Nacional
11 de abril, la historia sin fin
Nacional

Largo día de más de 60 horas, 14 años después, podría decirse que el 11 de abril aún no ha terminado. Que no es un día definitivo del calendario venezolano. Y que no está claro, a estas alturas, su itinerario elíptico de esperanza, violencia y frustración: aún no ha sido asentado por escrito el memorándum de víctimas y victimarios, 19 muertos y más de cien heridos, tal como ocurrió. Todos los intentos por hacer que calcen las piezas de la histórica fecha han devenido, hasta ahora, intentos tan denodados como infructuosos. El gobierno ha saboteado con tenacidad la creación de una comisión de la verdad, aseguran sus propulsores. Lo que sí está claro es que, enmarcada en rojo como fecha luctuosa y triste, respira como una enorme cicatriz urbana, emocional y social; tirita como una culpa mal resuelta que se contabilizó como error táctico y se asumió, sospechosamente, como una crónica de muertes anunciadas.

Narrado en varias versiones por periodistas, abogados, familiares, testigos y los tantos protagonistas de la escena política y militar patria, comienza con el esfuerzo colosal de un pueblo resteado que decide marchar —un millón de personas en asistencia récord— y llega lejos, hasta más allá del límite permitido; hasta ser espantado a balazos. Limitada la movilización a los linderos del este, el llamado intempestivo a proseguir es un vuelvan caras que convierte a Chuao en hervidero. “¡A Miraflores!” Es la consigna de la cual se hacen eco los caraqueños que entonces deciden, ay abril, desoír consejos de mesura e ir por el medio de la autopista hasta la sede del poder y plantársele. El objetivo de conmover se cumplió con creces: estremecer a la comunidad internacional sería un detalle al lado de lo que provoca aquella manifestación infinita: remecer el poder local hasta desmontarlo, rozar la democracia hasta comprometerla, propiciar un cambio en el país de las promesas incumplidas.

citas11A3

 

El 11 de abril y su prolongación extenuante de tiempo extra es también la hora de maniobras oscuras, egos, dislates, que derivan en confusión, desencuentros y daños fatales. Extrañas circunstancias desencadenan una serie de eventos desafortunados en tiempo récord y la ruptura inesperada de alianzas concertadas hasta el momento.

Francisco Arias Cárdenas, arrimado al mingo contrario, opta, cuando no es considerado el sucesor del rey en el jaleo de las reparticiones, regresar a donde sus pares con botas y pone así fin a sus correrías por la oposición. Raúl Isaías Baduel, quien después sería nombrado comandante general del ejército —y también, años después, es denostado y encarcelado por su compadre, el depuesto presidente Chávez—, decide salvarle el pellejo y, blandiendo el imbatible argumento de la constitución, encabeza el movimiento cívico militar que exonera del jaque al mandón de Sabaneta. Tiempos de antipolítica, o de partidos envejecidos —“ahora me queda claro que la sociedad civil tiene un papel asignado que no es el mismo de los partidos, 2002 debió ser el tiempo de estos pero fue el de borrón y cuenta nueva”, sostiene Carlos Raúl Hernández— la corona va a la cabeza de Pedro Carmona Estanga. “Debo decir que esto es un golpe de Estado y las formas de procedimiento, dictatoriales; pero Carmona es un hombre moderado, así lo ha demostrado, y actuará en consecuencia este año de transición”, diría en televisión Teodoro Petkoff.

Acontecimiento épico que no se repetirá —“las marchas, como forma de protesta, se agotaron”, añade Carlos Raúl Hernández—, contra viento y marea el pueblo se acerca a las cuadras prohibidas y no es, resulta lamentablemente obvio, bien recibido. La Guardia Nacional intenta repelerlo y los afectos al chavismo —se calcula que serían 15 mil— no se quedan atrás. En la esquina de Pedrera es donde más caen. Y puente Llaguno se convierte en escena del crimen. Desde allí, muestran las imágenes de los noticiarios, los chavistas disparan contra los que vienen. Al parecer, la ballena de la policía va a la vanguardia de la marcha. Son las dos de la tarde y la marcha pacífica y espontánea —“que hubiera en paralelo conspiradores es otra cosa”, tercia el politólogo Guillermo Aveledo Coll— podría toparse con la concentración de oficialistas que al parecer son incontrolables. En los videos todos lo dicen: “No debió venir la oposición sabiendo que estábamos aquí”. Juan Barreto daría en el clavo: “La orden es defender la revolución, como sea”. También hay muertos en el oficialismo, y son trasladados de inmediato a un hospital de campaña instalado en Miraflores ¡como si tuvieran idea!

citas11A

 

Entonces Hugo Chávez pide que se ejecute el plan Ávila, el de reprimir. El general Manuel Rosendo se niega. Y arranca, así, la movida del tablero, y el zaperoco de afuera se filtra por todos los resquicios al blindado palacio. Otro más muda de piel. Luis Miquilena oficializa su deslinde con esta frase: “Hugo Chávez tiene las manos ensangrentadas”. Golpe de Estado o vacío de poder, el 11 de abril será uno de los peores momentos de la procelosa vida de Hugo Chávez. La ruina del país era vaticinio a pedir de boca y el desespero fue acicate para la concentración de la mayoría en la calle. Que se partiera la línea de mando, que intentara la explicación en una cadena cuya imagen debió compartir con las escenas horrendas de gente cayendo como barajitas, muchas con infalibles tiros en la cabeza, que fuera conminado a renunciar redondeaban los prolegómenos de su salida.

Manuel Rosendo, a quien le darían de baja en octubre de ese año sin juicio ni protesto, cuenta que le ofrecería al jefe dos opciones: que aceptara irse bien custodiado hasta Maiquetía o que aceptara renunciar y se quedara en el país para ser enjuiciado. En un video, dice: “Hugo Chávez no me dejó que le hablara de la segunda opción, escogió rápidamente la primera y, de una vez, pidió ser llevado a Cuba”. Quienes meneaban el carato, cuando la respuesta es un sí, tienen, acaso engolosinados, una idea “mejor”: que no se vaya, que reciba su merecido, que si acaso a La Orchila. Llevan entonces a Chávez, que se ha entregado y que ha aceptado renunciar —“La cual aceptó”— a su nuevo destino, La Orchila, su fugaz mientras tanto. Pero no, no ha sido secuestrado. Incluso lo han complacido —de cierta manera— con una petición expresa: ha pedido la compañía del padre Porras, el capellán de Fuerte Tiuna, filo chavista y —vaya charada— no le han entendido bien y a quien han traído para que se confiese o llore es Baltasar Porras, ja, de la conferencia episcopal, de quien ha dicho sapos y culebras. “Cuando luego es regresado a Caracas, el 13, la avioneta que lo busca dejará varado a Porras en aquellas arenas caribeñas: ahora que volvía el de Sabaneta a ser presidente debían jalarle bolas”, dice un muy informado testigo.

Meses después, comenzará a circular por el mundo una, dos, mil versiones de los acontecimientos, pero en una en particular —esa que hasta la BBC de Londres certifica con sus créditos— se da por cierto que la oposición es la culpable de las muertes y del caos, según el encuadre de manual: los ricos, que son minoría, se juntaron con los militares para someter a los pobres, que son más pero no tienen voz; Chávez no es aceptado porque no tiene linaje; y los Estados Unidos, el imperio, tiene la cuchara metida en esta sopa. Chávez, impertérrito y en sus trece, confesará a su vez sus intenciones y tendencias de provocador, exhibidas al despedir por televisión, con pitazos y sorna, al personal de Petróleos de Venezuela, tras el paro y poco antes de la marcha. “Había que crear esa crisis, a veces las crisis son buenas que sucedan”.

citas11A2

 

“Nunca se inició una investigación de los hechos”, clama por ello el abogado del Foro Penal Venezolano Gonzalo Himiob. “De las 79 las investigaciones abiertas sobre las 19 muertes y los centenares de lesionados de esos días solo cuatro llegaron a juicio. Solo en dos de esos cuatro juicios se produjo condena. Esto no significa que se haya hecho justicia”. En cuanto a la participación de supuestos francotiradores que habrían ejecutado con tenaz puntería a los marchistas también será asunto que permanezca, hasta ahora, en el terreno de las ambivalencias. “Nunca se abrió una causa sobre el asunto, nunca se inspeccionó o probó nada sobre el hotel Edén, nada”, agrega Himiob. “¡Que averigüen con el jefe de la Casa Militar, que es la que tiene responsabilidad sobre el regimiento de la guardia de honor presidencial! ¡Sobre ellos recae el plan de seguridad y custodia de Miraflores! ¡Ellos tienen las llaves de las azoteas y techos, quizás sepan!”, diría Manuel Rosendo en una conferencia grabada por Thaelman Urgelles en el anfiteatro de la universidad Metropolitana.

“Creo que Chávez gozó de una continuada impunidad”, resume Guillermo Aveledo, “no fue enjuiciado en 1992 y tampoco en el 2002, eso le dio una especie de holgura para hacer a sus anchas, para no asumir responsabilidades sobre las acciones violentas en las que se involucró, como cuando la represión después del golpe; y fue en cambio el 12 de abril el bacalao de la oposición, el sambenito”.


Las horas siguen sin cuadrar en los relojes marcados de las víctimas, las sombras siguen estando encima de la verdad, y el gobierno que, quedando mal, ha escurrido el bulto y ha sido negligente, oh novedad, no ha hecho el menor esfuerzo a la hora de despejar con pulcritud toda duda, permitiendo, aupando que siga siendo materia pendiente el 11 de abril, “el día cuando vimos esa cara feroz, la misma que luego tuvimos que ver tantas otras veces”, apunta Himiob. Descaradamente, sin embargo, el gobierno sí tuvo la diligencia de constituir un frente de víctimas del 11 de abril, así como ahora coordina uno de las víctimas de las guarimbas. Qué manera de voltear la historia. De creerla tortilla.

Artículo es original de Revista Clímax