Opinión
¿Democracia no-civil?  
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El cierre de 2015 nos sorprendió con inusual noticia: tras la derrota del oficialismo en las elecciones del 6D, el presidente Maduro anunció que los militares en cargos del gobierno regresarían “a puestos de mando y a filas activas en cada componente”, y que sólo permanecerían en el sector público los “estrictamente necesarios para cargos claves”. Toda una primicia, sí, que contrariaba el intocable talante de la “unión cívico-militar” (más militar que cívica, para qué negarlo). La exigua esperanza de que lo civil -esa noción esquiva, siempre amenazada por el naufragio desde que el comandante Chávez llegó al poder- recuperase algo de su forzoso protagonismo en democracia, debió ser atajada antes del vuelo, sin embargo. La posterior restructuración del gabinete mantuvo la cuota de diez militares, a quienes se reservó el control “de los ministerios más importantes, desde la perspectiva de la gestión de los recursos presupuestarios y las competencias que manejan”, como apunta Rocío San Miguel: seguridad y defensa, alimentación, construcción de viviendas y electricidad. He allí, pues, el espíritu de lo que ella llama “el diseño de un Estado militar”.

 

En una democracia que boquea a merced del desafuero del neo-autoritarismo del siglo XXI, el paisaje luce complejo. Inmersos como hemos estado en esta situación de guerra no-convencional, (la “revolución permanente”, clamaba Chávez, parafraseando a Gramsci y su sostenida guerra de posición) los civiles han ido perdiendo sus espacios de acción. Para el chavismo en el poder, construir la “nueva hegemonía histórica” implicó prescindir cada vez más de la participación de aquellos, de lo esencialmente democrático, y privilegiar las claves de la visión castrense: se impone el conflicto, por encima de la cooperación. Un amargo retroceso, por cierto, considerando el camino que en los 80 transitó Latinoamérica en términos de desmilitarización de la agenda política. Penosamente, y aunque Venezuela ostentaba un ininterrumpido récord en la región -40 años de regímenes democráticos civiles- el eventual deterioro de la autoridad política y el repliegue del Estado (disminuido en su capacidad de impactar las crisis internas) contribuyeron a embarcarnos en la ruta perversa de la des-democratización.

 

Debilitados por el relumbrón de ese “bonapartismo vernáculo”, como lo retrata Modesto Guerrero, se puso en manos del militar los destinos de una nación desordenada, quizás apostando cándidamente a que –sin importar la falta de preparación- la disciplina, la estructura mental del cuartel conjurarían el caos. Irónicamente, lo civil en democracia quedaba en bochornoso menoscabo frente a la “superioridad” de lo militar. Curioso dislate. Federico Vegas cuenta que en sus orígenes, la palabra “civil” remitía en castellano no a “lo propio del ciudadano”, sino a aquello “de baja condición y procederes”; lo ruin, lo vil.  Quizás porque el término civilis se oponía a militaris, es decir, “lo propio del caballero”. No es descabellado suponer que algo de esa atávica connotación aún respira en nuestro imaginario, tan sobrepoblado de arquetipos afines a la gesta “sobrehumana” de los héroes de independencia. Lo cual, además, añade en nuestro caso una dimensión cuasi mítica, que ungió al comandante trocado en político con los simbólicos óleos del prócer redivivo.

 

Históricamente enemistadas, lo que sí parece persistir es la certeza de que, en materia de actitudes y valores, la lógica militar es por naturaleza distinta a la civil. Forzados a la subordinación, a la obediencia ciega los unos; e impelidos a desarrollar su autonomía los otros –prerrequisito para la democracia- sus prácticas los colocan hoy en aceras cada vez más distanciadas. Claro, en un estado de derecho democrático, saludable, robusto, signado por el principio del control civil, ese contraste tiende a ser prudentemente gestionado a favor de la convergencia. No ocurre acá, donde desde 2002 la lógica de la guerra nos invade, donde la lógica militar asaltó lo civil; donde los peculiares, exóticos rasgos del liderazgo impuesto por Chávez –un militar de “izquierda”, un golpista redimido por el voto- y el influjo de la desdentada musa que malprestan ciertos modelos foráneos, atascan esa posibilidad. Así como en Cuba, con una economía que, según cálculos no oficiales, es controlada en un 70-80% por militares (destacados en empresas insignias como “Habanos S.A.”; áreas estratégicas como Turismo, Azúcar y telecomunicaciones, o grupos empresariales como GAESA) en Venezuela se crea la Compañía Anónima Militar de Industrias Mineras, Petrolíferas y de Gas (Camimpeg), adscrita al Ministerio de Defensa, y cuyos imprecisos alcances parecen morderle los tobillos a PDVSA. Y con ello, por supuesto, al poder del Estado.

 

Aún así, la democracia real -no su fachada- pugna por imponerse. Desde la Asamblea Nacional, por ejemplo, la representación legítima de la sociedad civil desafía la transgresión de sus dinámicas, la pretensión de esa guerra a juro. Una tarea titánica desbrozar la hierba que nunca debió sembrarse, cierto: pero toca asumirla. A muy pocos engaña ya la celada del pretorianismo corporativo.

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Mibelis Acevedo

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