Opinión
Contra la ansiedad 
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Mibelis Acevedo Donís

Desde Hitler y Mussolini hasta Trump, pasando por Getulio Vargas, Perón o Kirchner, y sin olvidar de ningún modo a Chávez, entre muchos otros; líderes identificados con la derecha o la izquierda, cultores del nacionalismo exacerbado o movidos por la obsesión de cortarle el paso a un torvo enemigo; diferenciados por sus odios, motivaciones y contextos, pero con algo en común: un discurso que apela al “pueblo” -fetiche/objeto de sus deseos- para construir su poder. Eso que con gran riesgo de imprecisión y generalizaciones llamamos Populismo: un fenómeno carente de “una doctrina suficientemente unificadora” -dicen Kobi y Papadopoulos- lo cual, lejos de inscribirlo como concepto, lleva a calificarlo como “síndrome”.

Para Helio Jaguaribe, los populistas, aferrados a la ficticia supresión del antagonismo élite-gobernados, mantienen un vínculo singular con el tiempo: su relación directa con las masas, la ausencia de intermediarios entre líder y pueblo “descansa en la espera de realización rápida de los objetivos prometidos”. La inmediatez, pues, surge como condición sine qua non de un amor en el que la transacción de afectos la sella la oferta de la respuesta rápida. Así, si las instituciones o la norma en democracia llegasen a ser  “estorbo” para satisfacer las demandas del pueblo, por ejemplo, no habrá discusión: la lógica del populista será abolir cualquier traba que impida frustrar esos deseos. Y el pueblo, al que también él encarna (una proyección del “yo” en ambos sentidos) justificará y hasta aclamará el gesto de arrojo. La perversa conexión desemboca así en un juego de gratificación instantánea, típico de públicos-electores que tras sentir que el bienestar le está siendo consistentemente vedado, de pronto advierten en alguien la posibilidad de recibir toda la atención a la que aspiran, y mejor: a corto plazo. La adicción de las sociedades a estos liderazgos no sorprende, dado que apuntan a una vulnerable estructura psíquica signada por la tiranía del inconsciente no satisfecho. “Psicodinámicamente el populismo es una necesidad”, dice el doctor Alirio Pérez Lo Presti. Políticamente, es alarmante síntoma de una democracia que no logra terminar de inmunizarse contra la “nave de los locos” de sus propios desequilibrios.

No extraña por tanto que en Venezuela, tras años de acostumbramiento a tal dinámica –gran parte de ellos vividos a expensas de la figura de un líder carismático cuyo mesianismo se columpió festivamente sobre una colosal montaña de recursos- a la dirigencia como a los ciudadanos nos cueste tanto desembarazarnos de la ansiedad que esa tornadiza relación con el poder ha generado. Oponer la razón al desbordamiento, la disciplina al desahogo, a la incontinencia; la política a la antipolítica, la mesura a la necesidad de ser complacidos o complacer ilimitadamente, ha resultado todo un tour de force político. Prácticamente convencidos de que por el lado del chavismo los métodos populistas toparon con un límite insalvable (ya no hay allí caudillo, ni pueblo, ni recursos con qué sublimar el malestar, lo cual los relega a ser la élite dominante con la cual se antagoniza) toca construir una alternativa que no siempre se ha podido librar de las presiones de esa inmediatez: más cuando la peor crisis de nuestra historia pellizca con inquina la paciencia de todos, incluso, de los más tolerantes.

Arduo dilema. Como algunos políticos asoman, luce cruel pedir paciencia a quien a duras penas mal alimenta a su familia, a quien no consigue medicamentos de los cuales depende su vida, a quien pierde seres queridos por culpa de la inseguridad. Y sin embargo, los hechos han demostrado que los avances que hemos concretado en el campo de la lucha democrática han sido obra de una calculada -activa- espera. Si algo hay que apreciar es que a merced de un paisaje que pudiese ser ideal para allanar la vía a un outsider (hábil para decir justo lo que la gente desea escuchar) la experiencia nos ayudaría a distinguir las trampas de la tentación populista, y así alejarnos de lo que Alex Rovira llama el “Camino del vértigo”: esa marrullera opción que “no te pide nada, que aparentemente te lo da todo, para después quitártelo todo”.

Para bien, una masa bautizada “pueblo” por la revolución se ha incorporado a la vida política con una conciencia distinta. Esa evolución cualitativa hace posible mirar el cambio no como trastorno, sino como oportunidad.  He allí el germen de esa transformación a la que todos aspiramos, algo que decididamente está más cerca del esfuerzo sostenido que de esa gratificación inmediata que sólo nos confina al cuartico de la infancia política. En esta hora menguada, forzados como estamos al “retorno a casa” –la democracia que toca rearmar- no parece haber mejor opción que la de ajustar nuestros tiempos. Confiemos en que la dirigencia concentrada en la MUD sepa, como hasta hoy, leer, potenciar, cultivar esa disposición; e invitar a que la razón prevalezca sobre la emoción, sobre la ansiedad que produce avizorar un epílogo que, de ningún modo, puede ahora ser malogrado.

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