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La izquierda hunde a PPK
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Antifujimorismo debilita al pepekausismo

Luego de la encuesta de Ipsos en la que Keiko Fujimori le saca cinco puntos de ventaja a PPK los analistas de izquierda parecen atrapados en un velorio. No pueden entender lo que ha sucedido porque nunca pretendieron escuchar ni comprender al otro. Después de una de las contra campañas mediáticas de demolición más brutal de las últimas elecciones, la candidata naranja empezó a trepar. El teflón fujimorista se engrosó y todas las balas comenzaron a rebotar. Pero lo más triste es que el pepekausismo ha comenzado a aparecer desconcertado, sin rumbo, sin capacidad de lanzar una contraofensiva.

A nuestro entender, el libreto antifujimorista de la izquierda —que ganó el 2011 encumbrando a Humala— es muy difícil que triunfe en el 2016. Y de una u otra manera, PPK comienza a ser la víctima mayor de ese yerro. El manual antifujimorista indica que se debe repetir que el fujimorismo es igual a corrupción, violación de DD.HH., y ahora está la yapa del narcotráfico. Si la corrupción se pasea con las agendas de Nadine y el caso Lava Jato, ¿cómo se puede hacer historia de la corrupción? La cosa suena a cinismo. ¿Cómo se puede hablar de autoritarismo si el nuevo fujimorismo participa de la mayor época de estabilidad democrática de nuestra historia? Quienes creen que el electorado peruano no tiene racionalidad ni capacidad crítica deben reflexionar. Cuatro elecciones sucesivas son la mejor escuela para el elector.

El antifujimorismo lo único que hace es consolidar y fortalecer al fujimorismo. Así como en el siglo XX se decía que “a más antiaprismo, más aprismo”, en el siglo XXI se comienza a decir que “a más antifujimorismo, más fujimorismo”. ¿O no? El despropósito antifujimorista incluso comienza a canonizar un apellido, y Kenji se resbala y ya sueña con el 2021. Todo parece una historia nacional de la locura, de la histeria social. La pasión devora todo el seso.

Ahora bien, ¿esto significa que PPK ya no puede organizar una contraofensiva? En la política del Perú, como en las novelas, todo puede suceder. Si el gringo de los Andes archiva el discurso y los relatos antifujimoristas y se postula como el candidato del acuerdo nacional y de la convergencia, como el único capaz de superar la polarización fujimorismo versus antifujimorismo —que desde la caída del fujimorato es el principal obstáculo para organizar un nuevo sistema de partidos— y que ha devaluado el espacio público, entonces quizá tenga una nueva oportunidad.

Los últimos resultados electorales y las encuestas parecen indicar que si a la ciudadanía se le presenta la disyuntiva entre fujimorismo versus antifujimorismo, tarde o temprano, la mayoría optará por el fujimorismo, victimizado luego de una década y media de epítetos y voluntades de exclusión. Sin embargo, si los electores perciben que la polarización puede ser reemplazada por las aguas mansas de la convergencia y los pactos, a lo mejor los indecisos y muchos votantes decididos podrían cambiar opciones. ¿Quién no quisiera terminar por esta locura izquierdista que fomenta la confrontación sin cuartel?

En todo caso un cambio de timón requiere voluntad y conducción. El problema es que PPK parece cada vez más ausente de la campaña. Y las definiciones de segunda vuelta son agónicas, reproducen las leyes de la guerra, y exigen un líder con mirada y pulso firmes.

Víctor Andrés Ponce