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CETA: buenas intenciones, mala práctica
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Finalmente, el acuerdo CETA avanza a la siguiente ronda. La rebelión de Valonia pone en evidencia que, independientemente de cómo proceda la UE, aumenta la resistencia contra la globalización, opina Christoph Hasselbach.
Tras el acuerdo alcanzado este jueves (27.10.2016) en Bélgica, la UE probablemente evitó en el último minuto la vergüenza de convertirse en un actor que ya no puede ser tomado en serio en cuestiones de comercio global. Y eso que el bloque comunitario está negociando con un socio como Canadá, que hasta ahora ha sido bastante complaciente con los europeos.

Para los puristas del orden político, la cosa había estado clara desde el principio: en la UE las cuestiones comerciales competen tradicionalmente a las instituciones europeas y no a las nacionales. La Comisión Europea dirige las negociaciones, y el control parlamentario tienen lugar en el Parlamento Europeo. Al igual que en los parlamentos de los países miembros, en Estrasburgo también hay críticos del libre comercio -tanto de los verdes como de la izquierda o de la derecha-, que imponen cambios. Entonces, ¿cuáles es el problema?

No se trata de “imponer tecnocráticamente los tratados comerciales”, como describió el ministro de Economía de Alemania, Sigmar Gabriel, las negociaciones a nivel europeo.

Un descontento generalizado

Christoph Hasselbach, redactor de DW.

Christoph Hasselbach, redactor de DW.

No obstante, la cosa tampoco es tan fácil. Y es que Gabriel ha expresado públicamente un sentimiento muy extendido de que la UE toma decisiones sin consultar a los ciudadanos. Pero, a pesar de que este descontento generalizado es infundado, el sentimiento está ahí y la UE debe saber manejarlo. Alemania y los demás países europeos reaccionaron demasiado tarde, insistiendo en la participación de los parlamentos nacionales y regionales.

Como consecuencia, aumentó notablemente, en opinión de los ciudadanos, la legitimación del acuerdo CETA. No obstante, también aumentó la complejidad del proceso. Algo que quedó patente en los últimos días.

La sobria conclusión es que si la UE actúa eficientemente, corre el riesgo de que se le reproche falta de transparencia, y si apuesta por la máxima participación, en el peor de los casos, bloquea todas las negociaciones.

La UE debe dar forma a la globalización

No es casualidad que precisamente el acuerdo CETA haya desatado una férrea oposición. Tanto CETA como TTIP, el acuerdo de libre comercio planeado con Estados Unidos, representan la globalización, y actualmente la globalización tienen mala fama en Europa. Muchas personas la asocian con inseguridad, retroceso y pérdida de la identidad.

Y es por ello que no importa cómo proceda la UE en las negociaciones: la oposición a cualquier forma de tratado de libre comercio siempre será mayor. Cada vez más, el bloque comunitario se ve obligado a enfrentarse a la expectativa de que debe proteger a los ciudadanos de la globalización. Y en caso de que no lo haga, pierde su razón de ser. De ahí también que muchos partidos que ponen en duda a la UE y la globalización ganen cada vez más adeptos.

No obstante, oponiéndose al libre comercio no se logra proteger a los ciudadanos de los cambios. En el caso de CETA y TTIP, los países occidentales deberían fijar estándares comunes por los que todos se rijan. De lo contrario, lo harán otros, por ejemplo China.

También en Alemania las críticas a CETA y TTIP están en auge. Esto es paradójico, puesto que es uno de los países del mundo que más se beneficia de la globalización.

Autor: Christoph Hasselbach/DW