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Pocas cosas han arrimado tanto al deterioro de nuestra institucionalidad democrática como el auge de la antipolítica. A la par de un tenaz, apenas visible padecimiento que mina un templo desde sus bases, los apóstoles de la antipolítica (hubo muchos que se decían demócratas) se dispusieron a ensanchar el boquete abierto por la corrupción, el clientelismo, la demagogia, vicios que apuntaban a los partidos -apolillados por sus propias crisis internas- como sus viles sentinas. Más cerca de la idea hobbesiana de que “los partidos son conjuras organizadas” (Juan Vicente Gómez solía decir que había dos grupos de venezolanos, “los políticos y los hombres de trabajo”) y muy lejos de la visión de Samuel Huntington -quien afirma que el orden político en las sociedades debe apuntar a la creación de instituciones capaces de contrarrestar el caudillismo, el mesianismo y la corrupción; que son los partidos los llamados a anteponerse a los líderes carismáticos y los jefes militares- a fines de los 90 se libró en Venezuela una cruzada tanto para amplificar errores –los hubo, sí- como para desconocer los logros de la democracia representativa presidida por civiles durante 40 años.

Mientras la utopía de la democracia directa –resbaladiza promesa de empoderamiento “sin intermediarios”para el pueblo- ganaba plaza en el top-of-mind de los electores (ya sabemos a dónde condujo esa ruta “liberadora”: la ingente concentración de poder en manos de una nueva nomenklatura) la demonización de la democracia representativa, régimen basado en la acción de los partidos, se hizo tragedia tangible. En 2015, a merced de un complejo paisaje pre-electoral no presidencial (y justo cuando más hace falta la credibilidad y operatividad de esas agrupaciones y sus maquinarias para la organización ciudadana) la ponzoña sigue obrando estragos.

Declararse simpatizante de un partido como en otros tiempos fue AD, Copei o URD ya no reviste el mismo orgullo, ni invoca al mismo sentido de pertenencia, ni habla de militancias precedidas por una postura definida y perdurable, más allá de la gesta puntual de sus adalides. Hoy la gente prefiere identificarse como leopoldista o caprilista, chavista o madurista, en vez de adoptar el “gentilicio ideológico” que otorga cada partido político, tal como lo hicieron por años los adecos social-demócratas y los copeyanos democrata-cristianos. La antipolítica sembró allí con éxito su cizaña: las instituciones parecen existir en función de sus dirigencias, y no al revés (una calamitosa regresión, un rasgo más bien de prepolítica). La ascendencia de un caudillo de cuyo pensamiento y praxis deriva una “ideología”, que a su vez define el rumbo de un sistema –modelo que Chávez tipificó con maña notable- y no de organismos que marcan pautas a sus asociados, evitando que los apetitos individuales desordenen la visión-misión grupal, tiñe aún las concepciones y prejuicios respecto a esa militancia. Quizás el martillado inconsciente empuja ahora a desconfiar de esos partidos cuya reputación fue tan prolijamente estigmatizada; y en su lugar, nos lleva a depositar expectativas en una persona, a fundirnos en su identidad. El riesgo es que, de algún modo, comencemos a pertenecerle… ¿no implicaría eso quedarnos atascados en la alienante horma del populismo?

No se trata de desconocer, claro, el aporte responsable de las dirigencias. Hoy, como nunca, el líder democrático (advertido de su rol en la “suma de un proyecto más una conciencia colectiva”, como precisa Felipe González) es vital para convencer, inspirar, enamorar a esos ciudadanos proclives al desaliento inducido; para sacudir eso que Carlos Raúl Hernández llama el “socavón emocional”. Tampoco implica omitir las debilidades que los partidos políticos han exhibido a la hora de activar su capacidad de convocatoria, de promover una genuina conexión con la sociedad, de replicar la democracia hacia lo interno, de someterse a la auto-crítica y consecuente renovación; carencias que, de algún modo, hacen más cómodo ceder el testigo al carisma efectista de sus voceros. Pero urge ya equilibrar fuerzas, dar sentido a la movilización según el objetivo, robustecer esas “moledoras de egos” que sostendrán a la democracia por venir. Recordemos que la participación sin organización efectiva degenera en mero movimiento de masas, propenso a la anarquía y a la violencia, como advierte Huntington; sin la estructura que promueven los partidos, los individuos permanecerán aislados, débiles o impotentes, aún siendo parte de una multitud.

En país donde la política parece dar respingos según la brújula de algunas cabezas visibles, toca insistir en el valor del activismo, el sentido de la autoeficacia ciudadana, la articulación sistemática del envión colectivo para que se traduzca en voto consciente. La institución antes que el nombre: un nocivo exceso de capitanes sólo se compensa multiplicando el esencial “activismo de marineros”. En ruta al 6D y más allá, la resiliencia de los partidos políticos se medirá, entre otras cosas, por el talento para ampliar sus bases, enfocados en el hecho de que no todo el tiempo -no hoy, al menos: no todavía- estamos eligiendo un presidente.

Mibelis Acevedo

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@mibelis
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