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Opinión: “¿Quién teme al bobo feroz?” por Miguel Yilales
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Por Miguel Yilales

@yilales

Eso de ir a la casa de la abuela de Caperucita y ocupar su lugar solo porque espera el primer descuido para lanzar un zarpazo que acabe con la vida de una inocente; perseguir a los más débiles para destruirles sus humildes viviendas con el simple soplido y pretender usar las pieles de los corderos y ovejas para engañar a los incautos antes de descubrir su verdadera naturaleza solo puede estar en mentes retorcidas, desquiciadas y ladinas capaces de todo para lograr un objetivo.

Que eso ocurra en los cuentos infantiles es normal, el problema es cuando quienes asumen esas características son los políticos, aunque entre ellos haya lobos que son bobos porque no engañan, ni asustan, son inofensivos, faltos de entendimiento, la razón nunca les asiste, tienen poca agilidad, se muestran torpes al hablar, les da miedo asumir la realidad y su ferocidad generaría carcajadas si no fuese porque caeríamos en lo absurdo.

Imaginen ustedes a un hipotético jefe de Estado que es malo, muy malo, que le da por amenazar a sus coterráneos con meterlos en cintura con todo el poder de las armas y que vive a la caza de una pelea como guapetón y que dice estar dispuesto a defender los logros de su régimen hasta perder la vida aunque a la hora de la chiquita salga corriendo a esconderse bajo las enaguas de un viejo decrépito que está dispuesto a apuntarle: qué decir y qué hacer.

Manso como un corderito

Ese mismo personaje es el que está presto a enfrentar a los ejércitos del mundo con longevos personajes ataviados con uniformes o regordetes militares que al momento de empuñar el arma apuntan con la culata hacia adelante no porque desconozcan las partes de la misma sino porque siempre les salen los tiros por la retaguardia; al final actuarán como un pelotón chiflado porque no se han entrenado para lo que es su oficio sino que les ha dado por dedicarse a otras labores menos dignas pero más lucrativas.

Si unos estudiantes protestan por su derecho al estudio les envía contingentes a enfrentarlos; sí unos médicos, profesores, empleados o enfermeros claman por sueldos justos los trata como criminales y sí a los viejitos les aprueban un bono para hacer llevadera su vejez les niegan los recursos para destinarlos a compras superfluas.

Nuestro feroz personaje que amenaza con desatar la guerra de las guerras si el Imperio o algún extranjero intenta desalojarlo del poder, aunque quienes queremos sacarlo somos más venezolanos que él, es el mismo que hace como el avestruz cuando unos delincuentes le decretan un toque de queda y le toman por asalto comisarías policiales, cárceles y hasta la residencia presidencial.

En Venezuela tenemos años viendo y padeciendo a animales, y no lo digo en sentido peyorativo, que enseñan las garras a lo interno al primer vestigio de protesta pero que se quitan la piel de lobo y quedan convertidas en mansas ovejas frente a los invasores extranjeros, vengan de China, Rusia y, por supuesto, de Cuba.

Salir de Nicolás Maduro es imprescindible y para ello hay que ponerle coto al tribunal de (in)justicia, a los rectores del ministerio electoral y a la cúpula militar para que dejen la costumbre de esconder comiquitas dentro de los libros y lean, por primera vez, la constitución, mientras tanto el lobo que no es lobo usará a personajes como Escarrá, que dejen su impronta digito testicular, para no escuchar a la gente vociferar, como el cuento infantil, ¿Quién teme al bobo feroz?

Llueve… pero escampa