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La ingobernabilidad de Islandia: la izquierda avanza pero también la división
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La derecha retrocede, la izquierda avanza pero, sobre todo, gana la división. Las elecciones muestran un sistema cada vez más fragmentado e incapaz de dar al país la estabilidad que necesita

La derecha retrocede, la izquierda avanza, pero, sobre todo, gana la división. Esta es la principal conclusión que se desprende de las elecciones parlamentarias que se celebraron este fin de semana en Islandia. Se trata del tercer adelanto electoral que lleva a cabo este país en los últimos ocho años a raíz de la crisis financiera que lo hundió en el caos. Y, en lugar de aportar claridad, los resultados muestran un sistema político cada vez más fragmentado e incapaz de dar al país la estabilidad gubernamental que necesita.

Con el 25% de los sufragios, el conservador Partido de la Independencia ha sido el más votado. Pero la suya es una victoria amarga. Pierde cinco escaños con respecto a las últimas elecciones y los socios de su malogrado Gobierno, que tuvo que dimitir hace apenas un mes a raíz de un escándalo menor, se hallan en caída libre. Se trata del joven Partido Reformista, que surgió el año pasado tras escindirse precisamente del de la Independencia y que pierde tres escaños; y de Futuro Brillante, otra formación de reciente creación que, esta vez, no ha logrado alcanzar ni siquiera el mínimo de votos necesarios para seguir en el Parlamento.

La extrema fragmentación del Parlamento, con 63 escaños repartidos entre ocho partidos, va a hacer muy difícil la gobernabilidad

El bloque de izquierda, en cambio, ha mejorado visiblemente sus resultados en comparación con los comicios de hace un año. Con el 17%, el Movimiento de Izquierda Verde, se convierte en la segunda fuerza más votada y, con el 12,1%, la Alianza Sociademócrata, consigue la tercera posición, doblando los sufragios que obtuvo en 2016.

A pesar de ello, el avance de la izquierda no es suficiente. Sobre todo, si se tiene en cuenta el retroceso experimentado por su tercer aliado natural, el Partido Pirata, que ha perdido cuatro de los diez escaños que obtuvo el año pasado.

Un periodo de incertidumbre
“Todo esto hace que el análisis de los resultados sea muy complejo y difícil de descifrar”, explica, en declaraciones a El Confidencial, el economista de la Universidad de Islandia, Thorvaldur Gylfasson. “La extrema fragmentación del Parlamento, con 63 escaños repartidos entre ocho partidos diferentes, va a hacer muy difícil la gobernabilidad“, advierte este estudioso, que ve dos escenarios posibles: “O que la izquierda y, con menos posibilidades, la derecha, consiga formar una coalición de cuatro partidos y logre gobernar durante un tiempo; o que las negociaciones no lleguen a ningún lado y tengan que celebrarse de nuevo los comicios“.

En cualquier caso y aunque los partidos logren una mayoría formada por cuatro partidos distintos, Gylfasson les vaticina poca durabilidad, lo que llevaría al país a otra legislatura truncada y un nuevo adelanto electoral “dentro de un año o, si hay suerte, dos“.

Miembros del Movimiento de Izquierda Verde siguen el recuento electoral en Reikiavik. (Reuters)

Grave y profunda crisis política
“Todo esto demuestra la grave y profunda crisis política que atraviesa el país” a raíz del ‘crash’. El año que viene, de hecho, se cumplirán diez años de la hecatombe financiera que sumió a Islandia en una de las peores crisis de su historia. En 2008, la gran turbulencia internacional caía con todo su peso sobre la pequeña isla nórdica, provocando la bancarrota de sus bancos y una gran herida a nivel político, económico y social.

Desde entonces, han surgido un sinfín de pequeños partidos, algunos completamente nuevos, como el Partido Pirata, que entró por primera vez en el Parlamento en las elecciones de 2013, o el mencionado Futuro Brillante. Otros, en cambio, no son más que versiones regeneradas de los partidos de siempre, principalmente del ala derecha. Se trata del Partido Reformista, que se escindió el año pasado del Partido de la Independencia y cuyo resultado electoral deja mucho que desear, con la pérdida de tres diputados.

El Partido Centrista, por su parte, salió del Partido Progresista hace apenas unas semanas y, de hecho, ha sido una de las formaciones revelación de los comicios. Con algo más del 10% de los sufragios y 7 diputados, su irrupción a la primera en el Parlamento ha causado sensación y, ante todo, desconcierto. Su líder es, ni más ni menos, que el ex primer ministro y exlíder del Partido Progresista Sigmundur David Gunnlaugsson, que se vio forzado a dimitir en abril de 2016 al descubrirse que había evadido casi 4 millones de dólares a través de una sociedad en las Islas Vírgenes.

Vuelven los escándalos y la corrupción
El escándalo, integrado en la trama de los famosos Papeles de Panamá, fue la causa del adelanto electoral del año pasado, que se celebró hace justo 12 meses, el 29 de octubre de 2016. Ahora, la renovada popularidad de este polémico político causa estupor en un sector de la sociedad y, en opinión de Gylfasson, “perjudica la reputación de Islandia en el extranjero“.

Aquella imagen de una Islandia renovada y valiente, capaz de llevar a gobernantes y banqueros a la cárcel, se va disipando para dar lugar a otra bien distinta

Aunque el suyo no es el único caso. Más reciente es el del líder del Partido de la Independencia y ganador de los nuevos comicios, Bjarni Benediktsson, que hace tan solo un mes tenía que dimitir por haber escondido a sus socios de Gobierno la carta con la que su padre benefició a un amigo condenado por pederastia. Más graves todavía son las informaciones filtradas a la prensa en las últimas semanas que acusan a Benediktsson de haber usado información privilegiada para deshacerse de sus activos en el banco Glitnir poco antes de que éste cayera en bancarrota en 2008.

Destacable, también es el prestigioso fin de carrera del que goza el actual embajador de Islandia en Estados Unidos, Geir Haarde, el ex primer ministro del Partido de la Independencia que hace apenas cinco años se convertía en el primer jefe de gobierno del mundo en ser juzgado por sus responsabilidades en la crisis financiera.

Con todo, aquella imagen que se divulgó en los años sucesivos al desastre de una Islandia renovada y valiente, capaz de llevar a sus gobernantes y banqueros a la cárcel, se va disipando para dar lugar a otra bien distinta.

Bjarni Benediktsson, líder del Partido de la Independencia, acude a votar en Gardabaer, Islandia. (EFE)

La economía esconde a los corruptos
En opinión de Gylfasson, la explicación se halla, en parte, en la buena marcha de la economía. “La operación de rescate orquestada por el FMI fue notablemente bien, gracias, en buena parte, al constante flujo de turistas que está llegando al país, impulsado por los vuelos de bajo coste y, hasta hace poco, una corona barata”, detalla, señalando que “en parte, ésta es la razón por la que la clase política no ha visto necesario limpiar sus actos“.

“Algunos de ellos, incluso, se refieren a la crisis como el “supuesto crash”, como si nada hubiera pasado, insensibles al sufrimiento de muchos islandeses que perdieron los ahorros de su vida o sus casas o las dos cosas”, denuncia.

Que sigan obteniendo una buena cantidad de votos, sin embargo, no quiere decir que no hayan salido tocados de los escándalos. Las fuerzas conservadoras, que tradicionalmente han dominado la política islandesa, están hoy más divididas que nunca. Y, sin lugar a dudas, la gran fragmentación que sufre el sistema político islandés es fruto, en buena medida, del descontento ciudadano.

Ahora, el resultado electoral dará lugar a unas arduas negociaciones para formar Gobierno. Un dejà vu respecto al año pasado, en que el Partido de la Independencia tardó tres meses enteros en lograr la frágil coalición que acabó cayendo a mediados de septiembre y que ha derivado en estas nuevas elecciones.

Gloria Pivetal/holaiberoamerica.com