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La falta de comida llegó a los asilos
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Un Sagrado Corazón de Jesús es lo primero que se ve al entrar al Hogar San José de la avenida Sucre de Los Dos Caminos. En su pedestal se lee una frase que da indicios sobre la labor que allí se realiza: “Mi providencia y tu fe mantienen esta casa en pie”.

 

Por: DALILA ITRIAGO/  El Nacional

 

Se trata de un ancianato fundado el 24 de septiembre de 1953, hace 62 años, por las Hermanitas de los Ancianos Desamparados. Esta congregación española tiene en la actualidad 5 sedes en el país: Valencia, Maracaibo, San Fernando de Apure, San Cristóbal y Caracas. En la capital 11 monjas se dedican a cuidar a 162 abuelos, y cuando se les pregunta cómo hacen para conseguirles el alimento, remiten al letrero de la entrada. “Además, nuestro santo padre dijo que nadie podía robarnos la fe y la esperanza”.

 

La hermana Pura, o sor Pura, como la llaman, es una de las encargadas de buscar la comida para los huéspedes. Es discretísima. Con velo blanco, toca agarrada con alfileres y escapulario en el bolsillo izquierdo, camina pausadamente por el piso pulido de granito verde, gris y negro. Expresa:

 

“Toca luchar, mijita, pues mucha gente de las que nos daban se ha ido, y ya no nos venden en grandes cantidades. Entonces hay que llamar primero para ver si tienen los productos y que nos digan cuándo podemos ir. A veces esperamos hasta 15 días. Cuando eso sucede, unas hermanas van a Antímano o a Catia, otras viajan hasta Santa Teresa del Tuy y un tercer grupo llega a Coche”.

 

Al momento de hacer la visita guiada salen al paso los abuelos, y ella les recomiendan que vayan a rezar el rosario de las 3:00 de la tarde. En el hogar hay una capilla pulcra y colorida con la Patrona, la Virgen de los Desamparados, en el centro del altar. También están san José, santa Marta y san Rafael.

 

El hogar es un edificio rectangular con patio central. Tiene tres pisos y en dos de estos hay salón de estar y oratorio. Cuentan con enfermería para cada sexo, espacio para la fisioterapia y rehabilitación,  biblioteca, sala de cine, salón de actos, lavandería, cocinas, comedor, dormitorios y terrazas.

 

Los mismos abuelos dicen que se trata de un hotel cinco estrellas donde el Ávila resguarda sus sueños.

 

“Esto es lo más cercano a la casa de Dios”, asegura Carolina Medina, que logró inscribir a su mamá en el asilo. La lista de espera para entrar al hogar es hoy de 400 abuelos.

 

“No tengo corazón para decirles a los abuelos que no hay qué darles”

 

El martes 31 de mayo en la cava de la Casa Hogar Venezuela solo había tres jarras de agua y una bolsa de hielo. La despensa estaba vacía, apenas restos de pan duro. El lugar, una quinta en la calle Maracaibo con Maturín de la Alta Florida, funciona desde hace 22 años como albergue privado para personas de la tercera edad, pero la escasez de alimentos y el alto costo que hay que pagar por estos, cuando se trata de canales de distribución no regulares, ha puesto a los socios a pensar en cerrarlo.

 

Miguel García, director del hogar, no tiene reparos en hablar de la situación que en los últimos meses viven allí: en el ancianato hay hambre.

 

De hecho, admite que en menos de dos meses él mismo ha rebajado alrededor de cinco kilos. Por ello confiesa que a veces no sabe qué darles de comer a los abuelos.

 

Explica que el monto de 25.000 bolívares que pagaban los familiares mensualmente por cada uno de los 23 abuelitos que ahí residían, no alcanza para comprarles a los bachaqueros. Tampoco tienen tiempo para ir a hacer colas frente a supermercados, pues hay que cuidar a los ancianos, y cuentan con muy poco personal.

 

“Los de Inager (Instituto Nacional de Geriatría y Gerontología) tienen un doble discurso. Vinieron a hacernos una inspección y vieron los anaqueles vacíos. Ellos quieren ver las despensas full de comida, pero cómo hacemos si no se consigue. ¿Qué quieren, que les compremos a los bachaqueros?, les digo. Y nos responden que así hace todo el mundo”, relata.

 

Hasta el año pasado los abuelos recibían las tres comidas diarias, más merienda. Hace dos semanas García se reunió con los familiares de los huéspedes del asilo para informarles que se les hacía imposible adquirir la comida. De los 23 inscritos, 13 decidieron llevarse a sus abuelos a otra parte y solo quedan 10 en la casa hogar. Explica que la mayoría de ellos padece alzhéimer, pero el hambre no distingue de la enfermedad. Igual reclaman comida.

 

“Pregúntame mejor dónde no hemos entregado cartas solicitando colaboración. He ido al Mercal, a Pdval y al Bicentenario. También a toda la red de supermercados privados. No pedimos que nos regalen la comida, pero sí que nos den facilidad para comprarla. Las monjitas con su traje pueden salir a pedir, y todos las ayudan. A mí, con este uniforme de enfermero, lo que pueden es caerme a pedradas”, expresa García.