Opinión
Desarbolado
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Ciento doce certeros cañonazos descuajaron la arboladura del gobierno. En el puente de mando el presidente Maduro no da pie con bola y, en este momento decisivo, la redondez de su ineptitud se revela con exacta perfección. Además, quienes hayan tenido arrestos para ver sus presentaciones televisivas, habrán constatado la impostura y la destemplanza de un individuo trastornado por la derrota y enceguecido por el primitivismo de su fundamentalismo ideológico.

El Presidente nos ha decepcionado. Esperábamos un mínimo de sensatez para ponderar la gravedad de la situación, para escuchar el contundente mensaje de cambio expresado el 6-D y para entender la necesidad de un gran acuerdo de salvación nacional que revirtiera el dramático deterioro de nuestra calidad de vida.

Pero en lugar de cordura, hemos encontrado la temeridad de un cabeza cuadrada irresponsable. Lejos de propiciar paz y concordia, aumenta la intensidad de su lenguaje agresivo y descalificador. En lugar de ocuparse de la crisis económica, posterga criminalmente las medidas que se necesitan para detener al enloquecido tiovivo de la inflación y levantar el vergonzoso yugo del desabastecimiento.

Puesto a prueba su talante democrático con la derrota de diciembre, reacciona como un déspota y se empeña en una cruzada indigna para desconocer el veredicto popular. De una parte ordena al espurio TSJ la arbitraria suspensión de los diputados de Amazonas, y por otra, instala un Parlamento Comunal Nacional, no previsto en ley alguna y carente de legitimidad, para intentar socavar la autoridad de la Asamblea recién electa.

El Presidente no tiene remedio; se ha convertido en la causa más importante de la crisis terminal que nos agobia. La cesación del presidente Maduro de manera constitucional, democrática, pacífica y electoral, es el reto inmediato que debemos superar para recuperar la paz y enderezar el rumbo hacia el progreso.

Manuel Narvaez

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