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La incertidumbre se adueña de Ecuador
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QUITO — La dramática jornada electoral vivida en Ecuador el domingo pasado dejó al país atrapado por la incertidumbre que generan los cuestionamientos de los resultados electorales y los enormes desafíos que se le presentan en el futuro inmediato.

Entre las cinco y las siete de la tarde del domingo, los ecuatorianos transitaron de un momento triunfalista, eufórico, de la candidatura del opositor Guillermo Lasso, quien precipitadamente se proclamó ganador de la elección sobre la base de una encuesta a boca de urna que le daba seis puntos de diferencia sobre su rival; a un lento cambio de escenario conforme aparecían los resultados del conteo rápido del Consejo Nacional Electoral con un apretado triunfo del oficialista Lenín Moreno.

El dramatismo de la votación aumentó cuando la ONG Participación Ciudadana, cuya reputación es reconocida ampliamente en el país, se abstuvo de difundir el resultado de su conteo rápido aduciendo una diferencia de votos entre los dos candidatos del 0,6 por ciento, con un margen de error del uno por ciento. Los cambios bruscos en el escenario levantaron inmediatamente las sospechas anticipadas por la oposición de un posible fraude electoral perpetrado por el gobierno. El propio Lasso llamó a sus simpatizantes a las calles para exigir el respeto de la voluntad popular.
A pesar de que los datos oficiales del escrutinio ratifican un triunfo de Moreno sobre Lasso por 230.000 votos (2,3 por ciento de diferencia) no alcanzan para evitar que los resultados sean interpretados en el marco de la creciente polarización que domina a Ecuador, y no evitan que surja un aura de sospecha que sin duda ensombrecerá el triunfo de Moreno. Resulta poco probable pensar que el Consejo Nacional Electoral, siempre sujeto a la atenta vigilancia de la Presidencia de la República, pueda aceptar las impugnaciones de los opositores si ponen en riesgo el triunfo oficialista.

La dificultad para disipar la sospecha de un posible fraude desluce este cuarto triunfo consecutivo de Alianza País en una elección presidencial (2006, 2009, 2013 y 2017). Ningún otro movimiento político en la agitada vida republicana de Ecuador ha logrado un predominio político tan extendido en el tiempo, lo cual muestra el enorme capital político acumulado por Alianza País, por la propia Revolución Ciudadana y sobre todo por Rafael Correa convertido en el protector de los excluidos y el gran conductor y caudillo del proceso. Lo hizo al modo populista: redistribuyendo recursos a los pobres, castigando a las élites económicas y políticas y polarizando a la sociedad en dos bandos antagónicos

Moreno deberá relevar en la conducción política del movimiento y del país cuando su movimiento muestra inobjetables signos de desgaste. Cuando arrancó la campaña electoral hace seis meses, el candidato oficial pretendió marcar distancias y diferencias del estilo confrontativo de Correa presentándose como un político de mano abierta, dispuesto a dialogar y a buscar acuerdos. Pero ese talante se perdió en la segunda vuelta electoral cuando adoptó las mismas estrategias de Alianza País: confrontación, uso de recursos estatales para su promoción, respaldo total de los medios de comunicación públicos y una campaña sucia sistemática que retrataba a Lasso como un banquero corrupto, de doble moral, responsable de la crisis financiera de 1999.

Moreno tendrá que convencer a la mitad de la sociedad ecuatoriana de su disposición al diálogo y a la búsqueda de acuerdos no solo para ganar prestigio y credibilidad sino, sobre todo, para sacar a la política ecuatoriana de la polarización.

El segundo gran reto que tiene por delante es la crisis económica. Durante toda la campaña electoral, la recesión de la economía ecuatoriana, el profundo déficit fiscal, el desempleo, el desajuste externo y la falta de inversión, fueron convenientemente soslayados por Moreno.

El próximo presidente, si se proclaman los resultados oficiales, deberá despertar a la realidad y poner en marcha algún tipo de ajuste macroeconómico. Moreno no ha dado una sola señal de cómo piensa hacerlo. Al gobernar, tendrá que enfrentar el agotamiento de un modelo económico que ha funcionado en los últimos catorce meses gracias a un creciente endeudamiento y se estrellará contra el plan de gobierno diseñado por los ideólogos de Alianza País con su promesa de llevar a cabo doce revoluciones más.

Entre el sueño revolucionario de continuar con las transformaciones y esta realidad, pesada pero inevitable, se dirimirá la capacidad de liderazgo del nuevo presidente.

Si esos son los principales retos económicos, el mayor peligro que se cierne sobre Ecuador es seguir actuando en la arena política con una lógica de guerra que dicta convertir al adversario en enemigo. Alianza País entiende la democracia como un proceso de cambio hacia una sociedad más igualitaria sobre la base de la confrontación.

Para el movimiento de gobierno, la búsqueda de consensos constituye una suerte de claudicación de una democracia radical destinada a cambiar las relaciones de poder entre las clases y grupos sociales. Esa política, que combinó estrategias populistas con ideologías posneoliberales y del socialismo del siglo XXI, ha originado un contexto de creciente enemistad, cargada de odios e intolerancia, entre los partidarios leales y los contrarrevolucionarios.

Como muestra dramáticamente el caso de Venezuela, cuando los adversarios son tratados como enemigos y son permanentemente excluidos del poder, el desenlace es la supresión de las libertades políticas, el empobrecimiento general de la sociedad, la violencia en las calles y el secuestro del poder por una élite política y militar corrupta.

Moreno tiene el desafío de volver sobre su imagen de una persona abierta, moderada, que puede restablecer la democracia como una forma pacífica de negociar los conflictos en las sociedades modernas, y gestionar lo público de manera transparente.

Se pone a prueba su capacidad para sacar a Ecuador de las incertidumbres que le acechan, hoy más complejas con las sombras y dudas que deja su apretado triunfo en la segunda vuelta.

Felipe Burbano/.nytimes.com