Internacional
La mentira comunista china y la intransigente verdad de un ex Guardia Rojo
Internacional

A mediados de los años 60 del siglo pasado recorrieron China varias oleadas de guardias rojos en la revolución cultural instigada por Mao para retomar el control del partido tras el fallido gran salto adelante. Los trenes eran gratuitos para los jóvenes fanáticos que recrudecieron la persecución de “clases enemigas” ampliadas por Mao a la intelectualidad “tradicional”, parte del propio partido comunista –de la que Mao debía deshacerse– y a cualquiera que asociaran al pasado.

Como buenos marxistas, los jóvenes esbirros persiguieron, saquearon, robaron, torturaron y asesinaron sin piedad. Finalizaron perseguidos brutalmente por orden de quien los instigó. Fue una purga en dos actos. Jóvenes fanáticos salieron de secundarias y universidades para perseguir, torturar y asesinar en nombre de Mao. Invocándolo intentaban destruir la tradición cultural, artística y religiosa de una civilización milenaria. Tras la tragedia humana, destrucción cultural y pérdidas económicas, el partido había sido purgado de poco afectos a Mao. Y en nombre de Mao fueron disueltos, perseguidos, torturados, asesinados o sometidos los guardias rojos.

En 1966, Wei Jingsheng integraba la primera ola de guardias rojos que saqueaban, torturaban y asesinaban “derechistas”. Recorría en tren el nordeste de China, cuando en la estación de Lanzhou observó por primera vez la multitud de harapientos niños famélicos mendigando en las ventanas del tren. Un hombre de mediana edad explicaba que eran hijos –o huérfanos– de “clases enemigas”, antiguos terratenientes o “derechistas” y merecían morir de hambre. En una mísera estación vio una joven de 16 o 17 años, sucia de hollín de pies a cabeza y apenas cubierta por un harapo repugnante. La famélica adolescente extendía los brazos suplicando comida. Con gráfica obscenidad un hombre se mofaba afirmando le haría “cualquier cosa por unas migajas”. Cuando notó Wei que el harapo no era sino el mugriento cabello apelmazado de suciedad de la joven desnuda, dudó de los frutos del socialismo.

El electricista Wei, hijo de cuadros del partido, estudiaba en uno de los institutos en que empezó la revolución cultural. Su padre le hacía memorizar una hoja diaria de Mao y los mismos profesores que torturó como “contrarrevolucionarios” le adoctrinaron en rituales de adoración a Mao y repetición de consignas marxistas. Pero vio a los hijos de las “clases enemigas”. Vio el odio y desprecio que se inculcaba contra esos inocentes. Conoció intelectuales calificados de “desviacionistas derechistas” proscritos en 1957 y condenados a trabajos forzosos de por vida. Vio familias sin techo viviendo en agujeros excavados a ras del suelo. Y vivió la persecución de la guardia roja por orden de quien la había instigado.

Ya en los 70 su primera novia fue Pin Ni, hija de un alto dirigente comunista tibetano. El padre de Pin fue un maoísta que apoyó la invasión, ocupación y limpieza étnica socialista del Tíbet. Aplaudió la brutal represión de la rebelión tibetana de 1959. Negó el genocidio étnico y cultural de su propio pueblo. Pero en 1960 estuvo entre los chivos expiatorios de la huida del Dalái Lama a la India. Fue condenado al Lao Gai por 20 años. Seis años después, mientras Wei veía las víctimas de la brutal sociedad de castas marxista, otros guardias rojos desaparecían a la madre de su futura novia.

En 1999 Wei explicaba que comprendió como:

“uno de los rasgos más destacados del partido comunista es la mentira, una mentira sumamente eficaz, una mentira constante, acerca de todas las cosas. No es fácil que el ciudadano de pie lo vea con claridad, pero al igual que los más jóvenes del liderazgo de la Guardia Roja, yo lo vi con claridad porque vi todas las crueldades de modo que se destruyeron por completo mis impresiones previas del Partido Comunista”.
Convencido que bajo el imperio de la mentira comunista no habría jamás una reforma democrática, adoptó la intransigente idea que la mentira se combate con la verdad. Fue perseguido, encarcelado, torturado y, finalmente, exiliado por la presión internacional para su liberación. Nunca transigió. En 1979 y 1993 aleccionó a sus jueces sobre los derechos humanos, arruinando el montaje al que le pretendían someter. Su manifiesto democrático de 1978 le costó su primera condena a 15 años de cárcel. Liu Qing fue encarcelado y torturado por publicar las transcripciones del juicio en una revista clandestina que dirigía. Llegadas a manos de diplomáticos y periodistas extranjeros, salvaron la vida de Wei.

Pese a ser parte de las feroces y estériles disputas comunes entre sobrevivientes exiliados de totalitarismos, Wei ha sido efectivo en medios occidentales. La verdad molesta al totalitarismo marxista chino en sus esfuerzos por vender el “socialismo con características chinas” de zonas especiales y mercantilismo a medias, que si bien ha sacado a millones de la miseria comunista, mantiene intacto el totalitarismo. El mismo Wei arrestado en Londres al intentar exhibir un cartel de protesta durante una visita de Estado de Den Xiaoping, es el intransigente de la verdad que ante una comisión del Congreso de los EE. UU. declaró lo siguiente:

“La suposición de que las condiciones de derechos humanos en china han mejorado poco a poco es del todo infundada […] el Partido Comunista chino no tenía ni la más remota intención de aflojar la mano con que se aferraba al poder […] solo una presión constante por parte de occidente forzaría al Gobierno a hacer algunas concesiones. Era probable que él mismo debiera su vida a ese tipo de presiones […] En otros países la situación de derechos humanos también era pésima, pero China era más grande, más poderosa y por tanto más peligrosa y era un error moral criticar naciones más pequeñas sin atreverse a decir las cosas claras en cuanto a China”.
Siempre es bueno recordar que la apertura económica china es un riesgo calculado, no solo para mantener sino para fortalecer el totalitarismo marxista más poderoso del siglo XXI.

Guillermo Rodríguez González/Panampost