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Carolina Espada: Estimado Henry
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Lo de “estimado” es reciente. No le digo que siento una enorme estima por usted, pero sí, que le agradezco haber logrado que yo esté hablando con corrección y propiedad otra vez.

Siempre que lo escucho recuerdo palabras, frases, oraciones y giros olvidados. Usted enlaza divinamente el sujeto, el verbo y el predicado; apela a las citas y refranes más acertados; tiene una labia y una memoria prodigiosas, y por si fuera poco, humor venezolano. Usted expone grandes y crudelísimas verdades de lo más sonriente, de lo más “comosinada” y resbaladito. Todo campaneado usted, pero sin la necesidad de ingerir alcohol.

A raíz de sus alocuciones me he sorprendido con lo bien que estoy discurriendo y disertando. En una infortunada asamblea de condominio, un vecino habló de una señora que se puso histérica; que esa histeria había opacado el tono civilizado de la reunión. A él lo interrumpí con una elegancia tipo reina de Inglaterra. Por favor, no hablemos de histeria, sino más bien de “notas discordantes”. También he dicho cosas como: tengo atención flotante y la habladera de política me da fatiga neuronal. ¡¿Qué tal?! ¿Y de dónde saqué yo eso? Tendrá que ser de usted, pues es lo único “nuevo” en mi vida.

Supe que iba a recuperar el habla de otrora cuando, al principito, lo oí mencionar a Filiberto Rodríguez Motamayor. Yo sabía vagamente que se trababa de un escritor llanero, amigo del ilustre poeta Francisco Lazo Martí, pero eso nada más. Usted lo citó apropiadísimamente: “No te remontes tan alto prenda de tanto valor, mira que el viento se lleva del árbol la mejor flor”. ¡Qué delicia de respuesta! ¡Nada como la cultura para taparle la boca y poner en su sitio a la gente!

Ahora bien y por favor, le agradezco que no diga groserías ni vulgaridades. Ya hemos tenido exceso de chabacanerías bastante ofensivas durante los últimos 16 años. ¿O son 17? ¿¡Más!?

Recuerdo clarito toda la falta de decoro. Hubo momentos en que, frente al televisor, me ponía colorada de la vergüenza. Es más, hasta dudaba haber oído lo que acababan de decir. Pero como para colmo repetían la “gracia”, la injuria y el improperio, me quedaba clarito el nivel -o el desnivel más bien- de quien estaba rebuznando (con el perdón de los burros que no tienen la culpa).

Usted, aunque es un pico de oro, capaz de hablar con perfecta coherencia y un vocabulario infinito durante horas, no puede descarrilarse. ¿Me leyó? No debe. Usted es un hombre resabiado. Cuando profiere groserías o vulgaridades es a propósito, no es gratuito, eso lo tiene planificado. Será que piensa que así va a ganar más seguidores para su causa. Pero sepa que eso no es del agrado de la gente decente. La decencia no es propiedad exclusiva de una clase socioeconómica. Usted ha recorrido al país más que yo. Usted sabe que las personas muy humildes agradecen un trato respetuoso y educado. Todos lo agradecemos.

Por lo tanto, hágame el favor de evitar el lenguaje soez y cualquier expresión chocarrera. ¡¿Vio?! ¡Puse “chocarrera”, aañooos sin mencionar esa palabra! “Uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que dice”. Pare las malas palabras y las actitudes ramplonas, que no le quedan nada bien. Entienda que no recordaremos una preclara alocución suya sólo por unas cuantas ordinarieces proferidas. Lamentablemente eso es lo que se nos queda grabado; lo indecoroso es lo que la gente comenta después.

Por favor, Henry, devuélvanos la urbanidad de Carreño y las buenas costumbres. Siga con su estilo único, franco, divertido, contundente, sin pelucas en la lengua. No me ofenda, porque ya estoy cansada de eso. Prosiga diciendo tremebundas verdades de forma tan venezolana, tan simpática, tan socarrona y tan valiente. ADptos tiene. Le falta contar con todos los que nunca fuimos adecos, ni tenemos pensado serlo. Copeyanos, tampoco.

Me despido y tenga usted esta certeza: en mí siempre encontrará a una crítica de altura supremamente interesada en todo lo que usted tiene que exponer. Y gracias por el léxico recuperado.

Carolina

Fuente: Tal cual