Internacional
Macri en su momento de mayor incertidumbre
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Por MANUEL MORA Y ARAUJO / Infolatam

Las cosas no están yendo demasiado bien para el gobierno del presidente Macri. Tampoco demasiado mal. Las encuestas muestran que la opinión pública diferencia el plano de la situación real del país y el plano del gobierno. La última medición del ISPI -un proyecto conjunto de la Universidad de San Andrés e Ipsos de Argentina- es elocuente: mientras un 76 por ciento juzga negativamente la situación económica, un 50 por ciento aprueba al presidente Macri. Poliarquía, una de las empresas líderes en la investigación de opinión, muestra números parecidos: sólo un 16 por ciento juzga positivamente la situación del país, pero un 56 por ciento aprueba al gobierno.

Por eso coexisten las dos miradas, la que ve la copa medio vacía y la que la ve medio llena. Los críticos temen que los principales responsables del elenco gubernamental, reconfortados porque ven la copa bastante llena, no tomen conciencia de las muchas cosas que no están funcionando. De esas dos miradas diferentes surgen dos pronósticos contrapuestos: todo mejorará pronto, todo irá cada vez peor. El enfoque de la comunicación del gobierno se basa en la mirada optimista y descuenta un buen pronóstico. Y, efectivamente, un 55 por ciento de la población se siente optimista en el horizonte de un año, mientras un 41 por ciento es pesimista.

Mientras tanto, los problemas se sufren a diario y afecta a un número creciente de personas, en distintos sectores de la población. La inflación -aunque se desaceleró un poco el último mes- sigue siendo demasiado alta, los datos de crecimiento de la cantidad de personas en situación de pobreza son preocupantes y hay problemas específicos acuciantes, como el de los precios del gas y la electricidad, y los aumentos del transporte público.

La buena imagen del presidente Macri es lo que queda de las expectativas favorables que acompañaron su ascenso al gobierno en las elecciones de 2015. Macri expresó el deseo de muchísimos votantes de pasar a un estilo de liderazgo menos dominante, menos politizado, más convivencial y dialoguista, si se quiere más descontracturado. En tanto la opción alternativa sea Cristina de Kirchner, muchas personas prefieren continuar con Macri. Pero es evidente que hay una tensión entre esa preferencia y la falta de resultados en la gestión, y el crédito de confianza puede extinguirse fácilmente.

El gobierno apostaba explícitamente a una mejora de la situación económica en el segundo semestre de este año, que ya está corriendo. Y la mejora no llega. La economía no crece, las inversiones no fluyen en la medida esperada, los niveles de empleo no mejoran. El gobierno contribuye adicionalmente a ese panorama poco alentador con un estilo que exagera esos rasgos en principio bien aceptados por la sociedad: de no ser autoritario pasa a ser dubitativo y a rectificarse demasiado a menudo, lanza iniciativas antes de asegurarse el respaldo parlamentario necesario, transmite distintas visiones de la estrategia denotando poco acuerdo entre sus ministros -algunos favorables a políticas de shock, otros a enfoque gradualistas-.

Todos reconocen que en la Argentina se respira un clima institucional más saludable, un aire de libertades públicas, de aceptación de las divergencias; la justicia ha recuperado grados de independencia. La imagen del país en el exterior ha mejorado. Pero los argentinos continúan de mal humor.

Un factor adicional en la incertidumbre actual se genera en los dos principales sectores de la sociedad que disponen de mucho poder al margen de la política institucional: los sindicatos y los empresarios.Ese poder a menudo se neutraliza a sí mismo por las divisiones en ambos campos. En estos tiempos, en la Argentina, el sindicalismo avanza hacia su unificación; y, aunque el gobierno procura incentivar algunas divisiones, parece probable que la unidad prevalezca y se refleje en crecientes expresiones de protesta social. En cuanto a los empresarios, hay quejas por el tipo de cambio y demandas diversas, las cuales son transmitidas al gobierno de manera puntual y atomizada. Como se ha visto tantas veces en la historia argentino, la agroindustria es el primer sector que se ha dinamizado y hoy muestra un nivel de actividad renovado; pero siguen existiendo fuertes núcleos industriales protegidos y otros afectados por la baja competitividad argentina.

En ese contexto, la política también se torna incierta. 2017 es un año electoral; se renuevan las dos cámaras del Congreso, y el futuro del macrismo está en juego en ese proceso. Los distintos espacios políticos -tanto los que sostienen al gobierno como los que se le oponen, algunos más frontalmente, otros con matices- empiezan a definir sus acciones a partir de un cálculo electoral. Esas dos caras del gobierno son, obviamente, la fuente de premisas para las distintas estrategias electorales. Si Macri continúa manteniendo su buena tasa de aprobación, muchos calculan que mostrarse opositor puede costar votos; si, por el contrario, la insatisfacción prevalece, oponerse es un buen negocio. Además, están los intereses inmediatos: para los socios del gobierno -sobre todo en los gobiernos locales- ser tenidos en cuenta es en sí mismo importante. Por eso, se están generando tensiones entre aliados del gobierno de la primera hora -como el partido Radical- y algunos peronistas a los que el oficialismo busca atraer sobre la base de ofrecerles compartir decisiones -y, en casos, presupuesto-. Esto genera un panorama en el que se destacan algunas tensiones dentro de la coalición oficialista, profundas divisiones dentro del peronismo y ambigüedades en el campo opositor no peronista -el Frente Renovador, liderado por el ex candidato presidencial Sergio Massa-.

El peronismo no encuentra un liderazgo sustitutivo de Cristina Kirchner. Pero Cristina -aun manteniendo una posición prominente en su espacio- ha dejado de ser un activo electoral. La consecuencia es una atomización del peronismo, sin que surjan por ahora elementos unificadores suficientemente fuertes.

Macri encaja bien con la ola de alejamiento de la ciudadanía de los partidos políticos que recorre el mundo. En América Latina, esa ola es el mayor sostén del presidente Temer en Brasil y de Kuczinsky en Perú, dos gobernantes que, como Macri, han surgido de los procesos políticos actuales. Esos casos contrastan con otros donde la nueva política lleva a fenómenos fuertemente divisivos, como sucede en varios países europeos y en Estados Unidos. Pero una cosa es que la población se muestre cómoda con estos gobernantes sin partido y otra es que esa preferencia alcance para bloquear las expectativas de una rápida mejora de la situación económica.