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El candidato de la extrema izquierda francesa, Jean-Luc Mélenchon, vuela en los sondeos
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Las distancias se estrechan en los sondeos. Y Jean-Luc Mélenchon, el héroe de la izquierda radical, protagoniza una asombrosa remontada que le sitúa en tercer lugar, detrás de Marine Le Pen y Emmanuel Macron. Incluso François Fillon, el candidato maldito de la derecha, confía en llegar a la segunda vuelta. Mélenchon y Fillon se acercan al dúo de cabeza y fuerzan la máquina: ambos protagonizaron ayer mítines multitudinarios. Mélenchon, autodefinido como “el presidente de la paz”, dijo haber reunido en Marsella a 70.000 personas. No eran tantas, pero eran muchísimas.

A dos semanas de la primera vuelta electoral del 23 de abril, Le Pen y Macron pierden impulso. Mélenchon vuela. Los cuatro grandes candidatos rondan, por arriba o por abajo, el 20%. Cualquier cosa es posible. Incluso la hipótesis más extrema: la ultraderecha del Frente Nacional y la ultraizquierda de la Francia Insumisa podrían disputarse la presidencia el 7 de mayo. Marine Le Pen tiene plaza casi asegurada en la votación definitiva y Jean-Luc Mélenchon la ve todavía lejos, pero su prodigioso salto de ocho puntos en las encuestas de intención de voto, hasta situarse en el 18%, le abre todas las esperanzas.

¿Qué tiene Mélenchon? Es de lejos el mejor orador y el mejor en los debates, no se le conocen manejos sucios en cuestión de dinero (aunque, tras 20 años con sueldo de senador, sea el candidato con mayor patrimonio) y con él no hay equívocos: es la izquierda de la izquierda, sin disimulos ni guiños a la moderación. Pero eso no basta para explicar su excepcional popularidad entre los inmigrantes, los jóvenes y un sector de la izquierda urbana que se siente huérfana del Partido Socialista. Mélenchon, como Le Pen, propone un vuelco total, una ruptura completa con los marcos de referencia (Unión Europea, OTAN, libre comercio) que han definido Francia en el último medio siglo. Muchos franceses desean eso, aventurarse en lo desconocido porque lo que conocen no les gusta. Eso da una idea del ánimo del país.

Su mitin en el puerto viejo de Marsella fue impresionante. Una multitud enorme, varias decenas de miles, se congregó para escucharle con el mar como fondo. Como de costumbre, Mélenchon logró lo que el socialista Benoît Hamon nunca ha logrado: hacer creíble un discurso utópico, basado en el “proteccionismo razonable”, el pacifismo a ultranza, la jornada laboral de 32 horas y una inversión masiva, de 500.000 millones de euros, para mejorar los servicios públicos y reindustrializar el país. Por primera vez, concluyó el acto con La Marsellesa, no con La Internacional: fue una forma de subrayar que ya no está en los márgenes y que realmente aspira a la presidencia.

El gaullista François Fillon atrajo en París a unos 20.000 entusiastas. Su supervivencia es casi un milagro: el descubrimiento de su venalidad y su escaso respeto por el dinero público le han hecho antipático, cada uno de sus actos electorales se convierte en una protesta (cuando no le arrojan huevos o le acallan con caceroladas, le cubren de harina como esta semana en Estrasburgo), su propio partido se siente decepcionado y hace campaña a regañadientes, pero ahí está aún Fillon, con el 17% en los sondeos. El candidato conservador confía en la Francia profunda, la que calla ante los encuestadores, y se aferra a su programa de devaluación interna, posiblemente el más realista para un país ahogado por la deuda, el paro y la pérdida de competitividad.

Fillon asume que nunca será popular: “No os pido que me queráis, solo os pido que me apoyéis”, dijo ayer. En efecto, nadie le quiere. La suya es una campaña triste, amarga, áspera. Sin embargo, él cree que puede ocurrir algo parecido a lo que ocurrió en las primarias de la derecha: detrás del duelo entre Nicolas Sarkozy y Alain Juppé emergió Fillon y logró una sorprendente victoria. Entonces no se conocían ni su afición a recibir regalos ni los empleos ficticios de su esposa. Entonces tenía fama de hombre honesto y tenaz. De esas virtudes, le queda la segunda.

ENRIC GONZÁLEZ/elmundo.es