Opinión
Besar el espejo
Opinión

De espaldas al país, besa su rolliza figura reflejada en el espejo. Baila consigo mismo al ritmo de una melodía alojada en alguno de los vericuetos de sus recuerdos de infancia: un ballenato del que musita una que otra estrofa. Vive en su palacio, protegido por armados hombretones de amenazantes rostros. Por escuadrones artillados que ruedan desbocados por calles y plazas. Por el confort capitalista de las enormes camionetas blindadas que lo desplazan. Por gente de toga y birrete concedidos como recompensa por vergonzosas ejecutorias que suscriben sin rubor ni límite. Por uniformados amansados con prebendas y negocios muy rendidores. Por generosos empresarios que devuelven porciones del botín para financiar lo que sea menester sufragar, so pena de que se les quemen los guisos. Por representantes de un pueblo al que estafan todo el tiempo: al inicio, cuando le mintieron y chantajearon para ganarse su voto y después, desde las curules que se complacen en violentar, en degradar. Por señoras sin independencia intelectual, material y moral, requisitos indispensables para cumplir a cabalidad con la misión de una instancia constitucional concebida en función del arbitraje sin mácula de la soberana voluntad de cada elector. Por conciencias internacionales compradas con el derroche de quien regala aquello que no le pertenece. Por complicidades de camorreros envalentonados agradecidos, esclavos mentales de sus resentimientos históricos y enquistados complejos nacionalistas, oxigenados durante 60 años por las barbas del Caribe. Por otrora falsos defensores de la libertad de expresión y de la veracidad de los hechos noticiosos, devenidos hoy en los maquilladores de su imagen y en escribidores de la historia que conviene, la que manipulan a su antojo cada día.

De tanto verse en el espejo, de tanto sentirse centro del cosmos, de tanto aferrarse a lo que aprendió en aquella escuela habanera de formación política, está divorciado del mundo real. El de los niños que apenas nacen mueren en hospitales en ruinas. El mundo de los enfermos desesperanzados que ahora lo único que avistan es la inevitabilidad de su muerte. El de los miles de sobrevivientes que espantan a los perros callejeros para quedarse ellos con las sobras de comida en la basura. El inframundo de sus secuestrados huéspedes en La Tumba y en otras desgarradoras expresiones de la degeneración humana a la que muchos pueden llegar. El mundo de los perseguidos con sevicia por la brutalidad de la fuerza bruta. El de los que ofrecen paz pero promueven, ejecutan y saborean la violencia. El mundo de los presos en las cárceles de sus franelas rojas, de sus consignas, de sus abalorios, de los fetiches impuestos por la ignorancia y el mal gusto. El ajeno e incierto mundo de los que han forzado al exilio.

Lo hemos visto, se puede vivir de espaldas a la realidad, pero no para siempre. Esta realidad impuesta a la brava, más allá que respirar, exhala hoy sus últimos suspiros. Ningún espejo, por más que se le bese, reflejará una realidad que su espectador no quiere y no puede ver. Uno de sus besos hará estallar al espejo y tendrá entonces que enfrentar la realidad real, esa que no hay manera definitiva de esconder.