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“Unidad de decapitación”: por qué Kim Jong-un teme (con razón) ser asesinado
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El líder norcoreano ha contratado a diez ex agentes de la KGB para su protección. Pero sus miedos están fundados: Seúl está creando un grupo militar especial para eliminar a la cúpula del régimen

Según los servicios secretos surcoreanos, desde hace algún tiempo el presidente Kim Jong-un ha empezado a utilizar diferentes vehículos para desplazarse y ha reducido el número de sus apariciones públicas. Las medidas de seguridad se han incrementado al punto de contratar a una decena de antiguos agentes rusos de la unidad antiterrorista del KGB para entrenar a los escoltas del líder norcoreano, según informó el pasado agosto el diario japonés Asahi Shimbun. Podría parecer una manifestación del tipo de paranoia que tarde o temprano aqueja a muchos dictadores. Pero en este caso, Kim parece tener buenos motivos.

Corea del Norte ha denunciado repetidamente la existencia de supuestas conspiraciones de los Gobiernos de Seúl y Washington para asesinar a su líder, la última de ellas un presunto plan de la CIA -oficialmente abortado por la inteligencia norcoreana el pasado mayo- para reclutar y entrenar a ciudadanos del país para acabar con la vida de Kim Jong-un “mediante sustancias bioquímicas”. Pero ciertamente, la eliminación de la cúpula norcoreana es uno de los escenarios que manejan el Pentágono y sus aliados en las fuerzas surcoreanas, ensayado en maniobras conjuntas el pasado abril. Y a principios de septiembre, tras la sexta prueba nuclear llevada a cabo por Pyongyang, llegó la confirmación oficial: el ministro de defensa surcoreano, Song Young-moo, informó a un grupo de parlamentarios de su país sobre la creación de una “unidad de decapitación” dentro de las fuerzas especiales del país, prevista para finales de este año.

Según varios oficiales de defensa surcoreanos entrevistados por el diario New York Times, la unidad está pensada para llevar a cabo operaciones al otro lado de la frontera norcoreana con helicópteros y aeronaves especiales diseñadas para penetrar en el espacio aéreo norcoreano de noche. En caso de que las cosas se pongan realmente difíciles, los integrantes del equipo podrían lanzar un ataque contra los gobernantes norcoreanos, en un intento desesperado de impedir una guerra que, casi con certeza, se convertiría en nuclear (e incluso aunque no lo haga, tendría consecuencias inasumibles para Seúl).


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Aunque la posibilidad real de un intento de asesinato es muy remota -sobre todo, por la dificultad de obtener información en tiempo real sobre los movimientos del dictador-, el objetivo es, sobre todo, poner nerviosos a los líderes norcoreanos. “La mejor disuasión que podemos tener, casi como tener nuestras propias armas nucleares, es hacer que Kim Jong-un tema por su vida”, ha declarado el general de tres estrellas retirado Shin Won-sik, hasta 2015 responsable de la planificación estratégica operativa del país.

“Dados los miedos y precauciones de los líderes del Norte, un ataque surcoreano dirigido contra Kim Jong-un sería extremadamente arriesgado y podría fácilmente degenerar hacia un escenario ‘Bahía de Cochinos’, comparable al embarazoso fracaso de la Administración Kennedy a la hora de derrocar a Fidel Castro en 1961. El Sur necesita, por lo tanto, ser especialmente cauto. Un intento de asesinato abortado podría fácilmente generar represalias del Norte en forma de acciones militares limitadas que podrían por su parte escalar rápidamente de forma inintencionada hacia un intercambio nuclear completo”, opina John Nilsson-Wright, experto en Corea del Norte del think tank británico Chatham House. “Al amenazar a Kim directamente, al vez calculan que esto minará el apoyo hacia el régimen por parte de las elites políticas en Pyongyang, que podrían ser convencidas de lanzar un golpe de estado contra este joven líder temido y brutal. Pero el testimonio de desertores norcoreanos recientes de alto nivel sugiere que este escenario es altamente improbable”, dice Nilsson-Wright en un artículo publicado por la BBC.

El plan, en cualquier caso, estaría ya elaborado… y los norcoreanos lo conocen: el martes, un parlamentario surcoreano, Rhee Cheol-hee, reveló que hackers del Norte habían logrado acceder a un gran paquete de documentos militares del sur, incluyendo la planificación de una ‘operación de decapitación’. Rhee, que es miembro del partido gobernante y forma parte del Comité de Defensa del Parlamento, y que asegura que sus fuentes son miembros del ministerio de defensa, señala que entre los documentos aparecen los planes de contingencia en caso de guerra elaborados por EEUU y Corea del Sur, así como informes enviados a los principales comandantes aliados y numerosos datos sobre instalaciones militares y energéticas estratégicas en el propio país, según informa la BBC. El hackeo, por el que los norcoreanos se habrían hecho con 235 gigabytes de documetnos del Centro de Datos Integrados de la Defensa, habría tenido lugar en septiembre de 2016.

Miembros de las Fuerzas Especiales surcoreanas hacen una demostración de taekwondo en Pyeongtaek, el 25 de septiembre de 2017. (Reuters)

Una idea con una larga tradición
Pero en la península norcoreana, la idea de utilizar a miembros de las fuerzas especiales para eliminar al cabecilla enemigo goza de una larga tradición. En enero de 1968, 31 soldados norcoreanos se infiltraron a través de la Zona Desmilitarizada y se dirigieron a la Casa Azul, la residencia presidencial, con la intención de abrirse paso hasta el presidente Park Chung-hee y acabar con su vida. Cuando se encontraban a apenas 700 metros del edificio, fueron interceptados por las fuerzas de seguridad surcoreanas. 68 surcoreanos y 3 soldados estadounidenses murieron en la batalla, y se produjeron 66 heridos, muchos de ellos civiles.

Como respuesta, Park ordenó a los servicios de inteligencia surcoreanos la creación de la llamada Unidad 684, compuesta de criminales convictos cuya muerte casi segura en la operación suicida no despertaría grandes lamentaciones. Los integrantes fueron entrenados durante tres años en la isla de Silmido; siete de ellos murieron durante los durísimos ejercicios. Pero la historia acabó muy mal: cuando la operación fue cancelada por razones desconocidas en 1971, los miembros de la Unidad 684 se amotinaron, matando a sus guardianes y escapando de la isla. Los criminales secuestraron un autobús y se dirigieron a Seúl, donde muchos de ellos murieron en un enfrentamiento con soldados surcoreanos o, derrotados, se suicidaron utilizando granadas de mano. Cuatro de ellos sobrevivieron y fueron juzgados, condenados a muerte y ejecutados en 1972.

Pyongyang volvería a intentarlo en 1983 contra otro presidente surcoreano, Chun Doo Hwan, durante una visita oficial a Rangún, la capital de Birmania: operativos norcoreanos colocaron varias bombas en la tribuna de autoridades, que mataron a 21 personas e hirieron a otras 46. Chun, que llegó tarde debido al tráfico, salió ileso.

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En un detallado artículo en la revista Foreign Policy sobre las amenazas a la dinastía Kim, Adam Rawnsley describe el aparato de protección de la que goza la familia gobernante. “En el anillo interior hay entre cinco y seis guardaespaldas de elite cuidadosamente seleccionados, de la Oficina de Ayudantes, también conocida como la Oficina número 6, que protege directamente a los Kim (es el equivalente lejano del Servicio Secreto estadounidense, solo que con 20 veces más gente en un país que es una fracción del tamaño de EEUU)”, afirma.

Esos guardias son altos oficiales que han demostrado su lealtad y eficiencia durante años de servicio del Mando de Guardia de Corea del Norte, una unidad de cien mil miembros encargada de la seguridad de los principales cargos norcoreanos. Muchos de sus miembros proceden de familias externas a la elite del país, para evitar las tentaciones golpistas. Además de eso, una miriada de unidades del ejército y las fuerzas de seguridad protegen la capital y el espacio aéreo del país. Eso hace que cualquier intento de penetrar por la fuerza en el país vaya a enfrentarse a una dura resistencia armada, que permitiría ganar el suficiente tiempo como para trasladar a la cúpula gobernante a un lugar seguro.

Por eso, Rawnsley concluye que la manera más eficiente de “decapitar” el régimen norcoreano sería un misil. “Pero todos los misiles y operadores especiales del mundo son inútiles a menos que tengan buena información de inteligencia para guiarles hasta la localización de un líder. Conseguir esa información sensible en un objetivo duro como Corea del Norte puede ser una búsqueda quijotesca“, señala. Y lo que es peor: la eliminación de estos líderes no implicaría automáticamente unos resultados favorables para Corea del Sur o EEUU: el escenario más probable es el inicio de una sangrienta guerra en la que, en último término, prevalecerían las fuerzas aliadas, pero al precio de millones de muertos. Y peor: estas quedarían al cargo de un país colapsado. “Sacar del poder al último Kim -incluso tan catastróficamente sangriento como sería- podría ser relativamente fácil comparado con gobernar el caótico reino que dejaría“, concluye Rawnsley. Probablemente, matar a Kim Jong-un no es una buena idea.

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