Opinión
Con la frente marchita
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Algunos afirman que el pasado es inmodificable. Mucho se ha dicho que los únicos 40 años de paz, sin persecuciones, ni guerras civiles que vivió Venezuela fueron los del período democrático, que nacieron con el Pacto de Punto Fijo de 1958. Fueron además de progreso económico y social que convirtieron un país rural y atrasado en moderno, dotado de los mejores servicios para su población en toda Iberoamérica. Otros, por el contrario, piensan que el pasado es un invento del presente, de los historiadores y principalmente de los victoriosos en la política. Tal vez por eso hoy la democracia fue una sentina de corrupción y miseria, en el que algunos desinformados aun repiten que la gente comía alimento para perros. En su obra Retrato de familia con Fidel, Carlos Franqui revela cómo borraban los personajes de las fotografías, en la medida que caían en desgracia.

También dicen que el pasado simplemente no existe, ya que sabemos precariamente qué ocurrió a las generaciones anteriores por testimonios de protagonistas subjetivos, que contaban su versión, o por  análisis a posteriori, contradictorios, que expresan la perspectiva de sus autores y no la verdad de los hechos. El famoso clásico de Francois Furet se llama precisamente El pasado de una ilusión, pero la Historia es la ilusión que nos hacemos de lo pasado. A diferencia de las de dos siglos anteriores, las revoluciones del siglo XX son las primeras que obedecen a un plan deliberado de destrucción de la vida civilizada. Comienzan por minar la autoestima colectiva, su autoconciencia, sus valores, su Historia. Son premeditadas.

Fue una revolución, no una revuelta

Solo cuando iban ya por la mitad de la matanza, los franceses se dieron cuenta de lo que pasaba y la llamaron “revolución”, término de las ciencias naturales que alude una vuelta de 360 grados. Una inmensa sacudida universal que luego termina en el mismo lugar donde comenzó. Hoy  China rinde culto al mercado y Cuba inicia su larga marcha hacia una sociedad un poco más abierta. Mucho nadar para ahogarse en la orilla. Volver con la frente marchita. El día de la toma de la cárcel de la Bastilla, precedido por terremotos como la conformación de la Asamblea Constituyente y el juramento de Jeu de Paume, Luis XVI escribió en su diario: “NADA”. No pasaba nada. Creían que era una simple revuelta como tantas. Mao obtuvo un éxito momentáneo en su monstruosa tarea. Pero hace tiempo Confucio salió de los calabozos de la Revolución Cultural, que compartió, entre otros, con Beethoven y Mozart, y volvió a las aulas con sus enseñanzas. Confucio es padre de la rectitud.

En Venezuela hacen una reconstrucción aviesa de las acciones de Leopoldo López, Daniel Ceballos y muchos otros para enterrarlos vivos. Episodio rodeado de crímenes, cobardía, frialdad revolucionaria, y también valor, voluntad e ingenuidad de los demócratas. Los grupos paramilitares que atacaron las manifestaciones de muchachos liceístas  son héroes. Hoy las fuerzas democráticas están en una situación agónica, porque con el triunfo preanunciado en las parlamentarias de este año, algunos se empeñan en jugar al borde del abismo. No cabe cometer ningún error porque la dinámica avanza locamente y hay que luchar para evitar que pueda producirse algún acontecimiento desventurado. Fuentes responsables indican que hay un debate en el gobierno sobre cuál sería el mal menor frente a las elecciones, no por casualidad sin fecha aun.

El mal menor

Las opciones son concurrir al proceso y perder catastróficamente, ya que algunas encuestas dan 25 puntos de diferencia con la Unidad, o sencillamente suspenderlo, lo que no es más ni menos que un golpe de Estado. Se habla de que el propio Nuncio Apostólico y Unasur estarían tratando de impedir un disparate trágico. Ambas opciones indican el fracaso de la revolución, pero la segunda amenaza la propia existencia del PSUV, que en la primera tiene la posibilidad de seguir siendo un factor político en democracia. La primera implica una salida pacífica a la hecatombe, en la que la oposición garantizará que no habrá persecuciones ni venganzas, ni mucho menos utilización del Poder Judicial  para ejercer terrorismo. Ninguna Ley del Talión. La otra coloca al gobierno contra la comunidad internacional, pues ya no existirá el argumento de una oposición golpista que pretende derrocar el gobierno democrático de Maduro.

 

Ahora sería  un gobierno golpista más de la larga historia que mancha  al continente. Frente a esta supuestas elucubraciones gubernamentales no hay de otra sino mantener la serenidad, los nervios de cobalto y mimbre, y esperar el desarrollo de las decisiones de los que las tramolean. Esperamos que no se concrete una jugada suicida. Nadie quiere algo así, sino una salida pacífica y constitucional de una situación que tiene en peligro hasta la integridad de Venezuela como república. La ciudadanía puede tener la seguridad de que estaremos al frente de lo que se decida hacer. No es momento para nerviosismos y el gobierno debe saber que la Unidad y Venezuela entera responderán cívicamente, pero responderán.“Solo muere lo que no tiene fuerza para vivir y la democracia vivirá”. Como toda revolución, volverá al sitio de donde salió.

Carlos Raúl Hernández

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@carlosraulher
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