Opinión
Carisma fatal
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Está la humanidad condenada a seguir a líderes carismáticos con tendencias psicopáticas e incluso francamente psicóticas?
Por más inteligente que sea una sociedad, nuestra naturaleza suele asechar nuestro juicio. Si uno quiere marearse un tanto con lo infeliz que suele ser el género humano al entrar en crisis, basta con asomarse un rato a las redes sociales o sencillamente salir a las calles de Venezuela. El vómito de horror con el cual muchos expresan sus más intrincadas pasiones es la materialización del espanto humano inducido en su más decantada presentación.
Cuando indagamos sobre qué opinan algunas personalidades acerca del liderazgo en un país traumado como la Venezuela del siglo XXI, el eterno fantasma del mesianismo hace su aparición en cada uno de los que vociferan acerca de cuál es el líder que necesitamos y cómo lo fantasioso y hasta lo ridículo se apodera de muchos que parecen sensatos pero su pasión les neutraliza el juicio. En términos generales es posible que Venezuela tenga los individuos más sobresalientes desde el punto de vista gerencial, con muy elevadas capacidades para enrumbar nuestro país a un mejor destino, sin embargo pareciera que de casi nada sirve tanta preparación intelectual ante el áspero escenario que nos arropa.
Vivimos encantados por la idea del dirigente carismático, que se las sabe todas, capaz de sortear cualquier temporal y lo hace tanto desde la plataforma de la gracia y la picardía como desde la habilidad verbal que envuelve y literalmente seduce. En términos generales, para ser líder es imprescindible contar con ciertas características, como controlar las emociones en las situaciones más adversas, caerle en gracia a una enorme cantidad de gente, mostrar o convencer a los otros que conoce acerca de lo que está proponiendo; siendo necesario que el conductor efectivo parezca creer en lo que hace, independientemente de lo disparatado que luzca y en eso está su poder pero también su desgracia y la de quienes lo aúpan.
Para ser guía se debe contar con una buena dosis de histrionismo que haga vibrar a los demás porque sin resonancia emocional en los otros, cualquier liderazgo fallece. Esa dosis de teatralidad puede llegar a extremos que nos pueden parecer grotescos o chocantes pero forma parte del poder que poseen las grandes figuras de la historia de la humanidad. No es casual que una figura como Karol Wojtyla haya sido actor de teatro o Donald Trump se maneje en los banales shows televisivos estadounidenses a sus anchas, porque el teatro, incluso lo sobreactuado forma parte de la capacidad que tiene una persona de contagiarnos y embelesarnos con sus acciones y su discurso. Abdalá Bucaram se lanzó en paracaídas para llegar a la tarima y dar un mitin y Pablo Iglesias hace la tarea cada vez que aparece en la televisión española. Es el poder de lo histriónico y de lo magnificado.
Muchos líderes triunfadores tienden a presentar una estructura mental de carácter psicopático, porque de lo contrario la culpa los aplastaría cada vez que tuviesen que tomar una decisión. Para cualquier persona medianamente normal el tener que bombardear una nación o esperar un mejor momento para decidir cuándo operar, va acompañado de muerte de seres, lo cual no puede hacer mella en el guía. La culpa es ajena a las grandes personalidades porque con culpa sería imposible actuar.
Los rasgos psicóticos hacen que se plantean las ideas más descabelladas, pero como el líder se cree su propia manía, llega a convencer a otros de cosas realmente inimaginables. Mientras más atrevido sea a la hora de plantearse proyectos futuristas irreales, más impecablemente cautivantes serán.
Además, en la naturaleza de los “elegidos”, el narcicismo no sólo funciona como un elemento propio de su personalidad sino que es imprescindible como defensa psicológica. Los grandes personajes se creen el centro de todo, lo cual los lleva a la convicción de que las cosas positivas que se digan de ellos son siempre ciertas, pero por encima de todo, el narcicismo protege de los ataques de los competidores, los cuales suelen ser necesarios. Mientras más sea la rivalidad manifiesta hacia el líder, mayor será su convencimiento de que está realizando lo adecuado, haciendo de esta forma que se gire a su alrededor, sea para cuestionarlo o enaltecerlo.
Esas características propias de los grandes hombres que han marcado la pauta en la historia de la civilización se encuentran asociadas con logros que nos han permitido una vida mejor, pero también son elementos que una y otra vez nos condenan a ser encantados por seres que sin duda dejan de ser ordinarios porque están por encima del hombre común y sus dotes llegan a ser francamente extraordinarias. Los liderazgos indefectiblemente suelen cambiar nuestras vidas, ya sea por su carácter fascinante y fuera de lo habitual o por su talante claramente destructivo; para hacer el bien o para martirizarnos.
Están y seguirán presentes en nuestras vidas.
@perezlopresti

Fuente: El Universal

Alirio Perez Lo Presti

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