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¿Llegó el momento de dividir a Irak en territorio sunita, chiita y kurdo?
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Mientras decenas de miles de manifestantes marchaban en Bagdad la semana pasada para exigir cambios en el gobierno, el primer ministro chiita de Irak comparecía ante el parlamento con la esperanza de acelerar el proceso mediante la presentación de una lista de candidatos a nuevos ministros. Pero los legisladores lo recibieron lanzándole botellas de agua, golpeando las mesas y exigiendo su destitución.

“¡Esta sesión es ilegal!”, gritó uno de ellos.

El Primer Ministro Haider al Abadi ignoró a sus oponentes y se dirigió a otra sala en la que legisladores que lo apoyan declararon que había quorum y aprobaron varias candidaturas –de funcionarios tecnócratas sin partido—, como un paso hacia el fin de las políticas sectarias.

Sin embargo, como muchas cosas en el gobierno iraquí, el esfuerzo se queda corto, pues solo se nombraron algunos ministros y varios de los principales ministerios, incluidos el de Asuntos del Petróleo, de Relaciones Exteriores y de Finanzas, permanecen en el limbo. Otra sesión programada en el parlamento se canceló.

Casi dos años después de que el Estado Islámico arrasara con el norte de Irak y forzara a Estados Unidos a involucrarse de nuevo en un conflicto que consideraba como terminado, el sistema político de Irak funciona con dificultades, tal como lo demostraron las escenas caóticas en el parlamento la semana pasada.

Ante la reciente visita sorpresa a Bagdad del Vicepresidente norteamericano Joseph R. Biden –quien como senador convocó a la partición de Irak en territorio sunita, chiita y kurdo, en un documento en el 2006—, parece razonable hacer la pregunta que ha atormentado a las potencias extranjeras durante casi un siglo: ¿es posible que Irak tenga un Estado funcional y en paz consigo mismo?

“En general, creo que Irak es ingobernable con la estructura actual”, afirmó Ali Khedery, exfuncionario estadounidense en Irak que trabajó como asistente de varios embajadores y generales.

Khedery, un crítico de la política estadounidense en Irak, opina que Estados Unidos ha ignorado de manera constante la realidad de los problemas políticos subyacentes en el país. Irak “es un matrimonio violento y disfuncional, en el que seguimos derrochando las vidas y el dinero estadounidenses con la esperanza de que suceda un milagro. En lugar de esto, deberíamos buscar negociar una separación o divorcio amigable que ofrezca autodeterminación a las comunidades fraccionarias del país”, declaró.

En un artículo escrito el año pasado en la revista Foreing Affairs, Khedery dijo a Washington que debería “abandonar su fijación por las fronteras artificiales” (refiriéndose al mapa de Medio Oriente trazado por los británicos y franceses después del colapso del Imperio otomano, al final de la Primera Guerra Mundial) y dejar que Irak se fragmente.

Con la atención puesta en el control que el Estado Islámico ejerce en el territorio de Irak y Siria, quizá sea fácil olvidar que el grupo surgió, en primer lugar, como consecuencia de las fallas de las políticas en Irak: principalmente, las políticas sectarias del primer ministro antecesor de Abadi, Nuri Kamal al Maliki, también chiita.

Hay funcionarios estadounidenses que han dicho que mantener la unidad de Irak sigue siendo la política a seguir; sin embargo, miembros de Naciones Unidas en Bagdad han empezado a estudiar discretamente cómo manejaría la comunidad internacional una división del país.

Los problemas políticos de Irak han empeorado debido a la caída de los precios del petróleo —la savia del país—, a la agotadora guerra en contra del Estado Islámico y, más recientemente, a los enfrentamientos entre las milicias chiitas y los kurdos en el norte, los cuales podrían augurar una nueva lucha violenta en el país, según temen algunos especialistas.

Al parecer, Irak está atrapado en un ciclo de historia que se repite interminablemente.
Biden ha trabajado para promover la unidad iraquí, a pesar de que hace una década propuso dividir a Irak en tres partes. Sin embargo, según los comentarios que expresó la semana pasada al personal diplomático y militar estadounidense en Bagdad, ha retomado aquella propuesta.

“Piensen en todos los lugares en los que actualmente estamos tratando de mantener la paz”, dijo. “Todos aquellos lugares a los que hemos enviado hombres y mujeres. Son sitios en los que, debido a la historia, hemos trazado líneas artificiales, así que hemos creado Estados artificiales, conformados por grupos étnicos, religiosos y culturales totalmente distintos a los que les hemos dicho: ‘Tengan. Vivan juntos’”.

Hace casi 100 años, Gertrude Bell, la espía británica a quien se le atribuye el diseño de las fronteras del Irak moderno después de la Primera Guerra Mundial, estaba preocupada por el proyecto. Al crear la nueva nación, escribió: “Nos apresuramos en este asunto con nuestra usual falta de atención a un proyecto político integral”. Un documental que se estrenará próximamente, “Letters From Baghdad” —el cual explora la vida y legado de Bell—, muestra lo poco que han cambiado las cosas en Irak después de un siglo.

Muchos de los problemas actuales del Irak son consecuencia de la brutalidad de Saddam Hussein. Los chiitas y kurdos, oprimidos durante la dictadura dominada por los sunitas de Hussein, no han podido recuperarse de los agravios que sufrieron. Los árabes sunitas dicen que toda su comunidad ha sido marginada de manera injusta debido a los crímenes de Hussein.

“Al parecer, Irak tiene una memoria de largo alcance pero una visión corta”, declaró la semana pasada Kate Gilmore, funcionaria de derechos humanos en Naciones Unidas después de visitar Irak. “Es como un vehículo desplazándose sobre terreno pedregoso con un gran espejo retrovisor, pero solo un pequeño agujero de parabrisas, a pesar del violento combate que libran sus ruedas. El discurso dominante entre muchos de los líderes en Irak es ‘los agravios en contra de mi comunidad’, por lo que no logran reconocer la naturaleza amplia del sufrimiento de los iraquíes ni trazar el curso de un futuro incluyente”.

Maliki reconoció en una entrevista este año con The New York Times que no fue capaz de superar esta historia durante el tiempo que desempeñó sus funciones.

“Los kurdos quieren que se les compense por el pasado”, explicó Maliki, quien estos días parece determinado a socavar los intentos de Abadi. “Los chiitas, también. Los sunitas todavía temen a la mayoría y a ser llamados a rendir cuentas por lo que hizo Saddam”.

Las divisiones en el liderazgo chiita –con Maliki y los demás resistiéndose a los esfuerzos de Abadi para lograr la reestructuración— son también un aspecto central de la actual crisis política.

Muchos creen que Hadi alAmeri, rival chiita de Abadi y que dirige una poderosa milicia apoyada por Irán, está considerando remplazarlo.

Sin embargo, Ameri afirmó que “solo si estuviera loco aceptaría” el trabajo de primer ministro.

“En Irak no tenemos democracia”, comentó. “Aquí, todos quieren ser quien conduzca el vehículo. El ganador y el perdedor”.

Como una manera de defender las fallas de Abadi en la unificación del Estado iraquí, añadió: “Incluso si llegara un profeta a gobernar Irak, este no podría satisfacer a todos los grupos”.

nytimes.com/es