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Venezuela: una salida civilizada (Editorial de El Tiempo de Bogotá)
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Venezuela es, sin exagerar, una auténtica bomba de tiempo. Y de no hacer nada, el continente en general, y en particular Colombia, va a sentir el impacto de una situación para la cual nadie está preparado.

Por eso, más allá de apelar a la Carta Democrática de la OEA para castigar al gobierno de Nicolás Maduro o de quedarse varados en los roces que ya se están dando entre naciones hermanas, o incluso de las luchas ideológicas, dados los cambios que ha habido en el liderazgo continental, es vital que la región entera forje el ambiente propicio para que el diálogo que lidera el Vaticano, con el apoyo de los expresidentes José Luis Rodríguez Zapatero, Leonel Fernández, Martín Torrijos y Ernesto Samper, sea fructífero. Contra viento y marea. Cualquier acción que no vaya por ese lado es dar un salto al vacío.

Basta hacer un breve repaso de los indicadores de la realidad venezolana para darnos cuenta de que estamos ante un polvorín: la economía pasa por un momento crítico a causa de la hiperinflación, el desabastecimiento y el desplome del nivel de vida de los venezolanos. Denuncian que al menos 2 millones de personas han tenido que completar su dieta hurgando entre las basuras, como lo muestra hoy mismo EL TIEMPO en un informe.

La relación entre el Gobierno y la oposición sigue en franco deterioro, con lo que Maduro se está radicalizando hacia un poder totalitarista y autoritario; los poderes públicos (Ejecutivo y Legislativo) están irremediablemente enfrentados, mientras que el Judicial es un brazo más del chavismo; y la situación política se halla en una especie de letargo en el cual todos los estamentos de la sociedad parecen estar esperando, o temiendo, a que haya un estallido social que pondría a nuestro vecino en el peor de los escenarios.

Por el lado de Colombia, ya empieza a registrarse una inmigración importante de venezolanos, y de colombianos ‘venezolanizados’, que regresan debido a las nuevas circunstancias económicas, fenómeno que, de acentuarse, significará una compleja crisis social en nuestras fronteras. Y por esta razón, nuestro país debe luchar contra cualquier tentación xenófoba o nacionalista ante la ya masiva llegada de venezolanos, si se piensa que en épocas no muy lejanas el principal país que obligaba a sus nacionales a emigrar era precisamente el nuestro. Muchos compatriotas tuvieron su ‘sueño venezolano’ en los 70 y los 80. Eso no lo podemos olvidar.

Aparte de eso, la prolongación de la crisis se vuelve una piedra en el zapato de la dinámica regional que frena la integración y genera choques internos en las naciones sobre la manera en que los distintos gobiernos asumen su relación con Maduro. El más reciente cruce diplomático entre Caracas y Lima es prueba de ello.

En medio de esas circunstancias, personalidades del mundo intentan facilitar un diálogo con unas dificultades enormes, pues la descalificación de la contraparte y la paralización de los poderes públicos, como resultado de ese enfrentamiento, hacen compleja la consecución de pactos mínimos para avanzar en un acuerdo sobre lo fundamental.

Estamos, de un lado, ante un gobierno con un decreciente apoyo popular, pero con unas bases de respaldo aún considerables e incluso armadas. Y por otro, ante una oposición triunfante en las elecciones legislativas que reclama, con toda justicia, la aplicación pronta de los mecanismos de la democracia para dirimir esa situación.

En ambos bandos hay sectores radicales, por fortuna minoritarios, que promueven las vías de hecho para tumbar el régimen chavista o para mantenerse en el poder, según el caso, a los cuales es necesario persuadir para que se integren a la ola del diálogo si no queremos que la violencia termine siendo la vía de desfogue de la crisis. Por todo esto, dicho diálogo es y seguirá siendo el único camino civilizado para encontrar una salida de este atolladero, así, a ojos de hoy, se perciba como inútil y estéril.

El Tiempo