Opinión
Domesticar el miedo
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Imaginemos dos fieras -tamaño y brío similar- que se enfrentan. Fauces abiertas, ojos inyectados, piel erizada, el cuerpo todo en situación de alerta. Aunque el ataque parece inminente, aunque los colmillos filosos y expuestos son seña del casi mordisco, en el fondo de cada rival bulle una apuesta: uno confía en que el otro no sea capaz de oler el miedo ajeno; que antes de la embestida que podría acabar en faena mortal, se deje domar por el propio temor. La decisión, en términos de ahorro de un riesgo que no comprometa la supervivencia, otorga así ventaja no sólo a quien cuenta con armas más eficientes, sino a quien mejor sembró la idea de que vencería, manipulando el miedo del adversario.

Por fortuna, no somos bestias disputando una presa, un sitio en la manada o un territorio, ni como sociedad estamos inmersos en un estadio de naturaleza absoluta que justifique “la guerra de todos contra todos”. Pero aún controlados por ese Principio de Civilidad del que habla Hobbes, el miedo -debatiéndose con la noción de seguridad y riesgo- no desaparece: por el contrario, respira agazapado en el constructo político, en misma medida en que el atávico apetito por los bienes del otro y el recelo a ser expoliado por ese otro, nos hostiga. En medio de esa guerra simbólica donde el poder se torna en oscuro objeto de deseo, puede ocurrir -incluso en sociedades que se dicen democráticas- lo indeseable: que sea el temor lo que movilice a los ciudadanos, al ser empleado como herramienta de restricción de libertades para lograr el adoctrinamiento interno y la sumisión voluntaria a la autoridad.

En tanto emoción inherente a la naturaleza y espíritu humanos, es imposible prescindir del miedo, pero su desbordamiento puede desfigurar lo político; esa certeza no es ajena a los regímenes autoritarios. Hannah Arendt nos advierte que la sumisión se corresponde con una evidente falta de confianza personal, que hace que el hombre, ante la presencia del mal, termine renunciando a su voluntad crítica. Antes se procuró minar su autonomía, la integridad del Yo, armando un entorno claramente hostil donde se impone sobrevivir, a toda costa. Y en él, la decisión ética y moral guiada por la asunción de la propia responsabilidad, ha sido anulada por la amenaza del desarraigo.

Tuve miedo”, admiten algunos para disculpar su parálisis. En las condiciones adecuadas, nadie sabe de qué sería capaz, sugiere Phillip Zimbardo, autor del Experimento de la prisión de Standford: la moralidad cae así en suerte de “punto muerto”. Una vez allí, no es fácil desentenderse de esa aviesa dinámica. Ser parte de un grupo, disfrutar de cierta protección, ser asistidos por el alivio temporal que algún caudillo ha brindado a la “ansiedad del aislamiento” mediante promesas de prestigio y status, se convierte en tramposo embeleco para el inconsciente. No es fácil, en fin, aventurarse al “horror” de ser diferente, tomar el riesgo de desvincularse de la manada: asumir que se tiene miedo, el mismo que sofoca a todos, y sin embargo, optar por la independencia. La “cultura del miedo”, basada en la manipulación del riesgo como forma de domeñar la incertidumbre, hace estragos en nuestro país. ¿Cómo reaccionar, por ejemplo, ante la apocalíptica previsión de que si la oposición gana las elecciones, “Venezuela entraría en una de las más turbias y conmovedoras etapas de su vida política (…) y la revolución pasaría a una nueva etapa”, que lanza el Presidente Maduro? ¿Cómo leer las declaraciones del Presidente de la AN, cuando advierte al chavismo que ”nosotros debemos evitar la violencia y la mejor manera de hacerlo es con victoria el 6D”? Lo grave es que la ansiedad que visiblemente se busca sembrar por esta vía pareciera intentar transferir al ciudadano la responsabilidad de ser artífice de su propio menoscabo. El “Te lo dije: no respondo por lo que hagas”, resulta un efectivo trigger oculto tras el exaltado discurso del poderoso: el chantaje obligaría a aceptar condiciones que en condiciones normales serían inadmisibles.

Claro: el contendiente ruge, muestra sus dientes, se esmera en ser convincente, pues debe persuadirnos de que no tiene miedo, de que la lucha contra él está perdida de antemano. Pero eso no es tan sencillo, ya que su adversario se hace cada día más robusto. Por si fuese poco, frente a la eventual “banalidad del mal” podría oponerse lo que Zimbardo llama la “banalidad del heroísmo”: eso que en “en tiempos de desolación” activa la empatía, el altruismo, la solidaridad en las personas comunes. Alude a ese héroe anónimo, quien al romper el círculo vicioso que genera la corrupción del contexto o al fijar límites entre el respeto a la autoridad y la ciega obediencia a una autoridad injustamente ejercida; quien al no canjear su autonomía y libertades por una postiza ilusión de seguridad o no dejarse llevar por el paroxismo del ahora, logra hacer la diferencia. Tiene miedo, naturalmente; aun así, su opción es enfrentarlo. Y domesticarlo, para no ser domesticado por él.

Mibelis Acevedo

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