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Venezuela: el hambre, el petróleo y la OPEP
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Recién nacidos durmiendo en cajas de cartón, animales muriendo de desnutrición en los zoológicos. Venezuela genera constantemente noticias dramáticas. Nicolás Maduro busca desesperadamente una solución.
Hace una semana, Venezuela acaparó la atención internacional a causa de una foto que circuló en las redes sociales mostrando a recién nacidos que dormían en cajas de cartón debido a las carencias infraestructurales del hospital donde habían venido al mundo. Poco antes lo hizo cuando se supo de la muerte por desnutrición de varios animales en zoológicos locales. Este país ha estado generando noticias tanto o más dramáticas durante todo el año. Un reportaje de The New York Times señalaba recientemente que hasta los empleados de la industria petrolera habían empezado a desmayarse durante sus jornadas por no comer suficiente.

A finales de julio, el periodista y ciberactivista venezolano Luis Carlos Díaz comentaba en Twitter que estaba recopilando “cuentos de hambre para que no se olviden cuando surja la próxima aventura populista”, aludiendo, por un lado, a la escasez de alimentos que aflige a sus compatriotas y, por otra parte, a la “Revolución Bolivariana” iniciada por el presidente Hugo Chávez (1999-2013) y continuada por su sucesor, Nicolás Maduro. Uno de los “cuentos de hambre” más escabrosos de 2016: el pasado 25 de julio, la Fiscalía anunció que investigaría el robo de un caballo que fue descuartizado “para despojarlo de su carne”.

Aunque el Parlamento local ha descrito la situación imperante –empeorada por la falta de medicamentos– como una “crisis humanitaria”, los emisarios del Gobierno la niegan cuando asisten a foros internacionales. Sin embargo, Maduro está consciente de que este estado de cosas no puede seguir así: no quiere pasar a la historia como el mandatario que echó por tierra el “legado” de Chávez. A su Ejecutivo le urge aumentar su flujo de caja y reducir las tensiones sociales que las estrecheces económicas están atizando en Venezuela. Para lograrlo, procura que la industria petrolera nacional resucite y, hasta donde le es posible, que el precio del crudo aumente.

Cita en Argelia

En una entrevista concedida este lunes (26.9.2016) a la televisora Russia Today, el ministro de Petróleo y Minería de Venezuela, Eulogio del Pino, dejó claro cuán importante es para su país el XXV Foro Internacional de Energía que se celebra este 27 y 28 de septiembre en Argelia. Del Pino, quien también ocupa la presidencia de la empresa estatal Petróleos de Venezuela (PDVSA), aseguró que los precios del crudo pueden caer por debajo de los 20 dólares por barril si los productores no coordinan acciones para apuntalar su valor. La cita de Argelia puede terminar convertida en una cumbre informal de la OPEP, gracias, en parte, a la presión de Caracas.

Del Pino llegó al punto de augurar una “guerra de precios” que golpearía también a los Estados consumidores si no se llega a acuerdos. ¿Exagera? Eso está por verse. Pero aún si así fuera, su retórica tremendista sería comprensible: todos los exportadores de “oro negro” se han visto perjudicados por el desplome de sus cotizaciones, pero ninguno como Venezuela, cuya industria petrolera se deteriora cada vez más y produce cada vez menos por falta de inversiones, de mantenimiento, de regularidad en el abastecimiento energético y de personal calificado; la emigración de la clase profesional ha causado estragos en este país monoproductor.

Además, los severos controles financieros, la mala administración y el auge de la corrupción en los últimos tres lustros han hecho que las arcas públicas suenen huecas y que la economía nacional sucumba. Las perspectivas de crecimiento de América Latina son discretas este año, pero de la economía venezolana se espera una contracción del 10 por ciento y su inflación ya ha sido descrita como la más alta del mundo. De ahí la urgencia del Gobierno chavista en reabrir sus yacimientos de petróleo a empresas extranjeras, en propiciar pactos entre los exportadores de crudo y en obtener concesiones económicas de aliados como Pekín y Moscú.

Mociones urgentes

Citando a los directores de cuatro compañías estatales chinas, el diario The Wall Street Journal comentaba a mediados de septiembre que a Pekín le preocupaba la devolución de un préstamo de 60.000 millones de dólares –de los cuales Caracas aún le debe 20.000 millones–, la malversación de recursos para el desarrollo, el letargo de ciertos proyectos binacionales y la seguridad de los ciudadanos chinos en el país caribeño. Todo apunta a que China no invertirá dinero fresco en Venezuela. Por su parte, Rusia accedió este lunes (26.9.2016) a posponer la fecha de pago de una deuda de 2.840 millones de dólares que se vencía el 30 de septiembre.

A la luz de la crisis venezolana tampoco es de extrañar el encuentro sostenido por el “hombre fuerte” de Caracas, Nicolás Maduro, y el encargado de las relaciones exteriores de Estados Unidos, John Kerry, este 26 de septiembre. A Washington le interesa que el país sudamericano se estabilice económica, social y políticamente. Y, a pesar de su discurso “antiimperialista”, a Maduro le conviene mejorar sus relaciones con el “gigante norteamericano”, de quien, por cierto, recibe más de 50.000 barriles de crudo liviano diarios desde principios de año, vitales para sus propios procesos de refinación petrolera.

El 21 de septiembre, PDVSA anunció la adjudicación de un proyecto de explotación valorado en 3.230 millones de dólares que podría darle un impulso a su producción y, este lunes (26.9.2016), mejoró la controvertida oferta de canje que hizo por sus bonos, que vencen en 2017. Estas mociones –que buscan aumentar la liquidez de la petrolera estatal, pero han despertado recelo entre sus socios, por un lado, y entre las agencias de calificación de riesgo, por otro– dejan entrever la premura con que el Gobierno de Maduro necesita aumentar los ingresos nacionales.

 

Evan Romero-Castillo (PK)/DW