Opinión
Adictos al poder
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Los antiguos griegos,en tanto cultores del equilibrio, solían condenarla desmesura o“Hybris”: el orgullo, la soberbia, la euforia, elgestocuyo excesodesafiabaa los dioses. Poner en riesgo elordennatural de las cosasvalíael más severo castigo,y era Némesis –hija,dice Hesíodo, de Érebo, la Oscuridad, y Nix, la Noche-a quien incumbía administrar justicia divina, procurar la ejemplar caíday devolveral infractor al interior de los límites que cruzó. Agamenón, Sísifo, Ícaro, Paris…tratándose de desafueros, no extraña que la mayoría de aquellasmitológicas nalgadasrecayeran en mortales que obnubilados por la posibilidad de imponer su voluntad(transgrediendo así el espacio personal de otros)terminaron siendo víctimas de sí mismos. Ilustrativa resonancia: ahora como entonces, los delirios de grandeza de ciertos líderes,su ambición desmedida, la virulentaadicción por el poder –o“Síndrome de Hubris”, como lo bautizó el médico y político inglés David Owen- constituyen patologías que maleanla relación entre sociedades y gobernantes.

El poder afecta de una manera cierta y definida a todos los que lo ejercen”, advirtióuna vez Hemingway. Sabemos que el poder sin controles trastoca, que el poder sin regulación efectiva intoxica. De allí que otorgarlo acarree implicaciones trágicas cuando ocurreen el marco de una democracia sin inmunizaciones: pues nada garantiza que las dulzuras de una posición de autoridad no malogren lamesura del poderoso. Víctimas en su mayoría del narcisismo o la bipolaridad, estosadictos del mando, impelidos por una convicción mesiánica y una abrumadora autoconfianza, “héroes” que cometen el pecado de creerse superiores al resto de los mortales,son capaces de quebrantar cualquier norma -incluso las del sentido común- si ellosuponeun fatigoso corsé para sus deseos.Si la limitación del poder, tanto en espacio como en tiempo, comienza a mermar en el gobierno democrático; si la ciudadaníacede ante el sex-appeal del liderazgo populista, y admite perversiones como la reelección indefinida o cualquier cambio en las reglas empujado por la hybrisde estos personajes, el corolario sueleser amargo. Los venezolanos podemos dar fe de eso.

El de Chávez fue tiempo propicio para talincontinencia, sin duda. Su impronta, pastosa y agobiante, sigue marcando los respiros del régimen, a pesar de que la popularidad, los recursos y apoyos originales se esfuman. Tras 18 años sin alternancia, el chavismo, como un hijo único y malcriado al que de pronto le nace un hermano, se resiste a moverse de silla, evidenciando que cuando la necesidad de poder es extraordinariamente alta, el autocontrol emocional suele ser bajo.Así van del acoso a la defensiva: la dinámica de guerra permanente lossume en estado de alerta, ajenos a cualquier clase de empatía, convencidos de que “su” territorio (suerte de anacrónicoeco del Derecho Divino de los Reyes) debe preservarsedel reclamo de otros. Laregresiónha sidogrotesca: el ejercicio del poder, lejos de ser producto de una elaboración consciente de las emociones,parece habersaltado al engranaje más bajo y primitivo, el del cerebro reptil.La adicción convierte a quien la sufre en mero botín del instinto: por eso el gobierno se permite ignorar los reclamos de la mayoría, desdeñar la lógica exigencia de respeto a los derechos constitucionales, o ensayar amenazas pueriles e irresponsables como “les tengo una sorpresa el día de la marcha” o “Erdogan se va a quedar como un niño de pecho para lo que va a hacer la revolución bolivariana si la derecha pasa la frontera del golpismo…”Estoy preparado para hacerlo y me sabe a casabe lo que diga la Organización de Estados Americanos” (Maduro dixit). Es la pasmosa cuchufleta, las manos batientes en las orejas mientras se suelta aladversarioel odioso “¡lero-lero!”.

Los límites democráticos lucen cada vez más difusos para el chavismo, investido de un poder que no sabe usar, incapaz de medir el daño que tal conducta implica para su supervivencia política. Es el legado que se mira en el espejo delSíndrome de Hubris. El reciente desahogo de Elías Jaua da cuenta de sutóxicoavance: no sólo cuando convenientemente afirma  que “el revocatorio es para revocar a gobiernos oligárquicos y no gobiernos populares” sino al exponer las razones del por qué “no queremos que haya revocatorio”. Según el diputado, el punto es la defensa“del derecho a gobernar que tiene esta corriente popular” y su aspiración a “culminar el periodo constitucional que se inició”. Como los antiguos absolutistas desligados del respeto a la ley popular o populum legis,sólo habla de derechos, jamás de deberes… ¿dónde queda allí la mirada crítica, el castigo al mal gobierno? ¿Qué dioses suicidas, según ellos, depositaron en manos del régimen las claves de la eternidad?

Es obvio que nada de esto suena convincente para una mayoría que ya no los quiere en el gobierno,y que aspira a sustituirlos, democráticamente. Némesis bate así sus alas yanuncia escarmientosy caídas para quienes abrazaron la desmesura. Una sociedad intoxicada por la irracionalidad demanda profunda labor de profilaxis. Y hay esperanzas, después de todo;según Owen, hay una manera de curar la adicción: basta con que quien la sufre pierda su poder.Y en eso estamos.

 

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Mibelis Acevedo

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