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Regresamos al pasado’: la crisis obliga a algunos venezolanos a cocinar con leña
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CARACAS — La escasez de alimentos ya era común en Venezuela, así que Tabata Soler sabía muy bien cómo moverse entre los puestos del mercado negro venezolano para obtener productos básicos como huevos y azúcar.

Pero de repente no había gas propano para cocinar.

Así que durante muchas noches en estos meses, Tabata preparó la cena sobre una hoguera improvisada que encendió con querosén para alimentar a su familia de doce.

“No hay más opción”, dijo Tabata, una enfermera de 37 años, mientras buscaba de nuevo gas para su estufa. “Regresamos al pasado como cuando usábamos leña para cocinar sopa”.

Cinco meses de crisis política en Venezuela han provocado manifestaciones, en las que más de 120 personas han muerto. Ahora el gobierno aplica mano dura contra la oposición y hoy muchas personas consideran que el país se ha convertido en una dictadura.

La Asamblea Nacional Constituyente, conformada por aliados del presidente Nicolás Maduro, gobierna el país con pocos límites a su autoridad y promete perseguir a los políticos opositores por traidores al tiempo que reescribe la Constitución de modo que favorezca al gobierno.

Sin embargo, mientras el gobierno intenta sofocar a la oposición y recuperar con firmeza el poder en el país, el colapso económico —que está por cumplir su cuarto año— continúa profundizándose y deja al presidente, a sus aliados y a Venezuela en una posición cada vez más precaria.

La compañía estatal Petróleos de Venezuela (PDVSA), la principal fuente de ingresos del gobierno, informó en agosto que sus ganancias se redujeron más de un tercio en el último año, en medio de caídas en la producción de petróleo, que en parte ahogan la oferta de dólares, que son necesarios para importar alimentos y otros bienes.

La reducción de la producción petrolera refleja otras tendencias en otros producto del que depende el país, desde papas y maíz hasta autopartes: menos de 1100 vehículos hechos en el país durante julio de este año.

Gustavo Misle, de 80 años, sostiene un cartel durante una protesta en Caracas. El profesor universitario jubilado ha visto cómo su pensión se ha reducido a unos cuantos dólares. CreditMeridith Kohut para The New York Times

Mientras la producción cae, aumenta la inflación. En Venezuela, el precio de los alimentos subió más de 17 por ciento en julio, según la principal organización no gubernamental que estudia la inflación.

“Esto no tiene precedentes”, afirma Ricardo Hausmann, un economista de la Universidad de Harvard y exministro de Planeación de Venezuela. Hausman sostiene que los indicadores económicos son peores que los de México durante su crisis económica de la década de los 90, los de Argentina en los años 2000 y de Cuba después de la caída de la Unión Soviética.

El precio del bolívar se redujo a la mitad del precio del dólar en el mercado negro en un lapso de nueve días a finales de julio y principios de agosto. Esto provocó que los ingresos de las personas que ganan el salario mínimo fueran de tan solo unos 5 dólares al mes.

A pesar de los numerosos aumentos del salario mínimo que ha aprobado el gobierno, este casi no ha podido mantenerse al nivel de la inflación. Según Hausmann el salarió mínimo ha perdido 88 por ciento de su valor en los últimos cinco años.

Luis Palacios, un ex guardia de seguridad en Caracas de 42 años, ha pasado hambre conforme la inflación ha diezmado su salario. Pasó un año viendo cómo su familia perdía peso hasta que hace cinco meses su esposa se llevó a sus hijos de 1 y 5 años a Colombia.

“Mi hija era flaquita”, dijo. “No podíamos conseguir medicina cuando se enfermaba”.

Su esposa decidió no volver. Luis, incapaz de pagar el transporte público para llegar a su trabajo, renunció hace un mes porque la inflación redujo su salario a casi nada. Su finiquito perdió mucho de su valor en las dos semanas que esperó a que llegara.

“He perdido siete kilos en pocos meses y desde que mi familia se fue solo puedo pensar en mis hijos”, dice.

El valor del efectivo se ha reducido tanto que en algunos lugares ha desaparecido, como en el puesto de taxis de Mariel Bracho en el principal aeropuerto del país. Bracho solo acepta tarjetas de débito o transferencias bancarias y aún conserva el cartel con los precios del año pasado porque la compañía no ha podido conseguir papel o tinta para imprimir uno nuevo.

“Pero igual ya no hay mucha gente que se tome un taxi desde el aeropuerto” por el costo, dijo Bracho.

 

Botellas de agua ocupaban casi todo el espacio del refrigerador de Araselis Rodríguez y Néstor Daniel Reina, en Cumaná, el año pasado. CreditMeridith Kohut para The New York Times

Olympia Jiménez tiene 49 años y trabaja de mesero en Caracas. Cuenta que su salario y sus propinas están esfumándose porque incluso cuando la gente tiene dinero para comer en un restaurante, no lleva efectivo suficiente para dejar aunque sea algo para él.

¿Cómo lo soluciona? Le da su nombre completo, dirección y cuenta bancaria a los clientes para que puedan hacerle una trasnferencia.

“Así me han dado hasta 40.000 bolívares”, dijo, que actualmente son unos 2,50 dólares en el tipo de cambio del mercado negro.

Muchos economistas vinculan la inflación a los problemas en PDVSA.

Conforme cayó la producción de PDVSA, la petrolera estatal empezó a depender de compañías extranjeras, incluyendo Estados Unidos, para que extraigan el petróleo y para obtener el tipo de crudo que se usa en la refinación. Ahora, el uso de estos contratistas extranjeros está generando grandes gastos en un momento en que la compañía tiene pocos ingresos para pagar.

La respuesta del gobierno venezolano ha sido pagar en bolívares cada vez que sea posible e imprimir más moneda. En tan solo una semana a finales de julio, la base monetaria del país (la cantidad de efectivo que existe en el país) aumentó 13 por ciento, el mayor incremento que se ha visto, según muchos economistas. El imprimir más billetes refuerza a PDVSA pero debilita el valor de la moneda para los venezolanos.

“Ahora los bolívares son como cubitos de hielo”, dijo Daniel Lansberg-Rodriguez, quien encabeza el departamento de América Latina en Greenmantle, una empresa de consultoría macroeconómica, y es profesor en la Escuela de Administración Kellogg en a Universidad Northwestern. “Si vas a la nevera a agarrar uno, lo tienes que usar en el momento pues, de lo contrario, pronto desaparecerá”.

Para el dueño de una compañía de fuegos artificiales en Caracas, uno de los mayores desafíos ha sido convertir los bolívares que recibe en dólares. El año pasado aún se podía encontrar personas que vendían dólares, dijo el dueño, quien no quiso dar su nombre porque cambiar bolívares en el mercado negro es ilegal. Ahora, todavía se puede encontrar a traficantes en el mercado negro, pero es cada vez más caro.

La mayoría de los venezolanos, como la enfermera Tabata Soler, no tiene acceso a dólares.

Desde que se quedó sin gas en julio, miembros de la familia de Soler han podido conseguirlo irregularmente, y lo compran tan pronto como está disponible. La familia dice que está preparada si el gas vuelve a escasear pues ya aprendieron a cocinar con la hoguera que encienden en su patio.

Pero el miedo más grande de Soler, dice, es que el precio aumente más de lo que ella pueda pagar.

“Antes era barato, solo había que hacer una cola de seis horas”, dijo. “Ahora quizá puedas conseguirlo, pero es caro”.

ANA VANESSA HERRERO y NICHOLAS CASEY /New York Times