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“Es evidente la inviabilidad del modelo populista revolucionario”
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Carlos Raúl Hernández presenta su nuevo ensayo Latinoamérica y el asedio revolucionario y abre el debate sobre los modelos políticos que chocan en la región

 

Parafraseando a Vargas Llosa en su novela Conversación en La Catedral, alguien podría preguntarse: “¿En qué momento se jodió Venezuela?”. El sociólogo y doctor en Ciencia Política Carlos Raúl Hernández ofrece una posible respuesta: “Si no fuera por la irrupción reaccionaria que comenzó en 1993, Venezuela sería  Dubái, un país desarrollado, del Primer Mundo”.

En su más reciente ensayo Latinoamérica y el asedio revolucionario (Libros El Nacional), Hernández analiza las tensiones ideológicas que estremecen a la región y su tránsito siempre accidentado y confuso hacia el desarrollo.

Las derrotas electorales del kirchnerismo y el chavismo han dado lugar a la afirmación de que en América Latina la izquierda está retrocediendo. ¿Comparte esta opinión?

– Latinoamérica y el asedio revolucionario hace una comparación práctica evidente: cómo la izquierda anacrónica en Venezuela, Brasil y Argentina, agrupada en Mercosur, siniestra países, mientras  la Alianza Pacífico, México, Colombia, Perú, de centro o sin ideologismos ridículos y trágicos, los hace progresar. Una oposición que enfrenta los desvaríos económicos, brinda confianza a sus ciudadanos y a la comunidad internacional, sin vocinglerías, gana elecciones en Argentina y Venezuela, y reduce a la nada al Partido de los Trabajadores (PT) en Brasil. Dilma Rousseff (presidenta de Brasil) es una rehén y las perspectivas del país se complican porque parte de la oposición parlamentaria frena las reformas que ella agónicamente quiere hacer. La salida del ministro de Finanzas empeorará la vida de los brasileros. Se evidencia la inviabilidad del modelo populista revolucionario o neocomunista, el éxito de la economía abierta y la profundización de la democracia. Gobiernos autoritarios que amenazan y anulan la democracia, como los de Bolivia, Ecuador y Nicaragua, no lesionan la economía y no se colapsan. Eso fortalece la vieja  tesis de Hayeck: las mayorías se movilizan por sus necesidades básicas y no por conceptos abstractos, como la  libertad, que pertenecen a minorías.

En Venezuela, la palabra “reforma” o “paquete” vuelve a estar en agenda y el Gobierno trata de asustar a la población usando la figura del Fondo Monetario Internacional (FMI), mientras la inflación alcanza niveles desconocidos. ¿Venezuela no supera los “fantasmas” que otros países latinoamericanos ya vencieron para mejorar sus condiciones de vida?

– La izquierda y la derecha son hemiplejias del espíritu en todas partes. Aquí ambas se unieron para destrozar la modernización que inició Carlos Andrés Pérez en 1989, que llamaron “paquete” para descalificarla. Los que fracasan, Argentina y Venezuela, son, no por casualidad, los que detuvieron los procesos de apertura económica de los 80 realizados con apoyo del FMI. Brasil, aunque sin revertirlos, no los profundizó y permitió su erosión. Lula y Rousseff creyeron que el auge de los precios de las materias primas sería eterno y les permitiría financiar, contra las ideas del FMI, un Estado derrochador y una monumental maquinaria de corrupción partidista. En Brasil, la oposición hasta la mitad del año pasado mantenía a Rousseff para que aplicara las medidas, pero ahora se las bloquea y ella se mantiene, el peor de los mundos. Venezuela probablemente tendrá que acudir al FMI y hay que esperar qué hace Macri (Mauricio, presidente de Argentina) con su deuda y los “Fondos buitre” para ver cuánto necesitará hacerlo.

En los últimos años se han creado una serie de organismos (Unasur, Celac, ALBA) que – en teoría- apuntan a integrar mucho más a la región y disminuir la influencia de Washington en el hemisferio. Sin embargo, en los momentos cruciales, ninguna de esas organizaciones parece superar a la “vieja” Organización de Estados Americanos (OEA). ¿Por qué?

– Sin petrodólares no hay Petrocaribe que valga, Unasur (Unión de Naciones Suramericanas) pierde incidencia y la Celac (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños) nació desgraciada bajo la mirada tutelar de la peor dictadura de la historia continental. Esos multilaterales creados ad hoc corresponden a la aspiración absurda de “sacar” a los Estados Unidos -la única potencia mundial- de las decisiones regionales,  cómo si un condominio quisiera excluir  a un vecino rico y poderoso por serlo. Una insensatez propia de Chávez, quien confundió el poder que le daba la coyuntura petrolera con su narcisismo.

Pero en la medida en que la racionalidad retorna, los más obcecados comprenderán que la OEA aún está ahí, y ahora con Almagro (Luis, secretario general), como en la micronarración de Monterroso. Insólito pretender rupturas con EEUU, sobre todo en esta época del imperialismo herbívoro que concilia con Cuba e Irán. Mercosur se ve gris porque nunca fue un acuerdo económico eficiente, y Chávez quiso convertirla en una liga de menesterosos, una Corte de los Milagros, para enfrentar lo que llaman el capitalismo, es decir, EEUU. Mercosur tendría que ser una alianza económica seria para la productividad y fomentar el comercio y la inversión. Argentina empuja en la dirección correcta, y al desterrarse la imbecilidad del Gobierno, Venezuela lo hará también. Entre tanto, las tensiones entre los gobiernos de Venezuela y Argentina irán in crescendo porque Macri está comprometido con la democracia venezolana, cosa que le agradecemos desde el alma.

– En su libro usted destaca que “la Carta Democrática es un modelo a seguir (…) pero deben corregirse insuficiencias para enfrentar a los gobiernos que violan las constituciones y pretenden entronizar el autoritarismo”. Pero, ¿Venezuela no es la mayor demostración de que esa Carta Democrática es papel mojado?

– Por esas cosas típicas del Galáctico, la guerra contra la OEA se desata precisamente cuando Venezuela tiene la hegemonía del organismo e Insulza (José Miguel, ex secretario general) era su polichinela. Se demostró cuando en abril de 2003, los presidentes salieron uno por uno a respaldar al Gobierno derrocado, basados en la Carta Democrática. La OEA se convirtió en una especie de sindicato de presidentes de izquierda. Por ejemplo, a Carlos Andrés Pérez, Fernando Lugo (Paraguay) y Manuel Zelaya (Honduras) los derrocaron con impecables procedimientos democráticos. En el caso del primero, nadie en la región objetó, pero en los de los otros se denunció un falso “golpe de Estado”.  La Carta Democrática podría ser muy valiosa si en la región predominara una perspectiva democrática, como ocurrió durante gran parte de la existencia de la OEA.

– En el último capítulo de su libro, destaca qué aprendió y qué no aprendió Latinoamérica durante los ochenta. Oyendo los discursos del Gobierno y la oposición en Venezuela, ¿cree que el liderazgo político local comprendió la lección o, en su mayoría, sigue atado a los viejos paradigmas del subdesarrollo?

– Si no fuera por la irrupción reaccionaria que comenzó en 1993, Venezuela  sería  Dubái, un país desarrollado, del Primer Mundo. Tuvimos el peor liderazgo de Latinoamérica en los noventa, el primero que dio marcha atrás a las reformas. Hoy pagamos amargamente: con las mayores reservas de petróleo y oro del planeta, rasguñamos el Cuarto Mundo, unos Midas del subdesarrollo. Por fortuna Latinoamérica aprendió, como demuestran los presidentes Rafael Correa (Ecuador), Evo Morales (Bolivia) y Daniel Ortega (Nicaragua) por no hablar del resto de los países hermanos que crecen a pesar de las crisis, con bajas inflaciones, mejoras en el empleo y la calidad de vida. Uno de los mejores alumnos es precisamente Ortega, que firmó un acuerdo especial con el Fondo Monetario. Sé que los nuevos líderes tienen conciencia de la importancia de la democracia y la libertad, y ya veremos de la necesidad de una economía abierta.

 

Con Información de: El Estimulo / Pedro Pablo Peñaloza