Opinión
Cambiar de opinión
Opinión

Hay quienes cambian de opinión como quien cambia de camisa. En buen margariteño, denominamos baila valse a esos personajes que definen sus veleidosos pareceres siguiendo el sinuoso criterio de sus intereses de circunstancia. En las antípodas, se ubican los radicales inflexibles que convierten creencias y opiniones, en inmutables profesiones de fe, en bula papal infalible y eterna. Abusando de los arquetipos planteados por Isaiah Berlin, podemos decir que allí están los zorros astutos que conocen muchas tretas y los porfiados puercoespines que solo saben erizar su armadura puntiaguda.

Afortunadamente, no todos nos inscribimos en esos extremos. Una gran parte de nosotros, aunque nos tomamos muy en serio la difícil tarea de formarnos un cuadro estable de convicciones que nos permita interpretar al mundo y darle coherencia a nuestras acciones; también entendemos que cuando esas convicciones ya no son útiles, por doloroso que sea, debemos cambiarlas y ajustar nuestra manera de pensar.

Muchos venezolanos, en su momento la mayoría, asumieron con gran ilusión las ideas del proyecto bolivariano. Sin embargo, hoy es evidente que ese proyecto era un anacronismo inviable que nos ha conducido a esta situación de postración nacional. Ante esta realidad, los oportunistas ya mudaron opinión, aunque no dejan de raspar la olla; pero el núcleo conservador, los puercoespines, sigue en sus trece. Junto a ellos queda una importante franja de chavistas honestos y sensatos que saben que llegó el momento de cambiar, pero que todavía no se atreven a dar el paso.

Cambiar de opinión es difícil, porque se requiere de mucha entereza para manejar el sentimiento de pérdida que genera, y para superar el chantaje emocional (y a veces material) de los antiguos y de los nuevos cofrades. Hagamos leve la transición a los chavistas decepcionados; lejos de cebarnos en mezquinos reclamos, tendamos la mano franca.

Manuel Narvaez

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