Opinión
Contra la pared
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Muchos han coincidido en describir la naturaleza del régimen venezolano como una inusual mixtura, colcha de retazos identitarios que lo hacía sortear las rígidas etiquetas. Amasijo de populismo cesarista, autoritarismo competitivo o “elecciones sin democracia”; militarismo, colectivismo, corporativismo y otros ismos, hicieron de tal maraña algo difícil de descifrar y por ende, de contener. Como sierpe que se escurre y se repliega sobre sí misma para copar cualquier espacio, mientras el chavismo gozó de las mieles de la aceptación pudo adaptarse y evadir fajas ceñidas: estando su legitimidad lacrada con votos, incluso la legalidad ofrecía útil comodín a la hora de justificar transgresiones. Pero la crisis apretando los pescuezos más allá de cualquier aguante lleva a un gobierno ávido de perpetuación a desechar las últimas envolturas democráticas, a demoler la Constitución, a erigirse en autocracia. No obstante, la redefinición no resta singularidad a la anomalía en curso; de allí la complejidad de contrastarla y prever eventuales escenarios, sabiendo que persisten los rasgos de su atipicidad.

Veamos: para un régimen “fuerte”, poseído por el ánimo de fundir la figura del partido único con las instituciones del Estado -fullería que busca activar la ANC- al margen incluso de los reparos del mundo (al cual, supone, siempre es posible aturdir con el jab de la “injerencia”, el elástico principio de “no intervención”) decidir próximas movidas sería relativamente simple si contase con el apoyo cuasi absoluto de una nación seducida por su plan. La visión de secta extendida, el afán totalitario de los mandones se diluye si no conecta con un movimiento de masas capaz de encuadrar a toda la sociedad. No ha sido nunca el caso del chavismo, por cierto, ni siquiera cuando su máximo líder vivía, y mucho menos lo es ahora, cuando la popularidad del gobierno besa el suelo como una planta rastrera. No hay sistema de control social, no hay deseo de supresión radical de la política que logre bailar a gusto sobre el vasto rechazo de un país.

A diferencia, por ejemplo, del escenario Zimbawe (uno de los fantasmas que nos rondan) donde en su momento la popularidad del “camarada Bob” amansó ánimos en medio del más horrendo desmoronamiento social, económico y sanitario de su historia, sin líder sustentado por su épica y/o real ascendencia, sin mayoría cuasi absoluta de leales adeptos será muy espinoso avanzar en la concreción de ese farsesco “nacionalismo tribal” en el que, ajeno a toda realidad, insiste el madurismo. No hay acá “pico de plata” capaz de hermosear la idea de inmolarse por la supervivencia del proyecto. No hay tampoco pueblo dispuesto a ignorar que el hambre hinca su colmillo con brutal sevicia, más cuando a la vuelta de la esquina persiste la seña de un país donde la perspectiva de hacer cola para adquirir bienes básicos a precios impagables sonaba a delirante distopía.

En ese punto salta otro amargo cotejo: el de la Cuba del castrismo. En país famélico y hostigado por el control militar, no en balde ese “coco” asoma en los pronósticos. Pero la tradición democrática venezolana –rara avis para el cubano- sigue oponiendo terco anticuerpo a la amenaza dictatorial. Contrarrestando el efecto de algunas dislocadas expresiones de la rabia que cunde en anarquía, la inédita jornada del 16J convocada por la AN –“acto de valentía nacional”, dice Mary O’Grady en el Wall Street Journal– ilustra con abundancias nuestro talante pacífico y electoral, un saber plural hecho “vita activa”, praxis para la transformación; la convicción contra todo trance de que la solución política siempre es preferible a la guerra. Frente al terror, la amoralidad del lumpen, la heteronomía, surge el mneme, la noción del continuo, lo no-interrumpido; esa memoria de quien vivió la democracia o la lleva impresa en su ADN gracias a sus mayores, sigue dando médula a la resistencia. Apreciar lo que se tuvo cuando se ha perdido, presta a la conciencia de una nueva ciudadanía un escudo hasta ahora inquebrantable.

Sin contar azarosos “cisnes negros”, toca sumar a las variables el riesgo del default, la falta de fuelle financiero del Estado: con reservas internacionales en sus mínimos históricos ($9.986 millones según BCV, la cifra más baja en 20 años) y la restricción del crédito, la capacidad de maniobra parece nula… ¿resolverá la Constituyente este aprieto superlativo? Nada probable. Esto en medio de la robusta, articulada posición del mundo ante la pretensión de imponer esa ANC, la solicitud de retirarla e iniciar un proceso de negociación que permita restaurar el hilo democrático.

¿Está el madurismo contra la pared? Repasemos la vista: un gobierno impopular, sitiado por una crisis extrema; sostenido, sí, por la fuerza de los fusiles, en país con tenaz antecedente democrático. Las contradicciones dan vida a ese raro espécimen, duro de desmenuzar; un reto enorme, en fin, para quien brega con la tarea de urdir posibles epílogos, de divisar lo que sigue.

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Mibelis Acevedo

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