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La crisis se apodera del verbo de los venezolanos
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Entre una confusión de espuma con olor a frutas, César le masajea el cuero cabelludo a María y le cuenta, mientras tanto, todas las peripecias que ha hecho en la semana para encontrar los ingredientes de la torta de cumpleaños de su sobrina.

Por: eltiempo.com.ve / Viviana Mella Sandes

“Me fui al Bicentenario el lunes, que es cuando me toca, porque me dijeron que iban a sacar leche y harina de trigo. No conseguí nada de eso. Me vine con un paquete de papel, un aceite y unas pastas. Ayer fue que conseguí en una bodega de Boyacá, margarina y unos paquetes de harina Robin Hood pero si no es por la señora que me ayuda en la casa ni me entero de eso”.

Ambos se quejaron largo rato y una cosa llevó a la otra. Al tráfico, a las colas y a las fallas en el suministro de servicios. Tras eso lograron deshacerse del hastío y discutir el capítulo de la novela que habían pasado el día anterior; una que trasmiten por cable a media tarde.

Volvió el ambiente típico entre tijeras, secadores, tintes y esmaltes de uñas; uno destinado a la relajación, a la distracción de la rutina. Las peluquerías son, de alguna manera, espacios “libres” de estrés, de política y de inseguridad (quizá) aunque no estén excentos de inflación y de escasez.

El “guion” del ciudadano

En la calle, los temas de conversación surgen en un ciclo donde se suceden la carestía, la inseguridad y la incertidumbre por medio de frases que se han vuelto tan frecuentes que suenan a lugar común.

Carmen Buinizkiy, quien dirige la campaña de Responsabilidad Social Empresarial de Capefi llamada Así Soy Tricolor –un portal donde se recogen experiencias de éxito “a la venezolana”-, explica que justamente fue ese tipo de conversación que se ha instalado entre los venezolanos lo que motivó la iniciativa.

“Notamos que había un patrón negativo en las conversaciones diarias a través de expresiones que se repetían y estaban muy arraigadas en la gente. Se dicen cosas como ‘aquí nadie hace nada’, ‘no hay nada por hacer’ (que es mucho más grave porque comprometes el futuro), ‘se perdió la solidaridad’ o los juicios lapidarios de ‘al venezolano que se fue no le importa Venezuela, pero el que se quedó es flojo y no va a cambiar’. Todo eso, así de generalizado como está, manifiesta un ánimo totalmente contrario al de la gente de éxito”.

Entre las frases comunes destacan aquellas que son parte de la logística del día a día: “¿tienes pañales? ¿detergente? ¿leche?”; “¿te llegó algo nuevo?”, “¿a qué hora sacas mercancía?”

Da igual si se trata de un extraño, casi siempre hay alguien que pregunta: “Señor(a), ¿dónde consiguió eso? ¿a cuánto?”.

“Bachaquear” es un “verbo” que se conjuga constantemente ene medio de inevitables críticas. “Hay que hacer una mañana de cola por un par de jabones y a veces uno llega a la caja y se han acabado”, se queja una señora en un establecimiento ubicado en plena avenida Intercomunal, a la altura de Vistamar.

Detrás de ella está un señor. “Y no alcanza para comprar nada, doña. Uno se lleva tres bolsitas y son 4.000 bolos. El sueldo de uno no da ni pa’ la carne del mes”.

La inflación, ese tópico tácito, toma muchas formas en el verbo del anzoatiguense como en el del resto de los venezolanos.

“Y, ¿qué son 4.000 bolos, si un caucho para camión lo venden casi en 100 mil? Voy a ver cuánto me dura reparado porque no puedo pararme. De eso vivimos en mi casa”, dice un caballero que está a unos metros, guardando sus víveres en un carrito porque “bolsas, no hay”.

Discurso repetido

En el vocabulario de la gente está el “esto no hay quien lo aguante” y el “aquí ya no hay nada que hacer” como argumentos por justificar la migración, otro tema común, especialmente entre los jóvenes.

Eduardo tiene 18 años y está por mudarse a Estados Unidos. Eligió, con ayuda de sus padres, un curso a través de una compañía de estudio de idiomas en el exterior.

“Es la manera más fácil de irse. Hace tiempo que todo el mundo está haciendo eso pa’ poder salir de aquí. De mis panas del liceo solo quedamos dos en Venezuela”.

Para Eduardo “no había otra salida”. Las despedidas de cada uno las hicieron en casas de compañeros, con las restricciones acostumbradas; cuidando la hora de retorno y haciendo vacas para comprar algunas cositas para tomar y picar.

“Aquí uno no puede ni ir a rumbear, porque si no es por los ‘reales; es por el rollo de que te roben en la calle. Hay que andar por ahí pilas de todo”.

Este bachiller cuenta que lo que más le pesa a él –y a sus amigos- son aquellas cosas que han tenido que dejar de hacer. “Yo antes comía en la calle con mis amigos cuatro o cinco veces a la semana. Ahorita casi todo lo hacemos en la casa”.

Buinizkiy afirma que de acuerdo con la experiencia que los ocupa en Capefi, no hay grandes diferencias entre jóvenes y adultos cuando se trata de la situación económica. Los cambios que se han forzado en el estilo de vida se discuten hasta el hartazgo.

En una tienda de Puerto La Cruz, el padre de cuatro niños se queja preocupado del precio del calzado. Antes, acostumbraba a comprar zapatos para diario y para el fútbol cada seis meses a sus hijos, pero ahora no sabe cómo hacer para renovar el surtido a los chamos.

Su suegra sigue un tratamiento para la circulación y la tensión arterial; rastrear sus medicinas es un calvario que repite entre miles de pacientes a nivel nacional. La frustración es uniforme en casi todas las farmacias tras el “no hay” de costumbre.
Influencia

A profesionales como Buinizkiy, quien en conjunto con otros especialistas lleva adelante una investigación sobre el efecto de la calidad de las conversaciones en la conducta de éxito, les preocupa la prevalencia de pensamientos negativos, de frustración y agudos juicios de valor que promueven el estancamiento.

“Es una realidad que el tipo de temas que se tocan en la calle y en la casa no están contribuyendo con el bienestar de la gente. Cambiar esa matriz puede ayudar a cambiar también el curso de las acciones individuales y colectivas hacia una ruta más productiva”.