bien o para mal, la región sigue siendo dependiente del entorno externo. En tiempos de abundante liquidez, rápida expansión del comercio y altos precios de los productos básicos le va muy bien (como en el periodo 2003-2013), pero lo pasa mal cuando estas variables se dan la vuelta, como viene sucediendo desde hace un par de años y previsiblemente continuará sucediendo en el futuro (pensemos que, tarde o temprano, la Fed subirá los tipos de interés y la liquidez global se reducirá, así como que es poco probable que veamos precios del petróleo por encima de los 100 dólares el barril en mucho tiempo).

En este contexto, los países de la región tienen que repensar cómo reforzar el crecimiento en un entorno internacional que les es más adverso. La lista de deberes es más o menos conocida. Incluye, entre otras cosas, aumentar los niveles de educación e innovación, diversificar las estructuras productivas para revertir la reprimarización de la producción de la última década, insertarse mejor en las cadenas de suministro globales y aumentar el valor añadido de las exportaciones, evitar quedar aislados de los nuevos acuerdos comerciales preferenciales (habida cuenta de que la OMC anda de capa caída), promover la inversión en infraestructuras y continuar con las buenas políticas macroeconómicas para mantener la estabilidad y evitar los descalabros del pasado.

Sin embargo, a largo plazo, hay tal vez una variable que es clave y tiene una marcada influencia sobre las demás y en la que la región tiene que trabajar: la calidad institucional. Como muestra el Catedrático de Economía José Antonio Alonso, América Latina tiene unos índices de calidad institucional menores a los que le correspondería dado a su nivel de renta per capital (Alonso subraya que eso sucede en cuatro de las seis dimensiones de la calidad institucional de que se compone el Worldwide Governance lndex del Banco Mundial).

Al intentar explicar por qué sucede esto, explica que, empíricamente, se constata que la calidad institucional es menor en sociedades fragmentadas, con baja movilidad social y alta desigualdad. Y eso es precisamente lo que sucede en América Latina: como la desigualdad es más alta que en otras zonas del mundo y la movilidad social menor (sobre todo por la debilidad del pacto fiscal y la baja presión fiscal en muchos de sus países), la región aparece “comparativamente”, con peores instituciones de las que debería tener.

Sin duda, en la última década se han producido avances. El boom económico ha permitido reducir la desigualdad y los sistemas fiscales han mejorado, aunque la recaudación sigue dependiendo demasiado de los impuestos indirectos, que son menos progresivos que los directos.

Pero en un contexto de menor bonanza externa, con menos recursos provenientes de una relación real de intercambio tan ventajosa, la región tiene que hacer un esfuerzo por evitar que la desigualdad vuelva a aumentar, así como mantener políticas que hagan posible que la presión fiscal sea más parecida a la media de los países de la OCDE, que sigue estando varios puntos por encima de la media de América Latina.

De esto dependerá en gran medida que se pueda continuar con la mejora en la calidad institucional, que a largo plazo es clave para aumentar la prosperidad. Tener buenas instituciones siempre ha sido recomendable, pero lo es todavía más en tiempos de vacas flacas.

 

Federico Steinberg