Internacional
Petismo y antipetismo, ¿podremos salir de esta?
Internacional

O Estado de Sao Paulo
Sao Paulo, 6 abril 2016
Por SERGIO FAUSTO

(O Estado de Sao Paulo/Infolatam).- Brasil está dividido. Pero no en partes iguales: el antipetismo representa hoy el 70% de la sociedad brasileña. A corto plazo, esta división es inevitable. En el mediano y largo plazo, esta división no interesa al país. Por lo menos desde el punto de vista de quien se considera progresista, es decir, de aquel que cree que Brasil debe ser no sólo económicamente más desarrollado, sino también socialmente más justo, políticamente más democrático, culturalmente más liberal y éticamente más republicano.

Hoy, se trata de clamar por la civilidad de ambos lados. Mañana, de restablecer las condiciones para el diálogo. Para ello, sin embargo, tenemos que limpiar el terreno de mitos construidos por la narrativa petista.

El PT llegó proclamándose campeón de la ética en la política, de la justicia social y de la autonomía de la sociedad frente al estado. Tenía las credenciales para esto, aunque lo hiciese desde el principio con el dogmatismo característico del marxismo-leninismo y del cristianismo, en la versión de la teología de la liberación. Transformado en una religión laica, el marxismo-leninismo, así como el cristianismo y todas las demás creencias monoteístas, opera según la lógica fieles/infieles, conversos/herejes. Nunca el PT pensó en forma crítica esa marca suya de origen, lo que resultó en una inclinación de espíritu esencialmente antidemocrática, nunca superada por completo.

Del mito del partido de la ética, ya no queda nada. Lo que le queda ahora al PT es el lamentable recurso de declararse a sí mismo igual a todos los “pecadores”. Pero ni siquiera esto es verdad, porque la corrupción que floreció en los gobiernos del PT no es una simple repetición de padrones anteriores. Más organizado y centralizado que los otros partidos, sistematizó la corrupción en una escala y magnitud sin precedentes, hasta el punto que rompió casi todas las frágiles membranas que protegían ministerios, agencias y empresas estatales, con sus respectivos fondos de pensiones, del apetito político -partidario por cargos y recursos. Además, con un mayor número de militantes dependientes del partido, extendidos por toda la administración pública federal. Peor aún, bajo la justificación de garantizar los auténticos intereses populares, puso en marcha una estrategia para desequilibrar el proceso democrático en su favor, a partir del uso y abuso de los poderes gubernamentales.

Al instalarse en el poder, también rasgó la bandera de la autonomía de la sociedad civil frente al EstadoEmpezó a cooptar los movimientos sociales con transferencias de recursos públicos hacia las ONG controladas por militantes vinculados al partido. Esto no garantiza la alineación automática de estos movimientos con todas las políticas de los gobiernos del PT, pero los mantuvo como “ejército de reserva político” para la movilización en momentos críticos. Sobre el abandono de la defensa de la autonomía sindical, bandera del nuevo sindicalismo nacido en el ABC paulista, lugar de nacimiento del partido, basta recordar un hecho: en lugar de poner fin al impuesto sindical, Lula lo extendió a las centrales sindicales, regalándoles decenas de millones anuales. Además vetó el requisito de que el uso de estos recursos se sometiese al control de Tribunal de Cuentas Federal.

Se aferra el PT también el título de campeón de la justicia social. De acuerdo con la narrativa petista, el partido sería el gran actor protagonista de la “inclusión social” habida en Brasil después del Plan Real. Al igual que cualquier relato distorsionado de la realidad, éste contiene elementos de verdad. En la oposición y en el poder, el PT ha contribuido a la reducción de la pobreza (en la oposición, porque la presencia de un partido de izquierda electoralmente competitivo hacía más relevante la agenda social también para las otras partes). Sin embargo, tan importante como lo que dice ese relato es lo que no dice.

Fernando Henrique Cardoso ha propuesto que la oposición brasileña se reordeneLa narrativa petista omite que el PT votó en contra de la aprobación de la Constitución de 1988, que amplió los derechos sociales; se opuso al Plan Real, que puso el punto final a la  hiperinflación, que castigaba principalmente a los más pobres; no apoyó el Fondo de Mantenimiento y Desarrollo de la Educación Básica y de mejora del Magisterio, al cuál es debido la asistencia escolar de casi todos los niños de 7 a 14 años; además de llamar a la “Bolsa Escuela”  “Bolsa Limosna” cuando se presentó a nivel federal por parte del gobierno de Fernando Henrique, por no mencionar el bloqueo corporativo, a través de los sindicatos, a reformas importantes para mejorar la educción básica.

La narrativa petista también omite que el resurgimiento del “nacional-estatismo” en el segundo mandato de Lula y su multiplicación enloquecida en el gobierno de Dilma, están destruyendo el árbol de los beneficios sociales que le llevó tanto tiempo afirmar al pais y que tenía, en el gobierno del ex presidente, su más exuberante floración.

La civilidad del debate es inseparable de la honestidad intelectual. Este es probablemente la matería en la cual los catorce años de lulopetismo dejarán su peor legado. Nunca antes en la historia de este país, bajo un régimen democrático, tantos repitieron con tal intensidad y frecuencia ideas y consignas diseñados para distorsionar los hechos en beneficio de un grupo político y estigmatizar a sus oponentes. Este veneno ha penetrado en la sociedad y ha provocado una reacción, ahora virulenta.

Comparto la preocupación por la aparición de una derecha retrógrada y autoritaria, pero el lulopetismo, con las manos en el corazón, debería cuestionarse sobre la parte que le corresponde en este fenómeno que ahora denuncia y deliberadamente infla para, una vez más, estigmatizar a sus oponentes y justificar la permanencia del partido en el poder.

El gobierno de Dilma, que en sentido estricto no ha existido nunca en este segundo mandato, está destinado a  terminarse antes de tiempo. Será difícil y complejo restablecer el camino de desarrollo que, para bien o para mal, el país estaba pisando hasta mediados de la década pasada. Hay mucho trabajo por hacer en el plano de las instituciones, a través de reformas. No menos importante es el trabajo que habrá que hacer en la sociedad para recuperar la razonabilidad del debate político.

Fuente: Infolatam